Este artículo se publicó hace 7 años.
Los pequeños cines se especializan para sobrevivir

Por El Quinze
-Actualizado a
En los últimos 20 años, un centenar de salas de cine han cerrado sus puertas en Catalunya. La reconversión digital del sector, desordenada y caótica, sumada a la diversificación de la oferta de ocio, se ha llevado por delante muchas pantallas, dejando municipios e incluso comarcas enteras sin oferta cinematográfica. Sobre los cines que siguen en funcionamiento cuelga una espada de Damocles: ¿serán capaces de superar los embates del universo digital, que empuja a los clientes a quedarse en casa, consumiendo cine y series desde la comodidad del sofá?
A pesar de todo, quedan motivos para el optimismo. Siempre y cuando estos establecimientos sean capaces de reinventarse, adaptarse a las nuevas necesidades del público y convertirse en puntos de encuentro de una población que aún tiene ganas de compartir la experiencia colectiva de ver películas en la gran pantalla. Así lo demuestran los apabullantes éxitos de filmes recientes, como Joker o El irlandés, que han llenado las salas hasta los topes. Y lo corroboran, por encima de todo, los buenos resultados del silencioso trabajo de pequeños proyectos, como el Zumzeig, el Boliche o los Cinemes Girona de la capital catalana, capaces de llenar sesiones con programaciones alternativas y arriesgadas.
El área metropolitana es cinéfila
Este tipo de salas especializadas funcionan sobre todo en Barcelona y su área de influencia, mientras que el resto de Catalunya amenaza con quedarse huérfano de cine. Así lo confirman los datos de un estudio elaborado por la Acadèmia del Cinema Català, que advierte del cierre de salas y del desequilibrio territorial del que adolece el mapa de cines de la comunidad autónoma, a pesar de ser el cuarto territorio de Europa que registra más asistencia a las proyecciones. Según el informe, Catalunya ha pasado de tener 235 cines en el año 2000 a contar solo con 137 en 2018. De estos, los que proyectan un cine más autoral están –salvo honrosas excepciones– en Barcelona y las poblaciones de su entorno.
La provincia de Barcelona concentra el 67% de las salas de cine, mientras que la vecina comarca del Baix Llobregat es la que tiene una ratio más alta de pantallas por número de habitantes: hay una por cada 8.975 habitantes. Por el contrario, nueve de cada diez municipios catalanes no disponen de una oferta cinematográfica regular. Una situación que empeora en las comarcas de la Alta Ribagorça, el Moianès, el Pallars Sobirà, el Pla de l’Estany o la Segarra, donde no queda ningún cine en activo. Los números atronan como trompetas del apocalipsis. Aunque hay alguno que invita al optimismo: tras casi dos décadas de crisis, las salas empiezan a estabilizarse. En los últimos cinco años, los espectadores crecieron un 17%.
Según Francesc Vilallonga, investigador de Blanquerna-Universitat Ramon Llull y autor del estudio de la Acadèmia del Cinema Català, el panorama de las salas de cine tiende a la "polarización". Por un lado, se mantienen las puramente comerciales, las multisalas que ofrecen grandes estrenos, que dependen sobre todo de los ingresos del fin de semana y en las que la venta de palomitas y refrescos contribuye a los beneficios. Por otro lado, están los cines más pequeños, los "independientes", que tienen menos de cinco pantallas y que, a pesar de ser los más afectados por la crisis –en los últimos cinco años son los que más bajas han registrado–, también son los que mejor han sabido reinventarse. Paradójicamente, esos supervivientes están marcando ahora el camino a seguir.
La sala Zumzeig es un pequeño cine ubicado en el barrio de Hostafrancs, en Barcelona. Abrió sus puertas en 2013 y, tras un breve parón, reabrió en 2016 reconvertido en el primer cine cooperativo de toda Catalunya, dando continuidad al proyecto inicial: una sala especializada en películas de autor, alternativas, experimentales o documentales; a aquella oferta, en definitiva, que no encuentra su lugar en el recorrido comercial.
"Queríamos demostrar que se puede hacer una gestión cultural de calidad con una organización horizontal, en la que los socios-espectadores tienen un rol muy importante", explica Albert Triviño, socio fundador de la cooperativa Zumzeig. Esta filosofía se plasma en una oferta que va más allá de las simples proyecciones, con una programación repleta de actividades dirigidas tanto al espectador más cinéfilo como al público familiar. Las actividades del Zumzeig se deciden en el seno de comisiones integradas por miembros del consejo rector, socios colaboradores y amigos de la cooperativa, que en la actualidad son unos 300. De esta manera, la sala se ha convertido en "un espacio comunitario y participativo en el que hay exposiciones, presentaciones de libros y debates; un lugar donde uno se puede tomar algo con los directores y en el que se cuida a las películas, a los autores y al público", resume Triviño, para quien el futuro de las salas pasa por este modelo cooperativo que pone en valor "la participación, la fuerza de la gente y la comunidad".
En la Dreta de l’Eixample barcelonés se encuentran los Cinemes Girona, un cine de tres salas que también basa su modelo en la diversificación de actividades y la creación de eventos singulares, capaces de atraer a todo tipo de públicos. "Esta semana tenemos la sala de 300 butacas llena con un pase de documentales de montaña", dice el responsable de los Girona, Toni Espinosa, para ejemplificar lo que para él es la clave de la supervivencia de los pequeños cines independientes: ofrecer variedad y contextualizar las propuestas. "Una película estrenada sola, sin más, no funciona tan bien, porque es una propuesta más en un océano de propuestas", describe. "La gente prefiere ver una película en un contexto de comunidad, como puede ser un festival o un evento. Eso le permite tener referencias y contextualizarla", añade.
Esta filosofía ha convertido a los Cinemes Girona en la sede de 22 festivales y muestras de cine, entre los que se incluyen el Americana Film Fest o el de Casa Asia. Además, organizan sesiones matinales para escuelas, presentaciones de películas y documentales, radio teatro, ópera, ballet, monólogos e incluso sesiones con youtubers. "Las salas pequeñas tenemos que ofrecer diversidad de contenidos y formatos, estar pendientes de todo y no parar de inventar", añade Espinosa, quien se muestra muy optimista sobre el futuro de estos establecimientos. "El año que viene se cumplirán diez años desde que cogimos los cines y ahora tenemos más trabajo que nunca. Somos muy optimistas, aunque para eso no puedes parar de trabajar, estar con los ojos abiertos y adaptarte a las necesidades de la gente", insiste.
En busca de la especialización
Una de las claves de la continuidad de las salas independientes, comenta el experto Francesc Vilallonga, radica en su capacidad de “singularización”, de buscar “la manera de diferenciarse” de las otras. Es lo que han conseguido salas como la Phenomena, en la que grandes estrenos conviven con clásicos del cine. O en el Texas, otro de los cines de reestreno de la capital catalana y el único subvencionado gracias a su apuesta por la proyección de películas subtituladas en catalán.
Otro cine que ha sabido capear el temporal es el Maldà, en el distrito de Ciutat Vella. En su caso han apostado por recuperar las sesiones continuas, muy habituales en los cines de antaño. Por el precio de una entrada, el espectador puede ver todas las sesiones del día y su programación ofrece una película diferente en cada sesión. “De esta manera convertimos nuestra sala única en un multisalas”, explica Xavi Escrivà, gerente del Maldà, para quien también es importante buscar películas “diferentes y de calidad”.
El Maldà, como el Texas o el Méliès, recupera títulos que no se pueden ver en otras salas porque la dinámica de estrenos –algunas semanas hay más de diez novedades– impide que muchas películas aguanten semanas en cartelera. "Las salas no pueden absorber tanta oferta", dice Vilallonga, para quien el auténtico problema es la "reducción del tiempo de explotación de una película, que a veces no pasa de una semana". Además, añade, "hay títulos que desaparecen del cine y hasta al cabo de tres o cuatro meses no llegan a las plataformas digitales. Mientras, no se pueden ver en ningún sitio y pierden espectadores". Vilallonga, a pesar de todo, también se muestra optimista con el futuro del sector. "Las salas desempeñan aún un papel importante. Los empresarios van a tener que ser mucho más activos y las salas van a tener que ser más polivalentes, ofrecer un valor añadido y ser espacios mucho más abiertos. Pero no desaparecerán", apuesta.