Este artículo se publicó hace 7 años.
Alzar torres humanas para la integración

Por El Quinze
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En una pared del local de los Castellers del Poble Sec se proyecta la pinya delquatre de set amb agulla que la formación tiene previsto probar unos días después.Dos amigos comparten posiciones contiguas: uno hace de baix y tendrá sobre sus hombros todo el peso de la construcción; el otro trabajará justo detrás de él, para poder ayudarle si las cosas vienen mal dadas. Se llaman Ibrahim y Buba y los dos son guineanos. El primero de ellos ya es mayor de edad; el otro es lo que la Direcció General d’Atenció a la Infància i l’Adolescència (Dgaia) define como joven en alto riesgo de marginación social.
Boubacar Diallo, Buba, llegó a España solo, sin ningún otro familiar ni tutor que cuidara de él. Es lo que hoy se conoce como menor extranjero no acompañado. Y no es ni mucho menos el único: el 1 de enero de 2019, la Dgaia acogía a 9.736 niños en Catalunya, más del cincuenta por ciento de los cuales eran jóvenes entre 15 y 17 años. Las llegadas de muchachos emigrados se ha más que doblado en los últimos dos años. En 2018, fueron 3.659. Y hasta el pasado mes de junio se habían contabilizado más de 1.100 llegadas en 2019, el 10% más que durante el mismo periodo de 2018. Entre los retos que su presencia plantea está regularizar su situación, pero también su integración en la sociedad de acogida. Y es ahí donde las colles hace años que tratan de aportar su granito de arena.
"Las colles son espacios de integración muy abiertos", asegura Jorge Rodríguez, responsable de los talleres de inclusión organizados por los Castellers del Poble Sec. Y lo ejemplifica con su historia personal: "Yo mismo soy de origen canario. No hace ni cinco años que vivo en Barcelona y, después de un año y pico aquí, me di cuenta de que había conocido a mucha gente pero que todos eran de fuera. Hasta que no conocí la colla, no se me abrió todo un mundo de integración. Este es su potencial: todo el mundo que entra por la puerta es recibido con una sonrisa y con los brazos abiertos", explica.
Un espacio para todos
La Coordinadora de Colles Castelleres de Catalunya emprendió en el año 2010 un proyecto llamado Tots som una colla que pretendía favorecer la inclusión en el universo casteller de la población recién llegada, a través de unos talleres teóricos y prácticos que representaban una pequeña degustación del mundo de las torres humanas y de los valores que transmite. La iniciativa, que contó con el apoyo de los departamentos de Acció Social y de Cultura i Mitjans de Comunicació de la Generalitat de Catalunya, funcionó durante varios años con la implicación de una treintena de agrupaciones. "En la actualidad, este trabajo ya no se lleva a cabo desde el ámbito de la Coordinadora de Colles, sino a partir del trabajo de cada grupo", explica Roger Gispert, su presidente. "Cada formación tiene su programa de acercamiento para recién llegados en su territorio. Hay algunos grupos que hacen talleres, otros colaboran con cursos de catalán, que visitan las sedes de sus ensayos, o con entidades locales que trabajan con estos colectivos", añade Gispert.
Los castells son una actividad eminentemente social. Para levantar una construcción de siete pisos se necesita cerca de un centenar de personas de todas las complexiones imaginables. Los más pequeños son los encargados de coronar las torres, mientras que en la estructura se necesitan hombres y mujeres ligeros de peso, pero con suficiente fuerza como para aguantar sobre sus hombros pesos que pueden superar los ciento cincuenta quilos. En la pinya hay lugar para aquellas personas más altas, para las más delgadas o para los más forzudos.
"Los locales de ensayo de las agrupaciones están siempre abiertos y dispuestos a acoger, a recibir gente y a hacerla participar. Es una manera fácil de integrarse y participar en la vida social y cultural local", relata Gispert. También recuerda que, en los últimos años, la Coordinadora de Colles Castelleres ha puesto en marcha una comisión de equidad que, aparte de fomentar el empoderamiento de las mujeres, "trabaja el racismo desde un punto de vista más global".
Al otro lado de la pinya, Outmane el Filali ocupa su lugar de segon vent. Su trabajo consiste en evitar que el castell se descuadre, al tiempo que ayuda a dos de sus pilares a la vez. La primera prueba no ha convencido al cuerpo técnico del Poble Sec. Han desmontado la base y, mientras se preparan para volver, una castellera explica a Outmane cuál es la mejor forma para transmitir presión utilizando su pecho. Él escucha atento, siempre con una sonrisa en los labios. Ya vuelven y, ahora sí, es el momento de trabajar duro.
Según datos de la Dgaia, los menores que llegan a Catalunya vienen principalmente de Marruecos (80,7%) y del África Subsahariana (12,4%). Las principales razones para abandonar sus países de origen son la falta de expectativas, la situación de pobreza o las condiciones laborales. Un perfil que define a la perfección tanto el caso de Boubacar como el de Outmane. Buba hizo la mayor parte de su trayecto hasta España caminando. "De Guinea fui a Mali, de allí a Burkina Faso, pasé por Nigeria, Argelia y Marruecos, todo ello en un año y cuatro meses", explica. "Decidí marcharme de mi país porque mi situación allí era muy complicada. No conocía ni a mi padre ni a mi madre, vivía con mi abuela, ella padecía diabetes y le tuvieron que amputar una pierna. Tuve que ir a vivir con mi tío hasta 2016, y fue entonces cuando le dije que quería irme del país. Él lo entendió", sostiene.
Según el último informe del Ministerio del Interior, cerca del 75% de las "llegadas irregulares" tienen lugar por vía marítima. El destino más habitual es la Península, pero también hay quien elige para desembarcar las islas Baleares, las Canarias, Ceuta o Melilla. Cada año salen desde Marruecos miles de embarcaciones cargadas de gente que busca un futuro mejor en Europa. Solo en el año 2018 fueron más de 2.000.
Outmane es de un pueblo cercano de Marrakech, donde "casi todo el mundo vive de la pesca y, por lo tanto, es fácil encontrar una patera". Con sólo 17 años pasó tres días hacinado en una embarcación en la que viajaban 50 personas de diversas procedencias. Su tío iba con él. "La salida fue dura: me sentía mal porque había tenido que dejar a mis amigos en Marruecos", recuerda Outmane.
Los jóvenes llegan a España esperando encontrar nuevas oportunidades, pero su primer contacto con el país suele ser una celda de detención. La mirada de Buba se pierde en una pared mientras evoca su experiencia: "Nunca había sido detenido y me sentí muy mal". Cuando se determina la edad de los jóvenes, estos son trasladados a centros de menores repartidos por todo el territorio.
Colles como la de los Castellers del Poble Sec han mantenido con vida el espíritu del proyecto Tots som una colla y han seguido trabajando en favor de la acogida de estos nuevos vecinos. Jorge Rodríguez reconoce que, en el caso de su agrupación, empezaron improvisando. "Hemos ido descubriendo qué funciona y qué no y con qué grupos funcionan mejor nuestros talleres", relata. La colla ha colaborado con diversas entidades del barrio y de otras zonas cercanas. Cada año organizan entre 10 y 15 talleres que sirven para dar a conocer los aspectos más básicos de los castells. "Nos gusta mucho trabajar sobre los valores y el trabajo en equipo. Les hacemos trabajar juntos, hacemos que entiendan que en los castellshay un orden y que no todo el mundo hace lo que quiere, sino que dependen de una organización", explica Rodríguez.
Ayudar y sentirse ayudado
Los jóvenes valoran muy especialmente la oportunidad de aprender el idioma. Mohamed Kharbouch, de origen marroquí, hace tres años que forma parte de la agrupación. En este tiempo ha aprendido el oficio de soldador y está a punto de finalizar un grado medio. "Cuando estaba en el centro [de menores] no tenía muchas cosas que hacer y no quería tener tiempo libre. Si me quedaba allí, no hacía nada más en todo el día, y prefería poder venir a hacer castells. Aquí sentí que me ayudaban, pero también que yo les podía ayudar a ellos", explica. Por su parte, Outmane también reconoce que salir del centro para acudir a los ensayos de la colla es muy importante. "En el centro estamos siempre juntos los marroquíes y allí sólo hablamos árabe", explica, y precisa que gracias a los ensayos aprenden castellano y catalán.
Jorge Rodríguez recuerda que, cuando llegó, Mohamed no sabía decir casi ni una palabra: "Aquí todo el mundo le hablaba en diferentes idiomas: quien sabía algo de francés le hablaba francés; quien no, en castellano o en catalán". Hoy se comunica a la perfección. También Buba afirma que para él "las cosas han cambiado mucho en tres meses". "Cuando vine por primera vez no conocía a nadie, no hablaba, no hacía nada, pero ahora me he podido relacionar con mucha gente. Aquí no hay diferencias entre unos y otros. Para mí, la colla castellera es como una familia", concluye el joven guineano.