Fronteras económicas y avenidas sociales
Por El Quinze
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El consumismo nos acostumbró a una belleza impoluta y a una perfección artificial. Antes de la crisis, el mundo de los medios era una escenografía en la que se ocultaba la fealdad. Pero después descubrimos que, en Barcelona, nuestro paisaje –el real y el metafórico– no era una postal. No se podían eliminar las partes que no nos gustaban. Era imposible ocultar los fragmentos que no queríamos ver ni vivir.
El entorno se modifica con nosotros. En ello influyen factores como la tecnología o la moda y, sobre todo, la economía. Así nos hemos dado cuenta de que esta es un área metropolitana provisional, desordenada, que apenas manifiesta atención por los detalles, con urbanizaciones y polígonos industriales a medio terminar, huertos marginales rematados con chabolas de uralita...
Arquitectos y urbanistas progresistas le habían reclamado a la Administración que los ciudadanos pudiesen participar en las decisiones relacionadas con sus lugares cotidianos, en un intento de fusionar las visiones individuales con una identidad colectiva. Hoy, sin embargo, abundan las muestras de la confrontación entre espacio natural, necesidades sociales y hábitos culturales, en asentamientos ilegales, botellones ruidosos en el extrarradio, ocupaciones silenciosas en el centro...
Las fuerzas invisibles que podemos sentir en la ciudad no tienen nada que ver con la física o el esoterismo, sino con una de las disciplinas más políticas: el urbanismo. Se trata del impulso que impide que los residentes y visitantes de una clase social pasen demasiado tiempo en una zona reservada a otro estrato. Es el mecanismo que aísla a los ricos en barrios de lujo y que confina a los pobres en espacios separados, sin peligro de contagio.
En las democracias de hoy, a unos y a otros se les reconocen los mismos derechos y libertades. Se han necesitado muchos años de lucha para llegar a esta situación. Pero todos hemos asumido en paralelo que las diferencias económicas son otro asunto, por lo que las reivindicaciones para combatir esta desigualdad se exponen con escasa convicción, aunque, a veces, son bastante ruidosas. La plasmación más dura de este extremo es la del cemento y el hormigón, los rascacielos y las avenidas.