¡Viva la revolución! (de la Edad del Hierro)
Soñar sociedades distintas no es una prerrogativa del mundo contemporáneo ni de las vanguardias de ningún partido.
Al final de la prehistoria, algunos de los principales monumentos ibéricos del sur de la Península fueron destruidos a conciencia como muestra de descontento. También sucedió en el centro de Europa.

Investigador científico, Incipit-CSIC
Pocas cosas suenan tan modernas como “revolución”. De hecho, es precisamente una revolución -la francesa- la que da origen a la Edad Contemporánea tal y como la suele definir habitualmente la historiografía, es decir, el período que va desde 1789 hasta la actualidad. Detrás de una revolución existe siempre un deseo consciente de transformar radicalmente el orden político y social, lo que implica necesariamente un programa de cambio. Quizá por eso parece difícil creer que existieran revoluciones propiamente dichas antes del siglo XVIII.
Por eso se han tendido a minusvalorar las revoluciones que no encajan en el modelo burgués, comunista o anarquista. Motines, insurrecciones, rebeliones: cualquier término parece más adecuado para referirse a ellas. Así, la revolución más importante que tuvo lugar en Europa antes de 1789, la del campesinado alemán en 1524-1525, ha recibido el nombre de revuelta o de guerra, pese a su carácter rompedor con el orden establecido. El historiador inglés E. P. Thompson fue de los primeros en defender, hace más de medio siglo, que detrás de los motines supuestamente espontáneos había prácticas e ideas políticas bien desarrolladas.
Y es que soñar sociedades distintas no es una prerrogativa del mundo contemporáneo ni de las vanguardias de ningún partido. Se podría afirmar que el deseo por un orden más justo nació en el mismo momento en que se impuso un orden injusto. Y si esto es así, entonces estamos hablando no de una tradición revolucionaria de 250 años, sino de 6.000. El superventas de David Graeber y David Wengrow, El Amanecer de Todo (2021, publicado en 2026 por Ariel en España), ha contribuido a popularizar la idea de que muchas sociedades en el pasado imaginaron y pusieron en práctica órdenes sociales más libres. Pero los arqueólogos lo sabíamos desde hacía tiempo. De hecho, las huellas de la revolución prehistórica están por todas partes —bastante más cerca de lo que creemos—.
Pensemos en la estatuaria ibérica. Todo el mundo conoce, al menos, la Dama de Elche. Es el ejemplo más acabado de una tradición escultórica que se desarrolló entre el siglo VII y II a.C. y que dejó algunas de las obras de arte más bellas de la prehistoria europea. La mayoría de las estatuas han llegado hasta nuestros días rotas (la propia Dama) o, más bien, hechas añicos. ¿Los estragos del tiempo? No exactamente. O no solo.
Como suele suceder con el arte premoderno, el objetivo de buena parte de las estatuas ibéricas no era el deleite estético, sino la legitimación política. Los conjuntos escultóricos más espectaculares, de hecho, suelen contar una historia: la de las elites gobernantes convertidas en seres míticos y que se encargan de mantener el orden del cosmos. Es lo que sucede en el mausoleo de Pozo Moro (Albacete), donde el aristócrata enterrado se identifica con Hércules (nada menos), o el conjunto de Cerrillo Blanco en Porcuna (Jaén), donde aparecen guerreros luchando contra grifos y leones. La sociedad ibérica entre los siglos VII y V a.C. estaba fuertemente jerarquizada: había una clase noble en cada comunidad que acumulaba poder y riqueza. Se ve claramente en sus tumbas, en las que se depositaron objetos de lujo tanto locales como del Mediterráneo oriental.
Pero había una parte importante de la sociedad que no estaba muy de acuerdo con el orden de las cosas -con esa ostentación y esa desigualdad manifiestas- y decidió hacer algo al respecto. Aunque nos faltan los textos que expliquen lo que sucedió exactamente, el registro arqueológico ofrece pistas interesantes: entre fines del siglo V e inicios del siglo IV, algunos de los principales monumentos ibéricos del sur de la Península fueron destruidos a conciencia. En el caso de Porcuna, no solo se trocearon las esculturas, sino que se desfiguró el rostro de personas y animales o directamente los decapitaron. Todo el conjunto fue posteriormente sepultado. En Pozo Moro, después de desmantelar el mausoleo, levantaron un cementerio encima.
De acuerdo, ¿pero por qué una revolución social? ¿No puede ser religiosa? ¿O unas élites enfrentadas a otras? Podría, pero hay un detalle revelador: y es que los cementerios que surgieron tras la devastación de los santuarios y mausoleos reflejan un mundo más igualitario. Hay más gente con derecho a enterrarse y los ajuares funerarios nos hablan de menores diferencias sociales.
En una de las tumbas de Grafenbühl (Alemania) machacaron a hachazos un valioso trípode de bronce griego. El objetivo no era apropiarse de objetos valiosos, sino destruir símbolos de poder.
La revolución en el mundo ibérico no es un caso aislado. A 1.500 kilómetros de distancia, en el centro de Europa, poco antes de que colapsasen las aristocracias ibéricas sucede lo mismo con las de Hallstatt, una cultura de la Edad del Hierro fechada entre el siglo VIII y el V a.C. y que ocupó un amplio territorio entre el este de Francia y Hungría. En este caso también se mutilan estatuas, pero además se prende fuego a las ciudades donde vivían las elites y se expolian los túmulos de los señores. En ellos se acumulaban objetos de lujo extraordinarios -como la crátera de bronce de Vix (Francia), de más de 200 kilogramos, que hubo que transportar desde el Mediterráneo al interior de la Borgoña-. El caso del expolio de los monumentos funerarios es particularmente ilustrativo, porque claramente no se hizo (o no solo) con vistas al robo: en algunos casos destruyeron a conciencia las ofrendas funerarias. En una de las tumbas de Grafenbühl (Alemania) machacaron a hachazos un valioso trípode de bronce griego. El objetivo no era apropiarse de objetos valiosos, sino destruir símbolos de poder. También en este caso, el mundo que surgió de las cenizas fue más igualitario y democrático, sin los excesos que habían caracterizado al anterior. Las ciudades de la élite dejaron paso a un paisaje disperso de pequeñas aldeas. A los túmulos de los príncipes hallstáticos los sustituyeron tumbas más modestas. Y desaparecieron las costosas importaciones mediterráneas.
En el caso de Porcuna, no solo se trocearon las esculturas, sino que se desfiguró el rostro de personas y animales o directamente los decapitaron.
Existen elementos comunes a ambas revoluciones: no solo la lucha contra la desigualdad, sino el rechazo a los símbolos exóticos de prestigio. Las clases dominantes ibéricas y las de Hallstatt se diferenciaban del resto de la población por su conocimiento de las culturas del Mediterráneo oriental y por su capacidad de adquirir objetos de lujo procedentes de lugares remotos. En ambos casos, el nuevo mundo que surgió fue bien distinto desde un punto de vista cultural y político. La mayor igualdad que lo caracterizó indica que la destrucción del orden establecido no fue mero nihilismo o puro afán de venganza: se hizo con un programa político en mente. Un programa político que se puso en práctica tras la expulsión de las aristocracias que acaparaban poder y riqueza y que funcionó durante varios siglos.
Puede que la Edad del Hierro nos parezca una época excesivamente remota y sus culturas demasiado extrañas para que tengan nada que contar de nuestro presente. Pero hay más de un punto en común con el mundo contemporáneo: a inicios de la Edad del Hierro, como ahora, unas élites decidieron tomar el camino de la desigualdad extrema y de la ostentación. Acabaron viviendo en una realidad aparte y creyéndose distintos del resto de la humanidad -tan distintos que se hicieron emparentar con dioses y héroes-.
En un mundo en el que el cambio radical parece una quimera, las sociedades prehistóricas nos recuerdan que a lo largo de los siglos muchas revoluciones triunfaron y dieron lugar a sistemas más justos.



Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.