Este artículo se publicó hace 7 años.
Prosperitat, una sopa de integración y convivencia

Por El Quinze
-Actualizado a
El aroma de los caldos humeantes, cocinados en casa o elaborados in situ en grandes fogones instalados en la calle, impregnan los barrios de la Prosperitat y el Verdum durante toda la mañana. Es el bullicio del Festival de Sopas del Mundo, que desde hace unos años se celebra cada mes de marzo en Nou Barris, y que congrega en el entorno de la marquesina de Via Júlia a entidades diversas del distrito, y a vecinos y vecinas que participan a título personal. Las ollas se destapan a la una en punto y los cocineros las sirven, de forma gratuita, a quienes han esperado el inicio de esta fiesta culinaria con paciencia y disciplina, en fila y cuenco en mano.
La degustación de sopas, que dura apenas una hora, es el clímax de un esfuerzo colectivo que, a lo largo de todo el año, moviliza a un montón de gente, en su gran mayoría voluntarios. Lo organiza la Xarxa 9 Barris Acull, una red de 80 entidades que desde 2001 trabaja para que los vecinos de origen diverso se incorporen a la vida comunitaria. "El barrio andaba cambiando de color", recuerda Lourdes Ponce, portavoz de la red. "Supimos de los disturbios racistas en El Ejido, en el año 2000, y no queríamos que una zona tan cohesionada socialmente como la nuestra pudiese desestabilizarse por algún episodio de ese tipo", recuerda. Tras reunirse en el Casal de Barri –en la plaza Ángel Pestaña, una especie de plaza mayor de la Prosperitat–, el tejido asociativo se puso manos a la obra. Semanas después, ya le estaban pidiendo al párroco de Santa Engracia que cediese esta iglesia de Prosperitat para ayudar a extender el encierro de migrantes que desde hacía unos días pedían papeles para todos en la iglesia de Santa Maria del Pi.
Inspirado en el Festival de Sopas de Lille (Francia), el certamen de Nou Barris es sólo una de las muchas iniciativas que, a lo largo de estos años, la red ha impulsado para fomentar la relación entre vecinos de origen diverso. Empezaron impartiendo clases de castellano y ayudando a los migrantes a regularizar su situación. También trataban de facilitarles el acceso a la vivienda. El Casal, asimismo, acogió durante seis años la fiesta final del Ramadán. "Muchos vecinos entraban y probaban la harira [una sopa tradicional marroquí]. ¡Hablaban entre ellos y se daban cuenta de que eran vecinos! Es que la gente, para conocerse, tiene que encontrarse. Si no, es muy complicado", explica Lourdes. La actividad dejó de hacerse el año en el que el Ramadán cayó a principios de septiembre, y con la comunidad musulmana ya asentada y organizada en el barrio.
A pesar de la determinación del tejido asociativo, la convivencia en Nou Barris ha tenido también sus momentos de crisis. La unidad empezó a tambalearse en 2017, cuando el colectivo musulmán decidió abrir un oratorio en la calle Japón. El equipamiento tenía todos los permisos en regla, y las obras de adecuación del espacio, situado en unos bajos, se llevaban a cabo con una escrupulosa obediencia de las normativas. Algunos vecinos de la calle, sin embargo, no estaban dispuestos a convivir con una mezquita. Fueron más de 300 días de caceroladas, insultos y sabotajes constantes contra un colectivo que aguantó sin ceder a la provocación de la ultraderecha, llegada, en su gran mayoría, de fuera del barrio.
Contaron, eso sí, con el apoyo de numerosas entidades. "No era un conflicto entre dos partes, sino una cuestión de derechos", matiza Lourdes. "Por suerte el barrio es como es. Si no, no estaría la mezquita", añade Cecilia Carrillo, una de las vecinas que participaron en la defensa del oratorio. El colectivo musulmán ha negociado recientemente la cesión del polideportivo de la Escola Prosperitat para celebrar el Ramadán. Al colegio acuden niños de familias musulmanas y algunas madres forman parte de la Ampa.
Nacida en Ecuador, Cecilia llegó a Nou Barris hace 16 años, los mismos que hace que participa en el festival, cuya 16ª edición se celebró el 24 de marzo. "Y nunca he repetido receta", presume. Este año hizo un viche de pescado, una sopa de la región de la Costa, de la provincia de Manabí. "En realidad, este es el único día del año en el que me transporto a mi país; porque mi vida es ya una mezcla", asegura. También la acompañan sus hijos: "Ellos viven aquí con mucha naturalidad; sienten que esto también es suyo". Cecilia, que participa en la cooperativa de consumo alternativo y ecológico Userda 9, ubicada en la calle Badosa, empezó a acudir al festival como integrante de la asociación ecuatoriana Llacta Karu. Ahora lo hace a título personal: la entidad se fue diluyendo a medida que sus integrantes se incorporaban con normalidad al tejido asociativo de la ciudad. "Esa era la idea", explica.
Yo aprendo de ti, tú aprendes de mí
Cecilia reconoce que en estos años "se ha logrado dar visibilidad y normalizar" a la gente que vino "de fuera". Pero todavía quedan retos por delante: "El trabajo de convivencia y de acogida no para nunca. La gente se mueve. ¡Es tan fácil moverse! Eso no va a parar. Lo estamos viendo ahora, con la llegada de refugiados. Y hay que normalizarlo. Los que vinimos de fuera y ya somos de aquí haremos lo mismo con los que siguen viniendo". Cecilia, además, mantiene que hay que seguir trabajando en el uso del lenguaje y de algunos conceptos. "Me molesta mucho cuando la gente dice que los que venimos de fuera nos tenemos que integrar. En realidad, nos tenemos que integrar todos, los unos a los otros: yo aprendo de ti y tú aprendes de mí. No es algo que tengamos que hacer sólo los que venimos de fuera", defiende.
Uno de los bares de la plaza Ángel Pestaña lo regenta desde hace poco más de dos años la vecina de Prosperitat nacida en china Xiaowei Ye. Este año ha participado por primera vez en el festival, con una sopa de costilla de cerdo, mazorca, patata y zanahoria. "Una sopa casera. Porque nosotros en casa no comemos la misma comida que en los restaurantes", explica. También desmonta algún que otro mito: "¿Sopa de aleta de tiburón? ¡En mi casa nunca la hice! No existía".
En el barrio hay varios locales regentados por vecinos de origen chino, pero hasta este año no se han decidido a celebrar una de sus fiestas más conocidas, la que da la bienvenida al Año Nuevo chino. Se celebró por primera vez el 26 de enero, en la misma plaza y Xiaowei fue su impulsora. "Lo hablamos por WeChat [una aplicación similar a Whatsapp, muy popular en algunos países asiáticos]", apunta. La fiesta la organizaron varias entidades, entre ellas la Asociación Multicultural Amanecer, y cada grupo aportó su granito de arena. "Un grupo trae los dragones, otro la música… Nos juntamos todos y hacemos la fiesta. Nos sirve para mostrar nuestra cultura", explica Xiaowei, desde el otro lado de la barra, mientras atiende a un cliente que responde al nombre de Juan sin Sangre y que también acudió al festival con su caldo andaluz, que cocinó en un gran puchero.
"Me encanta el barrio", dice Xiaowei. "Aquí la gente es como una familia. Me aman mucho. Me cuidan mucho. Yo he trabajado en les Corts. Todo eran personas trabajando. También los quieres, pero no es lo mismo. Aquí son de más fiesta, más de familia. No son racistas. Da igual si somos de China, gitanos, moros o lo que sea", asegura. Son estos, precisamente, los nuevos ingredientes con los que Nou Barris cocina su nueva sopa. "Antes teníamos unos; ahora tenemos otros. Y, mientras tanto, vigilamos el fuego, para que el agua no salpique. Esperamos que la sopa nos salga buena", aventura Lourdes.
NOU BARRIS Y LA MIGRACIÓN
El distrito de Nou Barris lleva la migración en su ADN. A mediados del siglo XX, sus colinas empezaron a llenarse de urbanizaciones residenciales, poblabas a menudo por migrantes que llegaban a Barcelona provenientes del resto de Estado, ya fuese por motivos políticos, económicos o sociales. Territorio de clases populares, Nou Barris ha sido también uno de los distritos preferidos por los migrantes del resto del mundo que han recalado en la capital catalana en las últimas décadas. En enero de 2018, según datos del Ayuntamiento de Barcelona, en el distrito residían 40.655 personas nacidas en el extranjero de un total de 168.327 habitantes. El 24,2% del total. Un porcentaje muy similar al del barrio de la Prosperitat (22,2%), que el año pasado contaba con 5.883 vecinos de origen extranjero para una población total de 26.552.
UNA RED PARA ABARCARLO TODO
"La migración es un tema transversal, y organizarnos en forma de red nos aseguraba esa transversalidad", explica Lourdes Ponce, de la Xarxa 9 Barris Acull. Las 80 entidades adheridas son muy heterogéneas, lo que permite abordar el reto de la convivencia desde múltiples puntos de vista. Forman parte de la red 14 asociaciones de vecinos del distrito; entidades culturales, sociales y religiosas; escuelas, centros cívicos, casals… "Entendimos que crear un comité de solidaridad con el colectivo de migrantes era guetizarlo, estigmatizarlo, aislarlo. Y nosotros teníamos claro que, cuando llegamos aquí, nos convertimos en vecinos de aquí. Una vecina que se llama Hayet; o una vecina que se llama Rosalinda. Lo de migrar es solo una acción", concluye.