Sáhara OccidentalHacer turismo en un país ocupado: Dajla, ciudad de vacaciones y bajo represión marroquí
La ciudad, perteneciente al Sáhara Occidental pero ocupada militarmente por la dictadura de Marruecos, aspira a ser un destino turístico para europeos a pesar de la represión contra los ciudadanos saharauis.

Dajla (Sáhara Occidental)--Actualizado a
Un avión de Ryanair repleto de turistas aterriza en una península diminuta que se aleja unos kilómetros del continente africano. El aeroplano tiene que hacer un giro de 180 grados para ubicarse en línea con el aeropuerto, construido en mitad de la ciudad. De ahí bajan estudiantes universitarios de vacaciones y un puñado de parejas que, reconocen, hace dos semanas no sabían de la existencia del lugar. Pero a 16 euros el vuelo, la precariedad juvenil convierte el desconocimiento en una oportunidad.
Esa península ahora se llama Dajla, pero fue bautizada como Villa Cisneros durante las décadas bajo la colonización española. Es un lugar de resorts, de pulpo y marisco y de surf; también de represión saharaui y de desaparición de activistas. Su naturaleza geográfica solo dibuja una salida del territorio y está controlada por el Ejército marroquí, que ocupa el Sáhara Occidental y vigila cada movimiento en la ciudad.
Dajla es desde hace años un emplazamiento paradisíaco para el turista francés y Marruecos quiere repetir la fórmula con España. La dictadura quiere usar el territorio ocupado para construir un lugar de descanso como Benidorm con tintes del exotismo seña de identidad de Jordania. Los folletos de los hoteles ofrecen espectáculos en las dunas del desierto, surf en el oleaje que produce el choque de mareas de la bahía, hay paseos en camello y las recepcionistas negocian descuentos para el turista. Las palizas en comisaría, los secuestros, la vigilancia, las desapariciones de activistas y la segregación de la población saharaui se mantienen en un decoroso silencio.
Los saharauis desaparecidos
Pero en las profundidades de Dajla aparecen los testimonios más salvajes: “Mi hermano lleva desaparecido dos años, debe estar muerto”, narra a Público un joven saharaui frente a una mezquita construida por Franco para aliviar la fe de esos musulmanes que fueron españoles hasta que el Gobierno se desentendió del territorio.
Ya en una casa, el joven saca la bandera de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) como quien muestra una bomba a segundos de estallar. Enaltecer el pendón saharaui está prohibido por Marruecos y es el mayor gesto de rebeldía contra la opresión. El triángulo rojo junto a la tricolor negra, blanca y verde quedan colgadas en la clandestinidad del hogar. Grafitear la bandera en las paredes de la ciudad está penado con cárcel, oficialmente, y palizas, extraoficialmente.
En Marruecos, como en la Argentina de Videla o la Chile de Pinochet, la gente no muere asesinada, se desvanece. "La dictadura le culpó de haber participado en un robo en la mansión del rey Mohammed VI porque le encontraron un billete marcado, un absurdo. Aquí nunca te detienen por ser activista saharaui, se buscan otra excusa", resume en uno de los testimonios obtenidos por Público en su viaje al territorio ocupado. Su padre fue camionero, tenía la nacionalidad española y viajaba con libertad por Europa, pero en el transcurso de estos 50 años se perdieron sus derechos.
En el Sáhara militarizado por Marruecos, como en la Argentina de Videla o la Chile de Pinochet, la gente no muere asesinada, desaparece
Sergio García Torres, miembro de CEAS, llegó a la ciudad en el primer vuelo entre Madrid y Dajla en una expedición que acabó con su expulsión junto a Público: "El régimen marroquí pretende convertir el territorio ocupado en un apartheid turístico. Esta situación, que hemos presenciado con nuestros propios ojos, no solo vulnera los derechos humanos del pueblo saharaui, sino que también infringe los dictámenes de Naciones Unidas", relata.
Naciones Unidas dictaminó que la explotación económica de un territorio pendiente de descolonización debe contar con la participación de la población autóctona y de su legítimo representante, que en este caso es el Frente Polisario. Pero Marruecos tiene sus propios planes. Ya se pueden atisbar en sus costas los esqueletos de futuros hoteles y construye puertos en la costa de Dajla para recibir los pesqueros que explotan aguas que no les pertenecen.
Los planes de Marruecos
La ciudad entera es un proyecto a futuro. Los taxistas esquivan conos y rotondas en obras porque, según relatan, la carretera principal que cruza la península se va a convertir en una autopista de cuatro carriles. Por el día, la ciudad duerme a la espera de que el calor ofrezca algo de tregua. En pleno enero, los turistas caminan en manga corta y los abrigos se quedan en los hoteles. Los pocos restaurantes abiertos ofrecen mesas con vistas al mar que dan la espalda a la ciudad y a las detenciones ilegales de los saharauis. Por las noches, la ciudad ofrece su cara más auténtica y parecida a otras ciudades musulmanas: los locales abren, los mercadillos infinitos de segunda mano inundan las calles y la oscuridad tapa los desperfectos. A las afueras de la ciudad, la carretera que une los resorts con el centro tiene entre medias un descampado eterno que solo interrumpe una fortaleza militar. La muralla se expande de forma imponente hasta convertirse en un desproporcionado y vasto campamento.
"Hace varios años que advertimos de la utilización por parte de Marruecos del turismo como herramienta para consolidar y legitimar la ocupación del Sahara Occidental. Es una estrategia trazada desde hace una década aproximadamente, pero cuya ejecución se ha hecho más patente en los últimos años. No es la única, ya que también entraría el greenwashing, el fomento de las inversiones en los territorios ocupados del Sahara Occidental o la apropiación cultural. Todo ello se enmarca en una estrategia global de intentar conseguir por los hechos lo que el derecho les niega", arguye Abdulah Arabi, representante del Frente Polisario en España, el órgano legitimado para hablar en nombre del pueblo saharaui en esta disputa con Marruecos.
El diablo está en los detalles y en las habitaciones de los hoteles de Dajla reposan libros sobre la historia de Marruecos. En ellos, las melfas saharauis y el dialecto hassaní se presentan como variantes de su cultura. Cualquier curioso bienintencionado se irá de allí con la sensación de que todo lo que suena a Sáhara es marroquí. La República Árabe Saharaui Democrática (RASD) o el Sáhara Occidental se tapan con más fuerza que las torturas policiales a sus activistas.
En mitad de la zona turística, cerca al bar de turistas por excelencia, el Samarkanda, un español afincado temporalmente en Dajla comenta la vida en la península y baja la voz hasta la ultratumba cuando menciona las palabras prohibidas: "Algún saharaui queda por aquí, los veo manifestándose enfrente del puerto que construye mi empresa y dicen que esta tierra les pertenece", asegura con brevedad, para no meterse en problemas. El hombre, canario y con una hija en Tenerife, trabaja en la construcción y pasa largas temporadas en Dajla en la construcción de puertos que Marruecos levanta por toda la costa. Poco importa lo que diga la ONU, poco importa lo que diga la Unión Europea, poco importa lo que diga España, que no dice nada.



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