Gran Hermano Revolution

Por Henrique Mariño
Redactor de Culturas y Memoria
-Actualizado a
La Puerta del Sol como inserción croma donde las pancartas publicitarias habían sustituido las fachadas en obras. Un marco donde los turistas eran inmortalizados. Un lugar de paso donde sortear a mimos, loteras, carteristas, músicos, guiris, vendo oro, chaperos y Bob Esponjas y Hello Kitties recién salidos del sótano de El club de la lucha. Un set mediático, publicitario, político, reivindicativo y evangélico, donde los protestantes que anunciaban el fin del mundo cedieron el testigo a los protestantes que aventuraban que otro mundo era posible.
Sucedió el 15-M de 2011, cuando el kilómetro cero se convirtió en el gran plató televisivo. De las campanadas a las acampadas. De una plaza centrípeta a una cámara centrífuga, que proyectó la imagen de la revolución en los salones y en las salitas de las dos Españas. "¡Esta es la verdadera realidad!", proclamaban los micrófonos de IndignadosTV: "¡No cambies de canal!". Y, sin tiempo para la publicidad ni para ir al baño, los espectadores adiestraron las vejigas durante el streaming 24 horas de una revuelta calma y burocrática, con tantas comisiones como manifestantes, quienes hasta hicieron apología del amor y se encomendaron a la producción minifundista de cebollas, precedente de la siembra autogestora de tomates en balcones y terrazas. Si la insurrección era esto, la realidad era otra: una telerrealidad amotinada, quijotesca y destejada que competía con la mocedad exhibicionista y edredona de Guadalix de la Sierra.
O, si acaso, una realidad paralela o alternativa que desembocaría en la transversalidad, un concepto político consistente en subir a toda leche por la calle Carretas y, al llegar a la plaza de Jacinto Benavente, no distinguir entre la izquierda y la derecha para –creyendo obsoleto el viraje– darse un hostiazo contra la estatua del barrendero, que algunos creían de bronce cuando en telerrealidad era un mimo.