Contra la precariedad de las bibliotecas públicas de Barcelona

Por El Quinze
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Podría hacer un alegato sobre la importancia de las bibliotecas en la cultura y lo necesarias que son en los tiempos que corren. Podría hablar, también, de la función social, pedagógica e inclusiva de estos equipamientos públicos en nuestras ciudades y pueblos. "La casa de los libros y la cultura", gritan unos. "Lugar de actividades, proyectos y modernidad", aseguran otros. Pero, en la actualidad, lo más realista es hablar de las bibliotecas públicas, y en concreto de las bibliotecas públicas del Consorci de Biblioteques de Barcelona, como de un refugio.
Durante estos últimos años, duros y correosos, hemos dado asilo, acogida y amparo –además de recursos culturales, educativos, tecnológicos y formativos– a ciudadanos y ciudadanas, estudiantes, lectores, parados, niños, ancianas, desahuciados, abandonados sociales, escritoras, intelectuales, músicos, artistas en general, emprendedores, obreros, autónomos... Y lo hemos hecho de forma vocacional, profesional, asertiva y empática.
Aun así, sucede que algunos de nuestros usuarios nos increpan, otros –pocos– incluso nos agreden, y la inmensa mayoría nos agradece el trabajo y la atención que les brindamos y nos felicita. Sí, todo esto sucede en los centros de trabajo, aunque la gerencia de Biblioteques de Barcelona no lo crea.
Durante los años más duros de la crisis, las Administraciones, el consorcio formado por el Ayuntamiento de Barcelona y la Diputació de Barcelona, y proyectistas de la casa, direcciones técnicas y demás gestores han inau-gurado hasta tres bibliotecas en la ciudad. Los líderes municipales de turno sonreían a la cámara en un marco incomparable. Tres bibliotecas nuevas con su mobiliario de diseño, sus máquinas de autopréstamo y sus ordenadores, todo inspirado en el fantástico modelo nórdico que desean implantar, o eso parece. Viajan para conocer "nuevos modelos"; aunque de modo superficial, porque de sus políticas educativas y culturales, seguimos sin noticias. Sobre la dotación de personal en estas nuevas bibliotecas: cero; redistribución de la plantilla y punto, que no estamos para filigranas. ¿En algún momento se ha recuperado este personal? Nunca. ¿Título de la película? La gestión de la precariedad como modelo bibliotecario y patada a seguir.
Ahora, en 2019, años después de los primeros recortes en el Consorci de Biblioteques de Barcelona y años después de que a políticos, gestores y Ayuntamiento se les ocurriese convertir a las bibliotecas de la Ciudad de la Literatura en una institución laboral y cultural precaria, la situación de sus trabajadores y las condiciones laborales dejan mucho que desear. Contratos miserables de tercios de jornada, pagando menos de 1.000 euros el contrato, porque, según ellos, "contratan lo que necesitan". Condiciones laborales pésimas, con jornadas agotadoras de 11 horas diarias de atención directa a la ciudadanía, mínimo dos días a la semana. Parte de la plantilla, sin horarios laborales fijos, a disposición de la empresa para la cobertura de "sus necesidades". Más del 50% de la plantilla, interinos de larga duración. Conciliación personal inexistente. Flexibilidad horaria inaplicable. Recortes en actividades y fondo documental, y es que parece que los libros ya no se llevan tanto como antes. Recursos humanos gestionados al estilo capataz y sin dirección conocida a día de hoy. Abandonados por el Ayuntamiento, al que no le interesamos para nada. Con edificios enfermos y sin mantenimiento preventivo. Impresoras sin consumibles, servicio wifi deficiente, planes de lectura y culturales de calado inexistentes... Y caso omiso al informe de riesgos psicosociales elaborado en 2017 por una empresa externa y que alertaba del alto riesgo para la salud de la plantilla si continuábamos con esta dinámica.
¿Y ahora qué? Para empezar, el Consorci de Biblioteques de Barcelona necesita aumentar su plantilla de manera inmediata en un 15%, porcentaje neto y real, porque, con excusas y verdades a medias, con el aumento de un 5% en cuatro años, como proponen, y con la ralentización voluntaria de todas las mejoras imprescindibles en las bibliotecas, hacen peligrar nuestro servicio público, el de todos. Necesitamos un punto de inflexión real, efectivo e inmediato.