Opinión
El mosaico ultra

Por Noelia Adánez
Jefa de Opinión y de Feminismos
En este especial abordamos un fenómeno, el auge de la extrema derecha, cuyas dimensiones y facetas marcan el signo de nuestra época. No es posible analizar en un espacio tan limitado las diversas caras y variables que presenta lo que, sin querer perdernos en debates nominalistas llamaremos —y llamarán quienes escriben en estas páginas— indistintamente extrema derecha o ultraderecha e incluso, en alguna ocasión, fascismo. En algunos textos se contextualiza el surgimiento de la extrema derecha, mientras que en otros se describen y analizan algunas de sus características o formas concretas.
En el primero de ellos, Steven Forti, uno de los principales expertos en materia de extremas derechas, nos alerta sobre su crecimiento continuado desde la muy conservadora década de los 80 y sobre cómo este crecimiento se ha tornado especialmente veloz en los últimos años. La creación de redes y la internacionalización de sus agendas ha dotado a las distintas ultradederechas de una gran fortaleza. A pesar de presentar variaciones e historias diversas en función de los territorios, su capacidad para sumarse a esta ola antidemocrática y para encontrar en los discursos reaccionarios, nacionalistas, supremacistas y anti-inmigración la justificación para vehicular el momento populista hacia el establecimiento de sistemas autoritarios de gobierno, unifica las piezas del mosaico que compone la realidad de la extrema derecha como fenómeno de época.
Una realidad que presenta, como nos cuenta Pablo Batalla, una historia compleja. Batalla subraya el modo en que los fascismos de hace casi un siglo resuenan en los discursos y movimientos ultraderechistas en la actualidad, y cómo unos y otros comparten incoherencia y heterogeneidad. Esto, lejos de debilitarlos, les otorga, en contextos muy distintos, un plus de atractivo ante sus seguidores y, en consecuencia, de resiliencia política y social.
Hay dos niveles de análisis cuando pensamos en la Historia y la extrema derecha a los que conviene dirigir la atención: uno es el genealógico, y el otro guarda relación con las políticas de la Historia. El primero alude a las tradiciones y los linajes que conectan a las ultraderechas de hoy con las precedentes; y el segundo nos lleva a reflexionar sobre el hecho de que la Historia que practicamos —prospectiva y metódica, pero también narrativa— nace precisamente de la necesidad de generar un relato que imposibilite la repetición de experiencias vinculadas a la llegada al poder de las extremas derechas en el pasado. Por esa razón, si hay un área de conocimiento social que la extrema derecha disputa con un ahínco especial, es, precisamente, la Historia.
Pero no ha sido solo en este ámbito, como no lo ha sido tampoco en el de la negación de evidencias científicas, en el que dextropopulistas y reaccionarios han librado sus batallas culturales. La obsesión con lo que han llamado la “ideología de género” ha ocupado un lugar primordial en sus embates, como explica Nuria Alabao en un texto en el que expone cómo los derechos reproductivos de las mujeres, la diversidad sexual y la estructura familiar se han convertido en áreas de confrontación política y polarización interesada.
Las extremas derechas de todo el mundo llevan tiempo dando la batalla por los votos y por las almas de los más jóvenes. Sobre estas cuestiones reflexiona desde la sociología Verónica Díaz Moreno; mientras que la periodista de Público Amanda García ofrece un testimonio incisivo y lúcido centrado en los valores que transmiten las mujeres influencers. También es, de algún modo, un testimonio lo que presta la hispanista estadounidense Stephanie Sieburth, quien nos recuerda que la tensión entre lo que podríamos llamar fascismo y defensa de las libertades y los derechos late en lo más profundo de la Historia norteamericana.
Sobre entornos digitales y extrema derecha escribe Patricia Horrillo, para quien la defensa de una internet libre no es solo un desafío tecnológico, sino una lucha política por la preservación del conocimiento y los derechos digitales. Queralt Castillo entrevista a Andrew Maratz, autor de Antisocial: la extrema derecha y la ‘libertad de expresión’ en internet, quien reflexiona, entre otras cosas, sobre la normalización de muchos de los discursos de odio que él comenzó a investigar hace ahora una década, y que han generado una perversión de la noción de “libertad de expresión”. La normalización de esa perversión ha acompañado a Donald Trump en su trayectoria política y, sin duda, ha jugado un papel fundamental en su victoria electoral de 2024.
El pluralismo, sin embargo, tanto en su vertiente de gestión de la heterogeneidad (o de la diversidad) como de debate público de ideas, está siendo, más que cuestionado, avasallado.
Al margen de Estados Unidos, en el especial hemos incluido cuatro capítulos en los que se habla de la ultraderecha en países del ámbito europeo. Alba Sidera traza un perfil de la italiana Giorgia Meloni, Ugo Palheta nos habla de la relación de la extrema derecha con la movilización social en el caso de Francia y Andreu Jerez, de los resultados de las elecciones recientemente celebradas en Alemania. El periodista Miquel Ramos escribe sobre lo que ha llamado “el revival nazi-fascista” en el caso de España, y nos acerca al ecosistema de las organizaciones y grupos a la derecha de Vox. Señala, de ese modo, hacia espacios políticos hasta hace no mucho proscritos y que pueden encontrarse ahora en trance de normalización. Porque la legitimación de la extrema derecha no solo ha implicado un desplazamiento hacia la derecha de los marcos y de los consensos políticos ubicados hasta hace no tanto en una supuesta centralidad, sino también un ensanchamiento del margen en el que se desenvuelven organizaciones y actores de extrema radicalidad.
El pensamiento reaccionario avanza posiciones, conquista instituciones, desplaza marcos, destruye consensos y rentabiliza la crisis tardocapitalista fundiéndose, hasta cierto punto, con ella. Sobre cómo se conjugan la crisis del capitalismo y el autoritarismo reaccionario escribe Miguel Urbán en un texto en el que, entre otras cosas, se hilan emergencia ecológica, nostalgia del pasado y xenofobia. Su aportación nos ayuda a calibrar hasta qué punto el auge de la extrema derecha implica la imposibilidad de pensar una salida colectiva y positiva a la crisis; de imaginar un futuro alternativo al que el autoritarismo reaccionario parece abocarnos. El tono profético y palingenésico de los discursos ultras juega, en este sentido, un papel muy importante.
Nuestro mundo ha cambiado mucho en muy poco tiempo. Estamos ante un cambio rotundo de paradigma. Ante algo así como una brecha, un tajo lacerante que adopta, en el relato de nuestra historia contemporánea, la forma de una herida abierta.
Este cambio viene atravesado por una crisis generalizada de confianza en los sistemas, actores e instituciones nacidos en la segunda mitad del siglo XX, sobre la base de una experiencia muy concreta: la Segunda Guerra Mundial y las narrativas políticas y culturales que se generaron en torno a ella. Lo que está cambiando no es solo el orden que emergió de unos acuerdos destinados a garantizar un régimen de paz y de cooperación, sino las premisas mismas que le daban sentido a una idea del mundo que se apalancaba en una noción amplia, aunque deficitaria e incompleta, de convivencia.
Esta convivencia se sostenía en un sistema de derechos, no solo civiles, sino también sociales, en el caso al menos de los países del ámbito europeo, que buscaban intensificar la protección y la cohesión a través de la educación y los servicios públicos. La delicada convivencia de las pasadas décadas también debe mucho a la centralidad otorgada al pluralismo, que encontraba acomodo y resultaba funcional al tipo de democracias liberales al que hemos venido confiando nuestro devenir como sociedades complejas. El pluralismo, sin embargo, tanto en su vertiente de gestión de la heterogeneidad (o de la diversidad) como de debate público de ideas, está siendo, más que cuestionado, avasallado. Parece evidente que no puede haber pluralismo donde no se respetan los principios de verdad y de autoridad. Y es que, una vez establecidas la posverdad y la desinformación como formas implícitamente aceptadas de generación y difusión de las opiniones, la democracia deliberativa —una de las decantaciones más seductoras del sueño liberal— ha perdido enteramente vigencia.
Se ha convertido ya en un lugar común afirmar que no hay deliberación en las redes sociales, hay posicionamiento de mensajes que guardan nula relación con la información o con la verdad de los hechos; hay instigación y monetización del odio, y acoso y derribo a toda forma de mediación. Entre las mediaciones especialmente acosadas en nombre de la libertad de expresión se encuentran tanto el periodismo como las ciencias sociales, herramientas imprescindibles para estructurar narrativamente nuestra realidad por ser las únicas que, cultivadas conforme a reglas, incrementan nuestro conocimiento del mundo social y político y trabajan en favor de la convivencia democrática.
En este especial colaboran periodistas, sociólogas, historiadoras y politólogas. Porque necesitamos el periodismo, las ciencias sociales y la Historia para contener el auge de la extrema derecha. ◼
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