Entrevista a Santiago Alba Rico"Si la UE quiere ser creíble tiene que interrumpir su relación con Netanyahu e Israel"
El filósofo y colaborador de 'Público' explora en su nuevo ensayo, 'Gaza y el destino del mundo' (Arpa), el fracaso moral de las potencias que apoyan a Israel y la necesidad de los pueblos de despertar de la barbarie.

Madrid--Actualizado a
Dice el ensayista Santiago Alba Rico (1960) en su último libro Gaza y el destino del mundo (Arpa, 2026) que los niños, cuando están despiertos, juegan; y que, cuando llega la noche, el mundo que han creado desaparece e irrumpe la nada. Este vacío, sin las reglas improvisadas del juego, es aterrador. Cuando el niño crece y deja de jugar corre el peligro de quedar atrapado para siempre en la nada nocturna. Tiene entonces dos opciones: fingir que reconoce la seriedad del juego -es decir, volverse un hipócrita- o dejarse llevar por el vacío y volverse un cínico. Entre el cinismo y la hipocresía, Alba Rico se define como un "firme defensor" de la segunda. Al menos, hasta que el niño diurno, la sociedad toda, despierte, proteste y se rebele contra el vacío sin reglas que intentan imponer los adalides del cinismo que, en nuestros tiempos, responden al apellido Trump, Putin o Netanyahu.
En varios puntos del ensayo sostienes que la justicia y derecho internacional rara vez coinciden. Después del genocidio en Gaza, ¿se pueden distanciar aún más?
Creo que lo que ha ocurrido en Gaza es algo mucho más trágico, si quieres, que el hecho de haber abandonado todo horizonte de justicia. El derecho, aunque no deja de ser una ficción jurídica que rara vez satisface del todo a los litigantes, evita el peligroso y destructivo impulso justiciero que surge al actuar fuera del marco legal. Si hablamos de Israel, todo el mundo estará de acuerdo en que su fundación [como Estado] y su existencia, con arreglo a la justicia, es absolutamente inválida. Aquello fue la decisión de una población entonces minoritaria [los judíos sionistas] a expensas de otro pueblo que vivía allí desde hacía siglos [los palestinos], que contó con el apoyo de los poquísimos Estados que en aquel momento componían la Asamblea de la Naciones Unidas.
Es cierto que no hay ni un atisbo de justicia en la fundación de Israel, pero han pasado 80 años y mucha gente ha nacido en Israel. Hoy no podemos invocar esa justicia con los palestinos, pues supondría hacer con la población israelí lo que ellos hacen con los palestinos. Es falso que los palestinos pretendan "echar al mar" a los israelíes —Hamás aceptó de facto las fronteras de 1967—, mientras que el programa del Likud de Benjamín Netanyahu [primer ministro israelí] sí que reivindica el territorio "desde el río hasta el mar" amparándose en un mandato bíblico.
Por ello, dejemos a un lado la justicia, que solo traerá más muerte, violencia y sangre, y centrémonos en imponer el derecho internacional, algo que solo ocurrirá si las grandes potencias atan en corto a Israel.
Elias Khoury, un magnífico escritor libanés que murió recientemente, decía que los palestinos son los judíos de los judíos. Creo que esto se puede aplicar a los musulmanes que actualmente emigran a una Europa que ha sustituido el antisemitismo por islamofobia
En el ensayo recoges que el Estado de Israel es un proyecto surgido del antisemitismo europeo, heredero de su imperialismo y colonialismo. Estados con una fuerte tradición antisemita ahora se cuidan mucho de no ser tildados como tales. ¿Crees que realmente han aprendido estos países de su antisemitismo, cuya raíz era el racismo?¿Cree que a los actuales líderes políticos europeos les preocupa antisemitismo, o solo les importa quedar bien con Israel?
La prueba de que a la mayoría de ellos no les importa demasiado el antisemitismo es que, en estos momentos, la derecha y la ultraderecha que hace 80 años, de alguna manera, apoyó a Hitler, hoy apoya a su equivalente, como hace Donald Trump con Netanyahu. Los que entonces acometieron el proyecto de exterminio de la población judía europea, quienes lo apoyaron o fueron complacientes con él, hoy son islamófobos, prosionistas y proisraelíes. A las fuerzas que que gobiernan Europa no les importa ni el derecho, ni la justicia, ni el pueblo judío.
Europa tiene su propio proyecto y la función que en él juega el islam o los musulmanes es el que antes jugaban antes los los judíos. Para dejar de cumplir ese ese papel, los judíos tuvieron que dejarse matar y convertirse, de alguna manera, en punta de lanza del mismo proyecto colonial europeo en Próximo y Medio Oriente.

Esto me recuerda a lo que dice Sigmund Ginzberg en 'Síndrome' 1933 (Gatopardo, 2019), en relación a que la idea del extranjero en la Europa del siglo pasado era la imagen del judío europeo, que nunca terminaría de ser realmente europeo. Abunde en esta cuestión, ¿son los "inmigrantes ilegales", en parte, los judíos de la Europa del siglo XX?
Elias Khoury, un magnífico escritor libanés que murió recientemente, decía que los palestinos son los judíos de los judíos. Creo que esto se puede aplicar a los musulmanes que actualmente emigran a una Europa que ha sustituido el antisemitismo por islamofobia.
Creo que hay un mecanismo, un esquema de deshumanización del otro percibido como amenaza, que se repite independientemente de su objetivo. Puede ser la mujer, el racializado, el judío, el musulmán o el homosexual. Durante siglos, en Europa, este otro ha sido el judío, sin olvidar al gitano en España y en otras regiones europeos. En la Península Ibérica son los visigodos quienes comienzan con la persecución a los judíos. Desde ahí hasta 1492 se producen periódicamente pogromos, persecuciones, exterminio, etc. Esto también ocurre en Inglaterra, Francia o Italia.
Durante siglos, los judíos cumplieron una doble función, que era de sostén exterior de las economías, de los reinos y de las monarquías europeas y, al mismo tiempo, de desahogo de la presión eh popular. Porque hay que decir que no eran solamente los reyes quienes aplicaban políticas antisemitas. De hecho, en algunas ocasiones protegieron a los judíos, mientras que en otras se los echaban a la clase trabajadora, plebeya, cuando veían que estos no podían soportar más la presión de la monarquía.
Es decir, eran los chivos expiatorios de las clases populares, que es lo que vemos ahora con la inmigración. Un montón de buena gente, de trabajadores, que impiden que se les suministre alimento a los inmigrantes o que incluso queman sus tiendas. La paradoja es que está la idea de que los necesitamos económicamente y, al mismo tiempo, nos sirven de chivo expiatorio. Es exactamente el mismo esquema que operaba en relación con los judíos durante durante siglos.
Sin embargo, pese a todos los crímenes cometidos por los regímenes europeos, estos siempre se han percibido como "los buenos". Es algo de lo que hablas en tu libro. Pensando en Ceuta, algo que resulta preocupante es ese giro moral por el cuál se normaliza algo que antes no lo estaba, y cómo esto se acompasa con el desplazamiento de la ventana de Overton. ¿Cómo se produce ese viraje moral?
Donde fracasa la política, el mundo acaba dependiendo de gestos morales
Creo que esto tiene que ver con el etnocentrismo. Los seres humanos somos una especie sociable, pero no moral, y a veces confundimos sociabilidad y moralidad. José Luis Ábalos puede levantarse de una mesa en la que estaba repartiendo dinero y mujeres con Koldo García sintiéndose bueno, porque se daban palmaditas, hacían chistes, se preguntaban por la familia y se hacían favores. Hay sociabilidades masculinas que colindan con la corrupción.
En situaciones normales somos solidarios y generosos con nuestros vecinos. Pero, en encrucijadas históricas sometidas a presiones de todo tipo, puede producirse lo que Gramsci llamaba una transformación molecular. Ponía el ejemplo de unos náufragos que, antes del naufragio, habrían considerado impensable el canibalismo, pero que, ante la necesidad de sobrevivir, terminan aceptándolo. Eso es lo que después hemos llamado la ventana de Overton: de pronto empiezas a considerar no solo necesario, sino legítimo y moral, comerte a tu compañero de viaje.
Estamos en una situación de transformación molecular y el problema es que la moral siempre viene a sustituir a la política: donde fracasa la política, el mundo acaba dependiendo de gestos morales. Necesitamos un rearme moral, claro que sí, pero la única manera de conseguirlo es mediante un rearme político colectivo.

Más allá del partidismo y de la afinidad política de ciertas ideologías por Netanyahu, la mayoría de los Estados europeos basan el apoyo a Israel en las alianzas económicas que tienen con este país. Parece que eso puede pasar por encima del derecho internacional. ¿Qué papel tiene el sistema económico en la forma en la que estos estados se vuelven hipócritas?
Yo soy un gran defensor de la hipocresía. El problema con el proyecto europeo es que se está suicidando en un contexto en el que EEUU está dejando de ser la potencia mundial y en el que otras potencias no democráticas están asumiendo ese papel. En este suicidio de Europa, Israel está jugando un papel fundamental. [El genocidio] era el momento para que la UE mantuviera las distancias respecto de Israel, porque la hipocresía es muy importante. ¿Qué es el derecho internacional? ¿Cuándo se ha cumplido? Se construye al final de la II Guerra Mundial de manera sesgada: se condenan los crímenes alemanes, pero quedan fuera Hiroshima o los bombardeos de Tokio y Dresde.
Se construye así un aparato muy hipócrita basado en el consenso entre naciones que ceden parte de su soberanía. Ahora, EEUU, Rusia e Israel han decidido dejar de hacer ese paripé que, sin embargo, tenía efectos materiales: los obligaba a negociar, a sentarse a la mesa y a reconocer las fronteras surgidas tras la II Guerra Mundial. Cuando estas tres potencias dejan de hacer esa concesión hipócrita, la hipocresía europea se vuelve intolerable.

¿Qué debe hacer Europa entonces?
Solo en un régimen de hipocresía acordado se puede seguir siendo hipócrita. Si la UE quiere ser creíble en estos momentos tiene que hacer compatible esa hipocresía con gestos materiales que interrumpan su relación con Netanyahu e Israel. La relación más evidente es la comercial.
Cuando la hipocresía es puesta a prueba por el cinismo desnudo, por la desinhibición nihilista, debes hacer algo. De otra manera, tu autoridad moral queda completamente desdibujada. Piensa, por ejemplo, [en lo que proyectamos] en el sur global, al que la UE ya no tiene nada que ofrecer.

Tal y como lo plantea, esa hipocresía puede llevarnos al adormecimiento. Pensemos, por ejemplo, en el plan de paz para Gaza diseñado por EEUU e Israel. Se anunció en el marco de unas protestas contra Israel en España y en otros países del mundo, que parecían que podían cambiar las cosas. Pero llegó el falso acuerdo de paz y la presión social se redujo. Entre la nada y la hipocresía, ¿cuál sería la tercera vía?
Me alegra que me pongas esta objeción, porque me obliga a pensar deprisa. Yo diría que entre el niño diurno y el niño nocturno hay un niño dormido. ¿Qué ha pasado este año? Que nos hemos dormido de nuevo.
Creo que era el niño diurno el que despertaba y se daba cuenta de que la nada estaba ganando terreno. Bueno, nos han vuelto a adormecer. ¿Qué nos adormece? Sobre todo, la impotencia. Vivimos en una especie de impotencia colectiva generalizada que nos lleva del niño nocturno a un niño dormido que sueña con mercancías baratas, viajes turísticos, etcétera.
Creo que Netanyahu, muy astutamente y empujado por EEUU, encontró una manera de dejar de estar sometido a la presión de una opinión pública que no toleraba lo que estaba haciendo: un falso tratado de paz que le permite seguir matando palestinos todos los días, pero disminuyendo la presión de las poblaciones. Estas presiones eran importantes. Lo vimos en Europa con el boicot a la Vuelta Ciclista: nadie lo esperaba y, sin embargo, se contagió de manera muy transversal y a una velocidad inesperada.
Por eso creo que las protestas son siempre las del niño diurno que despierta y dice: ¡Cuidado, estas no eran las reglas del juego! A los niños les importan mucho las reglas cuando juegan. No queremos este juego sin ellas y exigimos que vuelvan a respetarse. El niño diurno también piensa. Reclama una orientación moral para su propia conducta y para la de los demás; reclama justicia, razona. Y ese niño está hoy muy mermado en un mundo en el que la visceralidad del infante nocturno no solo gana terreno, sino que nos tienta cada vez más.
Me gusta que se centre en las protestas porque, justo en estos días hemos visto una revitalización del movimiento de boicot a Israel con el caso de la renuncia de los ponentes del Festival de las Ideas por la participación de Allianz, pero también al otro lado del charco, con los teloneros de Ed Sheeran que se han bajado de su gira en apoyo al veto de Macklemore por pronunciarse a favor de Palestina.
La retirada de los ponentes del Festival de las Ideas me dio una alegría tremenda. Creo que es muy importante que los intelectuales hagan aquello que tienen que hacer. Y creo que, en realidad, hay mucha gente normal esperando una oportunidad para sacar a la luz ese niño diurno y protestón. Respecto al caso del rapero, a quién no conozco, creo que es importante que en estos momentos sean precisamente los representantes o los altavoces de la cultura popular lo que se pronuncien. Hoy no hay ningún Sartre que convoque masas con una frase. En cambio, si Bad Bunny dice algo, millones de jóvenes lo oirán. Muchos de ellos están esperando a que se pronuncie.
Que se pueda intervenir en estas grandes catástrofes civilizacionales a través de vectores de la cultura popular es muy importante. Lo que yo diga hoy aquí lo va a escuchar muy poca gente, mientras que lo que diga ese rapero [Macklemore] o lo que diga Bad Bunny, llegará a muchos más. Todo ello, sin el menoscabo de los intelectuales que han tomado la decisión de bajarse del Festival de las Ideas.




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