Otra vez una ciudad dormitorio

Por El Quinze
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Uno de los mensajes que más le gusta repetir a la alcaldesa de L’Hospitalet, Núria Marín, es que tiempo atrás a L’Hospitalet se le veía como un suburbio de Barcelona, pero que ya no; que hemos conseguido superar esa imagen. Ya sea para demostrarlo, o por si acaso no lo hemos conseguido del todo, la alcaldesa gusta de dictar sus conferencias anuales en lugares singulares, y este año ha escogido el Hotel Hesperia Tower de Bellvitge: los hoteles de la ciudad se han convertido en medalla y emblema, en prueba palpable de que ya somos de primera división.
Pocos ejercicios son más difíciles que aspirar a construir una identidad local fuerte y, al tiempo, subordinar el proyecto político y económico a las necesidades de la Gran Barcelona, pero los alcaldes de L’Hospitalet han sido unos auténticos maestros en eso. Y es que a la segunda ciudad catalana el crecimiento de Barcelona siempre le ha salido muy caro. En el pasado, con las anexiones de Zona Franca y la zona de Finestrelles, la ciudad perdió el 44% del territorio. Y con las últimas transformaciones urbanísticas ha seguido perdiéndolo, aunque no administrativamente: con la plaza Europa le cedimos a Barcelona nuestro espacio vital para que hiciera su zona de negocios, y si se lleva a cabo la última gran operación urbanística de la sociovergencia, la cobertura de la Gran Via a su paso por Bellvitge –el llamado PDU Gran Via-Llobregat–, perderemos otro 8% de nuestro suelo para levantar otro mini-Manhattan de rascacielos y hoteles, completamente ajeno a la vida de la ciudad. Ciertamente ya no somos aquella vieja ciudad dormitorio obrera, pero volvemos a ser una ciudad dormitorio: ya han pernoctado en nuestra ciudad más turistas que personas hay censadas.
La fiebre hotelera no es solo el resultado de la moratoria de Ada Colau. En 1999, en plena resaca olímpica, el boletín municipal ya recogía la noticia de la primera licencia para la construcción de un hotel y la voluntad de construir muchos más y aprovechar el carácter estratégico de la ciudad, porque la oferta de plazas hoteleras de Barcelona era insuficiente. Ahora ya tenemos un parque de hoteles de cuatro y cinco estrellas mayoritariamente orientados al turismo de negocios que acogen a extranjeros que duermen en L’Hospitalet pensando que duermen en Barcelona, y que solo se relacionan con los vecinos como lo harían con el personal de servicios en un resort de República Dominicana.
El único pequeño gran problema es que somos la ciudad más densa de la Unión Europea y que arrastramos un déficit estructural de espacio, equipamientos y zonas verdes. La lista de necesidades es larga: CAP, un nuevo hospital o residencias de gent gran. Aparcar es un infierno y nos hacen faltan parques, plazas, paseos, locales para entidades y centros cívicos y culturales. Tenemos algunos de los barrios más densos del mundo, y el espacio público en vez de lugar de encuentro y convivencia se ha convertido en fuente permanente de conflicto. ¿Por qué tantos miles de metros cuadrados dedicados a gente de paso?
El gobierno local dice que los hoteles generan riqueza y que es el tercer sector de empleo del municipio, pero no explica las condiciones de temporalidad y precariedad del sector turístico. El argumento se repite desde el año 2003, cuando el alcalde anterior, Celestino Corbacho, y el entonces conseller de Política Territorial, Felip Puig, presentaron la plaza Europa, pero, catorce años después y tras importantes operaciones público-privadas, L’Hospitalet es una de las grandes ciudades españolas más pobres –la tercera más pobre según Hacienda–, la renta media sigue siendo baja y la desigualdad entre algunos barrios de la zona norte y sur de la ciudad resulta escandalosa.
Como Barcelona se ha quedado pequeña para los negocios y los turistas y expulsa a sus vecinos, el efecto dominó hace que lleguen a L’Hospitalet y desplacen a los más pobres de la ciudad una periferia más allá. Somos la tercera ciudad española que más población ganó entre 2017 y 2018, y uno de los municipios donde más ha subido el precio del alquiler: 45% en cuatro años, según Idealista. Aquí, que no hay una PAH sino tres o cuatro, y donde las situaciones de exclusión residencial aumentan cada día, levantar hoteles en el poco suelo que queda libre significa impedir para siempre la posibilidad de construir vivienda social, y acelerar el proceso de gentrificación en aquellos barrios que ya presentan síntomas evidentes de elitización. Paradójicamente, los hoteles han creado puestos de trabajo en la ciudad para los más jóvenes, pero ahora esos jóvenes tendrán que irse a dormir y vivir fuera de la ciudad.
Ya no somos aquella vieja ciudad dormitorio obrera, pero volvemos a ser una ciudad dormitorio. Cada vez más a menudo nos cruzamos en el rellano con gente que duerme en la ciudad desde hace meses, o quizás ya años, pero que no hace vida de barrio ni de ciudad porque, emocionalmente o profesionalmente, sigue en Barcelona.