Este artículo se publicó hace 7 años.
Los últimos pescadores de Barcelona

Por El Quinze
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"Nada, hoy ha sido muy mal día", lamenta cabizbajo el pescador Pau Huguet, mientras salta de La Ferrosa, su barco de arrastre. Algo ha pasado con las cigalas, que hoy parecen haber desaparecido. "Es un animal muy sensible, quizá el terremoto de Atenas las haya espantado", aventura. Son más de las cinco de la tarde y la mayoría de pesqueros han llegado a puerto, después de todo el día faenando en el mar, para intentar darle salida a la captura en la subasta vespertina de la lonja de Barcelona. Los barcos de cerco ya lo han hecho en la de primera hora de la mañana, después de una noche de trabajo. Bandejas y bandejas de pescado pasan ahora ante los ojos de una tribuna en la que suele haber unas 30 o 40 personas. Restaurantes, pescaderías, supermercados y comercializadores determinan, con un botón, la suerte del día de toda una tripulación.
La pesca en el Moll del Rellotge ha ido perdiendo fuerza en las últimas décadas. Hoy solo quedan dos barcos de artes menores, 12 de cercos y 11 de arrastre: 25 en total, según los datos oficiales de la Confraria de Pescadors de Barcelona. Aunque algunos pescadores dicen que solo faenan a diario 23 o 24. Hace solo dos años, había una decena de embarcaciones más, en un puerto que en sus buenos tiempos llegó a contar con más de un centenar de barcos, en los años 70 y 80 del siglo pasado. "Me jubilé hace cuatro años, porque mi sobrino se quedó como patrón de una de las embarcaciones de la familia. La otra la lleva mi hijo", explica José Cabrera, uno de los veteranos, que fue patrón mayor de la cofradía y ahora es representante del Cabildo, la junta de dirección. Ya retirado, y después de haber estado más de 40 años en "la mar", Cabrera sigue bajando al muelle por la mañana para echar una mano. Las tardes se las toma para él, bromea, para ir al gimnasio y hacer otras actividades personales. Su hijo es la quinta generación de pescadores de la familia, al menos de la que tienen constancia.
"Quedan pocos barcos y no hay tanta gente para ir a la mar como antes. Y suerte de la gente de fuera, los migrantes, que quizá en su país eran marineros y aquí quieren seguir trabajando de esto. No hay mucho relevo de marineros y patrones", lamenta el armador, propietario del Cabrera 1 y el Cabrera 2. En la actualidad, asegura, hay algo más de 200 personas que trabajan directamente saliendo al mar, una cifra que llegó a rondar el millar, en parte porque las tripulaciones eran antes más numerosas que ahora. "La pesca ha evolucionado mucho, para bien. Antes necesitabas mucho personal; ahora hay maquinaria que nos facilita la carga o mejora la seguridad. En algunos barcos de cerco, por ejemplo, hemos llegado a ir 40 personas, y ahora van la mitad o menos", explica Cabrera.
Con 53 años, Pau Huguet lleva siendo patrón de barco desde los 21. Antes había faenado desde los 14 durante los veranos. Huguet apunta a las dificultades administrativas con las que se encuentran –con trámites cada vez más complejos– como el principal motivo para que no haya continuidad en el oficio. "Ya no hay marineros ni patrones tan jóvenes. Piden muchos requisitos; tienen que tener varios cursos y títulos para poder embarcarse. Mi hijo no se podría embarcar, aunque quisiera", apunta. Huguet tiene tres hijos, menores de edad, y espera que se dediquen a otra cosa. "Este es un oficio bonito; se puede vivir de él, y claro que hay futuro. Pero nos ponen cada vez más controles, nos ahogan y es más difícil. Cuando me jubile, en 15 años, si nadie quiere continuar, venderemos la barca y a otra cosa", avanza Huguet, cuya familia calcula que lleva ejerciendo el oficio desde el siglo XVIII.
Otro de los motivos a los que los pescadores achacan la decadencia del sector son los cambios en los hábitos alimenticios y las costumbres gastronómicas. Sostienen que la población cada vez compra menos variedad, menos especies. Hay muchas que en la lonja ni siquiera llegan a venderse, con lo que, a la larga, dejan de pescarlas, centrándose en unas pocas que saben que sí son rentables. "Al final, vas a pescado de poco volumen y que sabes que se paga bien en las pescaderías", dice Huguet, refiriéndose a las cigalas o las gambas. Es por eso que las capturas son menores, defiende: no porque no haya pescado, sino porque no lo venden. "Aunque siempre insisten en culparnos de sobrepesca, cuando la realidad es todo lo contrario. Y eso sin contar la de kilos de plástico que sacamos del mar", argumenta, haciendo referencia al proyecto Marviva de los pescadores de Barcelona, que reciclan los sólidos que extraen de las profundidades de la costa.
Por su parte, y a pesar de todo, José Cabrera se muestra optimista y esperanzado: "Siempre he sido positivo. No vamos a hacernos ricos, desde luego. Pero los chavales se ganan la vida y la situación se va manteniendo. Y ese es el objetivo". Además, de un tiempo a esta parte han ido surgiendo iniciativas que están siendo para la pesca artesanal como una bocanada de aire fresco. Es el caso de Cap A Mar, en Barcelona, una asociación de diferentes familias de pescadores del barrio de la Barceloneta que da a conocer la pesca de proximidad en la ciudad y sus alrededores. "Pescar menos, mejor y explicarlo mejor", resume Cristina Caparrós, una de las responsables del proyecto y joven integrante de una de las familias con más tradición pesquera en este barrio. Es la encargada de adentrar a los grupos de visitantes en las entrañas del muelle, detrás de la calle Escar, donde se alza la Torre del Rellotge, el emblemático primer faro portuario de la capital catalana, ahora restaurado y convertido en emblema del sector.
La necesidad de divulgar la profesión
"Antes no teníamos delante estos monstruos, y veíamos todo el skylinede Barcelona. Pero bueno, ¡ahora nos lo imaginamos!", bromea Caparrós, lamentando el muro que forman los enormes y lujosos yates entre los que se halla el muelle de pescadores. Hace cinco años estas familias pescadoras llevaron a cabo algunos estudios de la mano de Barcelona Activa, la Diputació de Barcelona y la Agència Catalana del Turisme, para elaborar un plan estratégico que les permitiera crear la asociación Cap A Mar. La gran apuesta es la pesca-turismo, una actividad en la que un grupo de personas puede embarcar durante toda una jornada con una de las tripulaciones, para vivir la experiencia. "Aporta un ingreso extra a los pescadores y hace que ellos vean que su conocimiento y su oficio tiene un valor. Y nos permite difundir todo esto", subraya Caparrós. El grupo de cinco personas que hoy ha embarcado –vecinos y vecinas de Barcelona sin ninguna vinculación familiar con el mar– salen satisfechos tras la experiencia.
No obstante, y a sabiendas de que esa actividad es más propia de "aventureros" y que no todo el mundo puede permitirse embarcar de lunes a viernes 12 horas, iniciaron también las rutas de tarde, para ver cómo desembarcan los pescadores y el género, y visitar el muelle y la lonja. "Podemos personalizar las rutas e intentamos darle siempre un toque dinámico e innovador; que entren en juego Internet, las fotografías, las redes sociales...", sostiene Caparrós. Además, llevan a cabo proyectos con escuelas y centros cívicos de la Barceloneta, barrio con el que tienen una estrecha vinculación, así como con el Museu Marítim, donde organizan cenas temáticas con recetas tradicionales, talleres o muestras fotográficas.
Cap A Mar reivindica también el papel que desempeña la mujer en el mundo de la pesca. "La asociación la llevamos sobre todo mujeres, así que también damos a conocer esa parte más escondida: la mujer siempre ha sido la encargada de las redes, de llevar los números, de la comercialización, de la documentación para salir a pescar...", destaca Caparrós. Ella misma, de hecho, es armadora del Òstia y El Nus, los barcos de su familia, de los que lleva el papeleo y los trámites burocráticos. Aunque ella, de formación académica, es química.
"Estuve siete años haciendo el doctorado por toda Europa y, cuando regresé, estuve trabajando en la UPC. Me quedé embarazada de mi primer hijo y se me iba a acabar el contrato. No me gustó cómo me trataron y decidí que ayudaría a la familia con la comercialización y la pesca-turismo. Me he ido liando y ya no he vuelto a la ciencia", dice riendo. "¿Para qué tengo que estar trabajando para otro señor, si mi padre no se puede jubilar y lo que me gusta es estar en el muelle?", se espetó a sí misma. Cinco años más tarde, la nieta de el Niño –así llamaban a su abuelo– pasea por el muelle como por su casa, saludando a todo el mundo mientras acompaña a los visitantes a conocer el mundo del que siempre ha vivido su familia. "No sé si me llaman la Niña, pero es probable", reconoce Caparrós.
Del Cabo de Gata a Barcelona
En la ruta por el muelle y la lonja, hay un grupo de mujeres, la mayoría andaluzas. Se nota que saben de lo que hablan: dominan los tecnicismos y conocen las especies y las artes de pesca. "¡Qué bien!", celebra Cristina Caparrós, que hoy tendrá un público más ducho en la materia. "Venimos para saber cómo trabajan otras lonjas y conocer modelos de negocio vinculados al sector pesquero", explica Macarena Molina, una de las representantes de Pescartes, la asociación de pescadores de la que forman parte y que fomenta la pesca artesanal en el Cabo de Gata (Almería). "Es como el filósofo, pero con P", bromea Molina.
Molina era técnica marina de la Administración y aprendió mucho de los marineros en su trabajo, hasta que un día decidió embarcarse y trabajar con ellos durante tres años, para empaparse de su conocimiento. "Cuando venían las universidades a investigar, venían a mí porque tenía estudios. ¡Pero yo les decía que los que sabían eran ellos!", exclama Molina. Así empezó a hacer de puente para dar a conocer el sector pesquero tradicional del parque natural. Ella, como las demás, hace pedagogía de la pesca en todos los sentidos, también en el gastronómico. "La mayoría de los consumidores solo conocen el 20% de las especies de la zona, y el otro 80% se desaprovecha; no se pesca porque no se demanda. Nuestro proyecto quiere darle un vuelco a eso", detalla Molina. Para eso hacen cursos de cocina, en restaurantes y colegios, recuperando recetas tradicionales, siempre de la mano de los pescadores. Así logran que se recupere el valor añadido de ciertas especies y eso facilite la vida de los pescadores, además de contribuir a la sostenibilidad marina de toda la zona.
LA ÚLTIMA SUBASTA DE PESCADO 'CANTADA' DE TODA CATALUNYA
Unos kilómetros al norte de Barcelona, bajo el duro sol de mediodía, prácticamente de lunes a viernes, un nutrido grupo de personas se reúnen en un pequeño espacio con bancos de madera, protegido por un simple techo, en el paseo marítimo de Montgat. En medio del cuadrilátero, bandejas llenas de pescado, sepias o langostinos centran la mirada de los asistentes, que acuden para llevarse a casa una buena compra por el mejor precio posible. Se trata de la subasta de pescado de la lonja de Montgat, la última que resiste en la costa catalana abierta al público particular y cantada a viva voz.
Salvador Bieto, el patrón de una de las dos únicas barcas que hoy llevan su producto a la venta abierta, da los precios de salida y va bajando a una velocidad de concurso televisivo, el Pasapalabrade la mar. Hasta que alguien puja por la bandeja de langostinos y el subastador frena en seco. “Ponme la de más a la derecha, que son más grandotes”. Pregunta por el nombre, lo apuntan en un recibo y le entregan su botín, que pagará al final.
"Venimos desde Barcelona solo para esto. Es muy interesante y el ambiente es muy familiar. Es nuestra segunda vez", explican Joan Ramon y Assumpta, que durante unos años trabajó en Badalona, donde le explicaron que existía esta subasta. "Hay que venir sin expectativas, sin querer nada en particular. Te esperas al final y, cuando queda lo que nadie ha querido inicialmente, te lo llevas más barato. Porque aquí viene gente con experiencia", avisa él. Es el caso de Benjamí, que viene desde hace ocho años. "Antes esto se hacía en la lonja de Badalona, pero se perdió y empecé a venir aquí, cada día que se celebra, si nada me lo impide", cuenta este badalonés que teme por la continuidad de esta forma de venta, porque, con el paso de los años, cada vez quedan menos pescadores.
Ángel Domínguez es el presidente de la Confraria Verge del Carme, que reúne a pescadores de Montgat, el Masnou y Premià, dos de los cuales venden en la subasta. Acuden entre 20 y 30 personas, aunque muchos solo van a observar o a sacar fotos con el móvil, por lo curioso de esta escena. También hay algún turista. "Se ve mucha gente, pero compra muy poca. ¡A ver si ayudáis a traer más clientela!", pide Domínguez, bromeando. Desde hace unos meses, disponen de una página en Facebook (El Rotllo de Montgat), en la que cuelgan vídeos y anuncian cada mañana si habrá subasta o no, en caso de temporal u otros impedimentos que no permitan salir a faenar.
Bajas y jubilaciones
Bieto es pescador desde hace 30 años y vende su captura del día en la lonja de Montgat desde hace algo menos de una década, aunque él es del Masnou. Los pescadores del municipio contiguo amarran en el puerto vecino, donde tienen unas pequeñas instalaciones que consideran insuficientes. "No tenemos ni carburante ni hielo, nos lo tenemos que traer nosotros mismos. Al menos ahora nos han puesto una báscula", dice Bieto. En los últimos diez años, el número de miembros de la cofradía y de vendedores en la lonja ha ido cayendo, debido a las bajas y las jubilaciones. Ya solo dos llevan su género a Montgat, mientras que los otros tres –en total son cinco pescadores– suben a Arenys o a Blanes, donde las instalaciones de la lonja están mejor. "No hay continuidad en este oficio. ¿La subasta? Supongo que cuando nos jubilemos los que seguimos, se acabará".