La avidez de Trump por controlar Ormuz se topa con la estrategia iraní de desgastar lentamente a EEUU
La crisis de Irán evidencia el fracaso hegemonista de Trump, forjado sobre el pillaje y sometido a una carrera a contrarreloj con fecha límite en los comicios de noviembre.

Al presidente Donald Trump se le acaba el tiempo, con las elecciones parciales de noviembre a la vuelta de la esquina, una guerra sin visos de conclusión y la imposibilidad de doblegar a un régimen, el iraní, que no está dispuesto a supeditarse a los planes hegemónicos de Estados Unidos en el Golfo Pérsico. Unos planes forjados sobre la injerencia política y el pillaje económico, que repiten las incoherentes pautas de presión desplegadas en la cruzada arancelaria de Trump de 2025, que ya pusieron la estabilidad económica mundial al borde del abismo.
El memorando de entendimiento firmado el 17 de junio con Irán ya es agua de borrajas. Trump ha implantado de nuevo el cerco naval sobre Irán y redoblado los bombardeos con la intención de romper la resistencia del país persa, obligarle a abrir el estrecho de Ormuz (el arma más eficaz de la que dispone Teherán para sostener el pulso de Washington) y dejar claro a todo el mundo que el control de esta vía de navegación clave para el tráfico mundial de hidrocarburos tiene que depender de EEUU.
Los actos de piratería de Trump
Esta semana, Trump mostró tales intenciones cuando afirmó que Washington tomaría el control del estrecho e impondría unos peajes (ilegales) del 20% sobre las cargas trasegadas a través del paso de Ormuz. Ante el rechazo de la ONU y los aliados árabes del Golfo Pérsico, y las advertencias en los propios EEUU sobre una decisión cercana a la piratería, como denunció el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, el líder estadounidense tuvo que dar marcha atrás y volver a la presión de las bombas y el bloqueo marítimo, ejercida sobre Teherán desde que Washington y sus aliados israelíes desencadenaran el 28 de febrero esta guerra contra el régimen islámico.
La imposición de ese chantaje con el cobro de cuotas forzadas sobre el precio de la carga transportada por los mercantes que naveguen por Ormuz no solo violaría el derecho marítimo internacional. Tal decisión habría desdicho de plano a toda la Administración Trump, donde, desde el secretario de Estado, Marco Rubio, y el titular de la Secretaría de Guerra, Pete Hegseth, hasta el vicepresidente, JD Vance, se había denunciado la intención ilegal de Irán de hacer lo mismo.
El amago de Trump ha puesto de manifiesto que gran parte de la narrativa de esta guerra se reduce al control del estrecho de Ormuz. No solo por parte estadounidense. Los ataques iraníes a buques mercantes y petroleros de la última semana intentaban poner coto al tráfico de mercancías puesto en marcha por EEUU por una ruta sureña del paso de Ormuz, al margen de la supervisión iraní y debilitando la capacidad del régimen islámico de usar el cierre del estrecho como arma de guerra.
Trump recula, pero pide compensaciones a sus amigos árabes
En una vuelta de tuerca que repitió su habitual estrategia de chantajear a los aliados de Washington si no tiene éxito la presión sobre sus adversarios, Trump señaló que, si la Casa Blanca no puede sufragar esta contienda con esos peajes cobrados en Ormuz por sus cañoneras, serán sus “amigos” árabes del Golfo Pérsico quienes lo harán, invirtiendo más petrodólares en EEUU.
“No me gusta el concepto de cobrar una tasa, pero, al mismo tiempo, no es justo que protejamos este estrecho para todo el mundo... y que no recibamos ningún tipo de compensación”, dijo Trump en su red Truth Social. Y afirmó que tenía el consenso de sus amigos del Golfo. Según la web Axios, varios países árabes ya han pedido clarificaciones al respecto.
Esta extorsión a los propios aliados recuerda los oscuros días de la guerra de aranceles lanzada por Trump el año pasado, con tarifas descomunales que quiso imponer a todo el mundo, a amigos y a enemigos. Tras negociaciones muy crudas y desafíos abiertos, como el de China, ese movimiento de pieza se saldó con una notable rebaja en las demandas de Washington y una bofetada tremenda para la imagen internacional de EEUU.
El repetido fracaso de Trump en Oriente Medio
Fue un golpe para el prestigio de Washington semejante al que le ha asestado el fracaso estrepitoso en la “asistencia” que Trump prestó a Israel para resolver el problema de Gaza. Este territorio palestino fue víctima del genocidio ordenado por su amigo personal el primer ministro Benjamín Netanyahu, que se ha cobrado más de 73.000 gazatíes asesinados desde octubre de 2023.
La “paz” cacareada por Trump simplemente ha entregado el destino de estos palestinos y de los de Cisjordania a los carniceros de Netanyahu, y ha supuesto la práctica ocupación por las tropas judías de un 70% de la Franja. Los delirios de Trump de convertir ese territorio en un resort turístico del Mediterráneo oriental libre de palestinos simplemente han dejado manos libres al supremacismo israelí y su política de limpieza étnica.
El segundo frente en la guerra de Irán abierto por Netanyahu en el Líbano, supuestamente para desarmar a las fuerzas proiraníes de las milicias libanesas de Hizbulá, pero en realidad destinado a ampliar la ocupación judía en el país vecino, ha demostrado de forma palpable quién manda en Oriente Medio y en la política exterior de la Casa Blanca: Israel y sus lobbies en EEUU.
El bumerán de una guerra sin sentido
La guerra de Irán ha sido el mayor de los errores de lo que va de presidencia de Trump, al desestabilizar los mercados de la energía internacionales, demostrar la incapacidad de EEUU para derrotar rápidamente a un enemigo inferior militarmente y al evidenciar que es el ansia económica la bandera de la política exterior estadounidense. Una avidez que, aunque enriquece a las grandes corporaciones petroleras y armamentísticas de los amigos de Trump, en realidad está dañando gravemente al ciudadano estadounidense, asfixiado por la inflación desencadenada por la guerra.
Y el 3 de noviembre se celebrarán en EEUU las elecciones de medio término destinadas a renovar toda la Cámara de Representantes y parte del Senado. Las perspectivas no son buenas para Trump y son muchos quienes esperan alguna añagaza política del líder republicano en torno a esos comicios, donde, sin duda, se reflejarán las condiciones negativas derivadas de la guerra así como la incapacidad del presidente estadounidense para finiquitarla sin más daños para el propio EEUU, económicos y militares.
El vaciado de los arsenales estadounidenses en bombardeos sin sentido y poco efectivos sobre Irán ha puesto contra las cuerdas a la maquinaria bélica del Pentágono y sus acciones en otras zonas del planeta, y eso lo saben bien los iraníes. Estos, en sus respuestas quirúrgicas con muchos menos drones y misiles contra las bases de EEUU en Oriente Medio y, sobre todo, con los ataques a los países árabes del Golfo, aliados de Washington, han sido capaces de poner en jaque a la región y la política exterior de la Casa Blanca en la zona.
A las oleadas de bombardeos estadounidenses masivos en plazas militares y civiles de Abu Musa, Bandar Abbas, Bampur, Bushehr, Chabahar, Hormozgán, Jask, Kish, Konarak y Omidiyeh, es decir, por todo el país, Irán ha respondido atacando con muchos menos medios los intereses de EEUU en Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán e incluso Jordania.
Por eso la ira de Trump se está dejando sentir con toda su intensidad estos días, con insensateces como ese intento de convertirse en el “guardián” del estrecho de Ormuz con derecho a cobro, o la furia desplegada contra la población iraní, con decenas de muertos en los citados bombardeos.
Este mortífero saldo se dispararía si Israel interviniera de nuevo en los ataques a Irán. El ejército israelí combate a los aliados de Irán en el Líbano, pero en las últimas semanas se ha frenado la ofensiva judía hacia el norte. Cualquier ataque sobre Irán escalaría la contienda con Hizbulá y justificaría ante la opinión pública israelí una mayor presión hacia el centro del Líbano, con nuevos desplazamientos forzados de la población.
Con las elecciones israelíes fijadas para el próximo mes de octubre, no es seguro que la intensificación de la guerra del Líbano, con un enemigo tan correoso como Hizbulá, conllevaría una victoria rápida de Israel. Más bien todo lo contrario. Netanyahu quiere tener la carta de la guerra entre sus mejores opciones, pero siempre y cuando el conflicto no quede fuera de control, y con Trump de aliado todo es posible.
El mayor problema de Trump en Oriente Medio es que está repitiendo los errores de Administraciones estadounidenses anteriores en Irak, Libia y sobre todo Afganistán, todos ellos cometidos por la evidente carencia de conocimientos reales sobre las regiones donde se produjo la reiterada injerencia de Washington. El peor de tales desaguisados fue Afganistán: la invasión de este país tras los ataques de Al Qaida a las Torres Gemelas y el Pentágono en septiembre de 2001, acabó con la vergonzosa retirada de Kabul en agosto de 2021. A muchos les recordó el fracaso en Vietnam en 1973.
El riesgo altísimo de extensión de la guerra
Con Irán podría suceder lo mismo, si EEUU insistiera ahora, tras el colapso del memorando de entendimiento, en la vía militar contra un país que sería mucho más difícil de doblegar que el Irak de Sadam Huseín en 2003, y que no está aislado en la región, pues tiene aliados por todo Oriente Medio, desde Hizbulá en el Líbano a los hutíes de Yemen, que ya están amenazando con llevar la guerra al estrecho de Bab el Mandeb y cerrar así el mar Rojo a la navegación.
De momento, los recientes ataques de los rebeldes hutíes a Arabia Saudí este lunes, con drones y misiles contra el aeropuerto de Abha (en respuesta al ataque previo de los saudíes contra Saná, la capital de Yemen, para impedir el aterrizaje de un avión iraní), plantean la posibilidad de un nuevo frente en la guerra de Irán.
Un 70% del petróleo saudí, que tuvo que eludir estos meses atrás su despacho por el estrecho de Ormuz, fue enviado al puerto de Yanbu, en el mar Rojo. Por el estrecho de Bab el Mandeb circulan actualmente 7,4 millones de barriles diarios, es decir, un 7% del crudo mundial. Si, al extenderse geográficamente la guerra de Irán, este volumen se sumara al colapso del 20% que era enviado desde el Golfo Pérsico al resto del planeta, el desastre sería mayúsculo.
Todo ello sin contar los planes que empiezan a barajarse de nuevo para llevar la guerra por tierra a Irán. La toma de islas iraníes en el Golfo Pérsico y sobre todo en el estrecho de Ormuz requeriría un cuantioso despliegue militar estadounidense. Capturar las islas iraníes podría ser asequible al ejército estadounidense. Mantenerlas bajo su control sería otra cuestión, una cuestión incluso de años y de muchas pérdidas humanas para los invasores. E Irán no necesitaría siquiera recuperarlas inmediatamente. Sería mejor convertirlas en mataderos de soldados estadounidenses.
Ese paso militar sentenciaría el futuro político de Trump. Todo Oriente Medio estaría así en guerra abierta por su empecinamiento en escuchar a Netanyahu y su obstinación como oligarca a la caza de botines supuestamente fáciles. Pero si algo nos dice la historia de la política exterior estadounidense, es que todo camino aparentemente trillado para el intervencionismo de Washington acaba convirtiéndose en un desastre, más tarde o más temprano.


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