Este artículo se publicó hace 7 años.
Mujer y sin hogar: la cara invisible de la exclusión

Por El Quinze
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"La calle es muy peligrosa y, si eres mujer, todavía más: siempre vas buscando a un grupo que te proteja. Así he sobrevivido yo". Alys tiene 38 años y en febrero perdió su piso y se quedó sin techo. No era la primera vez que le pasaba; ya había vivido en la calle en 2003. En este último año, ha dormido en el parque de la Ciutadella, en la playa, en la casa ocupada para personas sin hogar Casa Cádiz, en el barrio de la Sagrada Familia, y en una tienda de campaña debajo de un puente en el Poblenou, donde una noche un hombre intentó estrangularla y abusar de ella. Desde hace cuatro meses, Alys está ingresada en un hospital de salud mental, donde temen darle el alta por si termina de nuevo en la calle. "Entre que no tomaba mi medicación y que fumaba hachís, se me fue la cabeza, hablaba sola y perdí la noción del tiempo. La calle te estropea la cabeza demasiado", lamenta.
Alys encarna una de las caras más crudas de no tener un hogar: vivir en la calle. Según el informe municipal ¿Quién duerme en las calles en Barcelona?, en 2018 se contabilizaron 2.452 personas pernoctando en las calles de la ciudad, una cifra que ha crecido un 72% en la última década. De todas ellas, el 13,42% son mujeres. Que esta cifra sea baja en proporción a la de los hombres se explica porque hay muchas mujeres que, por miedo a acabar en la calle, aguantan situaciones muy duras y poco visibles. "El sinhogarismo adopta formas diferentes en el caso de las mujeres, que no terminan en la calle pero sí en situación de precariedad habitacional extrema y de abusos", asegura Albert Sales, autor del informe. Sales reconoce que "son realidades difíciles de registrar porque no se exponen en el espacio público y, en muchas ocasiones, las mujeres tampoco acuden a los servicios sociales".
La calle, la última opción
"Las mujeres que acaban en la calle es porque han agotado todas sus estrategias", añade Marta Mainou, coordinadora del centro abierto y del equipo de calle de la Fundació Arrels, entidad que acompaña y atiende desde 1987 a personas sin hogar en la capital catalana. Antes de terminar en la calle, ellas recurren a una red familiar y de contactos que, por el rol de género que la sociedad patriarcal les asigna, "suele ser más fuerte que la de los hombres. Y aceptan también relaciones tóxicas y maltratos", apunta. Las mujeres sufren, además, un doble estigma: el de vivir en la calle –que en el caso de ellas va también muy asociado al estigma de la prostitución– y el de haber fallado en su rol de cuidadoras. "A esto se le añaden problemas de salud mental o consumo de alcohol y drogas. Y eso complica la situación. Son personas muy rotas y suelen estar más deterioradas física y mentalmente que los hombres", afirma Marta Mainou.
Fátima, de 39 años, huyó de Marruecos y llegó a Barcelona hace siete meses porque su exmarido la maltrataba e intentó matarla. Al enterarse de que había contraído una enfermedad de transmisión sexual, su hermano, su único contacto en la ciudad, la echó de casa por "sucia" y, desde entonces, ha dormido en la estación del Nord de autobuses, en la puerta de un albergue –donde no podía ingresar porque había una lista de espera de meses– y en un alojamiento de la Cruz Roja. "Soy epiléptica y necesito medicación. Pero tengo miedo de ir al centro de salud, porque allí también va mi hermano y temo encontrármelo y que me haga daño", afirma.
El 69% ha sufrido violencia de género
Como en el caso de Fátima, la violencia machista es uno de los factores que han marcado la vida de las mujeres que acaban quedándose sin hogar. Según un estudio de la Universitat de Barcelona, el 69% de las mujeres que viven en la calle que participaron en la encuesta habían sufrido alguna vez episodios de violencia de género, y el 35% aseguraba que los abusos y las agresiones habían estado siempre presentes en su vida. Las entidades que las atienden critican que los recursos del circuito de violencias machistas no tengan en cuenta la situación concreta de las mujeres sin hogar. "Ellas tienen que reconocer la situación de violencia y aplicar estrategias para trabajarla. Y eso, estando en la calle, es muy difícil. Más aún en casos de consumo de alcohol o drogas y problemas de salud mental. Al final, muchas mujeres acaban saliendo del circuito", asegura Mainou.
Las mujeres sin hogar se encuentran con una cartera de recursos habitacionales públicos y privados todavía muy enfocados a la realidad de los hombres. La sensación de miedo por verse en minoría, la falta de intimidad en los centros de primera acogida o en las duchas o el hecho de tener que escoger la ropa o los productos de higiene personal delante de hombres hace que muchas mujeres no consideren seguros estos espacios y se alejen de ellos, cronificando así su situación.
"Los centros de primera acogida no son el mejor lugar para rehacer su vida después de haber pasado por la calle", afirma Laura Pérez, cuarta teniente de alcalde de Derechos Sociales i Feminismos del Ayuntamiento de Barcelona. "Estamos trabajando con varias entidades para modificar los equipamientos existentes y mejorar la percepción de seguridad y la comodidad de las mujeres. Entre los temas que nos planteamos revisar están la proporción de hombres y mujeres, la distribución y la disponibilidad de material de higiene femenina, la composición de los equipos profesionales o la formación de grupos de mujeres residentes", apunta Pérez.
Albert Sales opina que la responsabilidad de adaptar los recursos a las necesidades de las mujeres y al resto de situaciones de las personas sin hogar no tendría que ser una tarea exclusiva de los municipios. "En Barcelona se ofrecen 2.100 plazas para personas sin hogar, mientras que en el resto de Catalunya hay solo unas 80. La desproporción es descomunal. Esto genera una expulsión de las personas hacia la ciudad y satura los recursos. A largo plazo, es insostenible. Se necesitan políticas estructurales de vivienda o precariedad laboral en todo el país, y que tanto la Generalitat de Catalunya como el Gobierno español pongan en marcha leyes de estrategia integral para personas sin hogar", sostiene.
En Nou Barris no están solas
Fátima y Alys se encuentran algunas mañanas en el distrito de Nou Barris, en un local de la calle Artesania. Allí toman café, se duchan, ponen lavadoras, conversan y tienen el apoyo y el cariño de las Lolas. Así se llaman entre ellas las integrantes de la asociación Lola no Estás Sola, un proyecto feminista que nació en 2017 para empoderar a mujeres sin hogar, proporcionarles un espacio seguro y acompañarlas para revertir su situación. El local, un espacio diseñado y gestionado por las propias mujeres teniendo en cuenta sus necesidades, es uno de los pilares del proyecto. "Las mujeres nos dicen que se sienten más cómodas aquí que en un albergue, porque es un espacio no mixto. Es importante que haya recursos como este", mantiene Clara Naya, coordinadora del proyecto.
Además del local, la asociación también ofrece un piso compartido sin tiempo de estancia limitado, en el que ellas pueden empezar el proceso para rehacer su vida, con el acompañamiento necesario y participando del tejido comunitario. "Hemos sido muy bien acogidas en el barrio. En Nou Barris, quien más quien menos ha vivido situaciones cercanas a la pobreza y es sensible a la situación de estas mujeres", afirma Naya, que, sin embargo, reconoce que les costó conseguir un piso. "Cuando se enteraban de que éramos una asociación de mujeres sin hogar, no nos lo querían alquilar", recuerda.
El empoderamiento de la mujer y su autonomía es también fundamental en este proyecto habitacional. "Si la mujer no está convencida del proceso, no lo hará, ni la vamos a obligar nosotras. Es importante que sean ellas quienes identifiquen su situación y planteen sus estrategias. Generar un entorno agradable y sentirte parte de algo hace que puedas salir adelante más fácilmente", afirma la coordinadora del proyecto.