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El bloqueo iraní dispara la drogadicción en Kurdistán y los Barzani la 'curan' a golpes

El 90% de la heroína del planeta se produce en Afganistán y buena parte de ella se procesa en Irán.

Adicto persa al opio, en la ciudad iraní de Urmia, la 'Medellín' del caballo de Oriente Medio. ÍÑIGO ÚRIZ JAURRIETA.
Adicto persa al opio, en la ciudad iraní de Urmia, la 'Medellín' del caballo de Oriente Medio. ÍÑIGO ÚRIZ JAURRIETA.

"A mi amigo Mohsen le encontraron un par de piedras de hachís en los bolsillos, pero el otro y yo no fumamos ni tabaco". El que habla es un barbero de Teherán de poco más de veinte años que buscó alivio a sus problemas, como tantos, huyendo en 2019 al Kurdistán cuando Donald Trump tumbó el pacto nuclear con los ayatolás y el bloqueo económico estrechó aún más la soga en torno al cuello de los iraníes. Le abordaron dos agentes de la Seguridad del Régimen kurdo el pasado verano mientras brujuleaba junto a un par de emigrantes también iraníes por Ainkawa, la barriada hipster y cristiana de Erbil (Kurdistán de Irak). El barbero durmió ese mismo día en el penal de la Asayish Gishti, un antiguo centro de detención de diseño americano donde el aparato policial de la dictadura tribal de los Barzani hacina a sus reclusos como a bestias.

También sus dos colegas acabaron en la trena, encerrados sine die; sin proceso ni abogados, al albur de la buena voluntad del carcelero. Tres por el precio de uno; por el precio de unos gramos. A su amigo el fumeta le golpearon a las puertas de la celda. "Bienvenido". Con los iraníes entró también un nepalí. Pasaba por allí y tenía cara de sospechoso de algo.

Hay que estar muy desesperado para buscar fortuna en un lugar del que casi todos quieren irse. Y los persas lo están, lo que explica también que se haya incrementado el flujo de heroína y otras drogas que penetran en Irak desde Irán. Cuanto más faltos de aliento y de esperanza, menos tienen que perder escondiendo dos kilos de caballo en una caja de herramientas o bajo los asientos de un Toyota. El 90% de la heroína del planeta se produce en Afganistán y buena parte de ella se procesa en Irán, el segundo país del mundo por número de adictos a los opioides. El Gobierno de Teherán ha insinuado que ha tenido que bajar la guardia como consecuencia de las sanciones porque debe desviar recursos antes dedicados a la vigilancia fronteriza.

El 90% de la heroína del planeta se produce en Afganistán y buena parte de ella se procesa en Irán

En los bazares de la ciudad fronteriza de Urmia (provincia persa del Azerbayán occidental), a unos pocos kilómetros de Irak y de Turquía, se reúnen muchos de los grandes traficantes a contar sus ganancias y organizar nuevas operaciones. Huele a vinagre en algunos sótanos del barrio de las Flores donde se procesa la amapola taliban. Es la 'Medellín' de Oriente Medio, el trampolín perfecto para empujar los cargamentos.

Los territorios autónomos kurdos fueron siempre zonas de transición utilizadas por los narcos para mover la mercancía en su camino a Europa y los Estados Unidos. Ahora, además, parte se queda en Kurdistán y en el resto de Irak para alimentar un pujante mercado interior. Un funcionario del Gobierno Regional Kurdo (GRK) cifraba hace ocho meses en 10.000 el número de consumidores de sustancias ilícitas, aunque se da por hecho que ese cálculo es conservador. Kurdos, persas y árabes se drogan y trafican como nunca, lo que justifica que se hable de epidemia. Tan solo durante 2019, las fuerzas de Seguridad del Kurdistán arrestaron a 1.702 personas por delitos, faltas o falsos testimonios relacionados con las drogas.

Las sanciones a Irán son la una de las principales causas del incremento del consumo, pero existen varias más. Ha fortalecido también este negocio la irrupción del ISIS en la arena geopolítica del área, al debilitar los Estados, desestabilizar los países y hacer más permeables las fronteras a los traficantes y los policías, al soborno. La tensión y el dolor provocados por las guerras han creado, por otra parte, una atmósfera emocional muy propicia para empujar a la gente a buscar algún atajo bioquímico que le proporcione alivio. Desde la derrota territorial del Daesh, las Fuerzas Democráticas de Siria de Rojava, por ejemplo, han hallado varias plantaciones de marihuana, ocultas por los agricultores del terruño en los algodonales. En los informes fabricados por los turcos para desprestigiar sin pruebas a los kurdos se sugiere que esta llega hasta Europa a través del Líbano. Es una fantasía inverosímil.

Milicianos de las SDF hallan una plantación de marihuana en un cultivo de la Administración Autónoma del Norte y el Este de Siria.

Las mafias de la droga siempre estuvieron listas para abastecer esos mercados y para crear nuevos nodos de producción e improvisar rutas diferentes por las que hacer correr la droga. Otros países como Marruecos donde no se consumía antaño opioides, ahora están reventados por su propia heroína nacional, la misma que luego fluye hacia España y que compite con la afgana.

A los chiitas de Bagdad que gobiernan Irak del brazo de los iraníes les disgusta escuchar que la juventud sureña de Basora está siendo destruida por las drogas debido, entre otras cosas, a las prohibiciones impuestas sobre la venta y consumo de alcohol. Pero es un hecho.

Cocaína en Kurdistán

En Erbil (Kurdistán de Irak) se puede conseguir actualmente un gramo de cocaína por cien dólares y en Basora se han hallado incluso rudimentarios laboratorios de metanfetamina donde se fabrica cristal -a menudo letal, siempre de mala calidad- a partir de pseudoefedrina. El barrio cristiano de Ainkawa era hace unos pocos años conocido como Las Vegas porque durante algún tiempo se convirtió en la capital del vicio kurdo. Los burdeles competían con las iglesias y la ginebra de garrafa, con el moscatel de misa.

A los asirios de confesión cristiana no les complacía demasiado que su barrio fuera la Gomorra de los malos musulmanes que querían echar un trago o pagar por compartir un rato con rubias europeas 'importadas'. Era el 'hajj' de los fiesteros kurdos, la peregrinación semanal a La Meca del güisqui. Poco después de la ocupación de Mosul por el Daesh y de la espantada humana subsecuente, los semáforos se llenaron de muchachas sirias que ofrecían una noche por cien dólares. A otras las prostituyeron a la fuerza en los campos de refugiados. Ahora en Ainkawa corre también la cocaína y más aún el cristal, por lo asequible.

Tanto Zajo (Kurdistán de Irak) como su contraparte turca de Silopi han sido ya desde hace tiempo jalones obligados en la ruta internacional de la heroína que parte de Afganistán y a través de Irán, Irak y Turquía, extiende sus viscosos tentáculos por el resto del planeta, de modo que el mercado estaba listo ya desde mucho antes para ser abastecido. Necesitaban clientes y los han hallado, y no sólo entre la juventud. A semejanza de lo que ocurre en el vecino Irán, el consumo del opio se ha extendido entre los viejos.

"Buscadme un par de compradores en España y os haré ricos", fanfarronea un obeso ex oficial de la Asayish encarcelado en Erbil. Llegó a presidio con un mono del catorce, pero le pagó unos dólares al jefe de la celda 4 por algo más de espacio junto a la puerta y durante cuatro días, pudo retorcerse más a gusto y levitar por el síndrome de la abstinencia. "Esos imbéciles destrozaron hasta las paredes pero no encontraron ni trazas", repetía tras restablecerse.

Había sido cocinero antes que fraile; funcionario de prisiones antes que interno. Había coincidido, de hecho, con algunos de los reclusos, solo que del lado del bueno de los barrotes. "Lo dejé. Se me hacía cuesta arriba ver cómo golpeaban a los presos. Yo, no. Yo, nunca", decía. "Es que luego no cenaba bien". Y era verdad. A medias. Estuvo también lo de la droga. Tan cierto es que descubrió que podía ganar más trapicheando como que no fue de los peores carceleros. Eso decían los reclusos que conocían su pasado de policía. Por eso le trataban con respeto. Por eso, y porque repartía dinero. Siempre era Navidad al lado del ex policía.

Tras dejar el uniforme, le costó menos de un año construirse algo cercano a una mansión digna de los gerifaltes del Gobierno. O eso contaba él. Quizá no fuera para tanto. Una cosa es verdad: la villa y el todoterreno de 100.000 dólares son casi preceptivos entre los altos funcionarios y la gente de carrera. Todos los kurdos obedientes que han arrimado su sardina al ascua de los Barzani sueñan con aparcar un Escalade junto a la fuente con cascada.

"A veces pillábamos con mierda a los chavales de 'la familia", decía el ex policía corrupto. "Es una gran familia los Barzani: hay docenas de primos y tíos y los allegados de los allegados... y luego estaban los hijos de los ministros y los sobrinos y los primos de los primos". Se refería a los niñatos con dinero de la tribu que aprendieron a drogarse en las tabernas de las universidades europeas o en las reuniones chic de Erbil. Papá pagaba las facturas. "Así que hacíamos una llamada a las familias, nos soltaban unos dólares y venían a llevárselos mientras prometían darles un escarmiento". Exactamente igual que los cachorros impunes de la monarquía saudí que hacen cola los viernes en la frontera de Bahrein para pasar el día en un putero con catálogo de rusas o que organizan 'raves' junto al mar Rojo en las mansiones con enano de jardín de Jeddah.

El delito más común en Kurdistán es hablar demasiado y fuera de turno

A los pobres del Kurdistán, que son legión, les pateaban el trasero antes de arrojarlos en la Asayish Gishti por tener cara de bengalí o por una queja del vecino al que le alcanzaba olor a hierba durante las abluciones de la tarde. El perfilado racial y las detenciones y torturas de extranjeros en situación irregular son moneda común en Kurdistán, como acredita el trasiego de foráneos sin delitos conocidos por sus cárceles. En el argot de la Asayish se les llama 'medidas preventivas'. Pero son solo torturas blanqueadas por un eufemismo.

"Hay dos clases de kurdos", decía el traficante de heroína: "Quienes viven de los favores de los Barzani y quienes les temen como a una enfermedad". En la celda donde el ex oficial de policía cumplía condena por un delito de narcotráfico que la Asayish nunca pudo ni necesitó demostrar había media docena más de oficiales peshmerga –al menos dos, militares de alto rango– acusados de formar parte de redes de venta de estupefacientes. En algunos casos, era cierto. En otros, se lamentaban los inculpados, una coartada para represaliarles por sus crímenes políticos o el resultado de un mal paso. Habían sido tan corruptos como sus amos, pero en algún momento, dieron algún traspiés o contrariaron al líder tribal equivocado. A juzgar por lo que decían, el delito más común en Kurdistán es hablar demasiado y fuera de turno.

Con los del Daesh dormían igualmente dos farmacéuticos y, entre ellos, un cincuentón llorón al que arrestó la Asayish por vender la variante india de un opioide conocido como Tramadol. Él mismo insinuaba que su farmacia era más frecuentada por los yonquis que por los viejecitos achacosos. El 'trama' es la droga de los parias en África y Oriente Medio. Se sabe que algunos oficiales del ejército kurdo repartían pildorazos de 200 miligramos entre la tropa durante la ofensiva de Mosul. Eran buenos para el miedo, para conjurarlo.

En los hospitales de Rojava se prescribían también como rosquillas. No sanaba las extremidades destrozadas por la metralla, pero hacía que la gente se olvidara por un momento de las mutilaciones y la muerte. También los yihadistas del Daesh consumían los fármacos de los infieles. Captagón saudí para subir y Tramadol hindi para bajar. Era lo más parecido a una montaña rusa que había en Raqqa. Y al final del tobogán se producía casi siempre una explosión. Solo había que tirar de una arandela y gritar 'Allahu akbar'.

Cuando se disparó el consumo de sustancias ilícitas en el Kurdistán, los Barzani concibieron un procedimiento tan poco efectivo como sencillo para combatir la drogadicción: organizar razzias policiales y encarcelar de forma indiscriminada a adolescentes consumidores y camellos de poca monta junto a grandes traficantes, presos del Daesh y a criminales con delitos de sangre. Si se han incrementado las detenciones es porque, en parejo, han aumentado también las operaciones policiales sostenidas sobre delaciones y calumnias, que adquieren el valor de prueba en ausencia de garantías legales.

Sus métodos están en plena sintonía con los viejos procedimientos inquisitoriales para la imputación de los delitos. Si se menciona 'Asayish' en Kurdistán la gente suele encogerse de hombros hasta arrugarse en un gesto elocuente que insinúa el temor que infunden los gorilas de la dictadura. Es una policía brutal manejada por Masrour, el hijo de Massoud Barzani, cuyos crímenes han sido inventariados en una docena larga de informes internacionales.

A finales del pasado mes de enero, Kurdistán 24 informaba de una operación policial coordinada por el directorado Anti Narcóticos en cuyo trascurso se habían incautado de 130 kilos de heroína procedente de Irán. Había una parte de la información rigurosamente cierta y otra que inducía a equívocos. El lado contrastable de la crónica era que, en efecto, la Asayish había detenido a tres varones, mayores de edad, en posesión de una cantidad significativa de drogas, en colaboración con una agencia de investigación del régimen conocida como Parastin.

La información, no obstante, se acompañaba de aclaraciones que inducían a pensar que el proceso revestía de garantías legales y era perfectamente equiparable al de una democracia de Occidente. En realidad, todo es un simulacro.
"Y en Irán aún es peor", se consuelan los persas. Si el juez tiene un mal día, se ahorca al encausado.

La mayoría de los presos encarcelados en el Kurdistán –sea cual sea su supuesta falta o delito– no ven jamás a un juez y menos todavía a un abogado; desconocen su condena y las razones por las que han sido encarcelados. Ese era el caso, por ejemplo, de un camello de Zajo confinado en la celda 4 de la Asayish Gishti. "Añadía algunos dólares a mi sueldo de taxista vendiendo metanfetamina. Eso no puedo negarlo. Pero cuando reventaron la puerta de mi casa no encontraron ni un pasti", nos contó.

No era precisamente el Miñanco de su pueblo. Solo trapicheaba. Venta al detall entre una reducida camarilla de paisanos. Un mal menor para la sociedad y el peor enemigo de sí mismo. En la prisión hablaba siempre de escaparse a Alemania. Es lo normal allí. Lo de poner la vida en riesgo para mudarse a Europa es infeccioso.

A finales de verano, el taxista fue transferido a la cárcel de Erbil tras cumplir seis meses de condena. Seguía sin conocer los cargos, ni las pruebas que se habían reunido contra él, si es que en verdad habían reunido alguna prueba. Junto a él, en la misma celda, cumplían una condena de indeterminada duración cuatro de sus clientes: dos niños y dos adolescentes a quienes les vendió algunas pastillas. A fuerza de golpes e intimidaciones, cantaron todos la Traviata.

Los chicos malvivían apretados con otro centenar y medio de reclusos, aunque sus propios compañeros del penal les habían reservado un espacio de privilegio junto al jefe de la celda. Hay humanidad en esa cárcel, pero la ponen los internos. Al menos, la presión de todos esos cuerpos apretados de costado en cincuenta metros cuadrados era ligeramente más liviana.

Esa es la forma más refinada que han concebido los Barzani para rehabilitar a unos consumidores esporádicos cuya edad no superaba los 16 años. En el penal identificamos incluso a un niño de 13, aunque acusado, en este caso, de querer viajar hasta Qandil para unirse a la guerrilla.

Golpes y torturas. Esa es grosso modo la receta. Varios millones de adolescentes españoles serían encarcelados y brutalizados si se adoptara ese criterio, esa absoluta falta de criterios morales y jurídicos del conjunto de decisiones arbitrarias a las que la dictadura kurda, y los propios presos, denominan 'el sistema', una distopía tercermundista muchas veces bendecida por la Prensa. La familia aún vive del viejo crédito que obtuvo cuando acaudillaba la lucha contra Sadam en las montañas. En los Barzanis cabe todo el Kurdistán.

Humans Right Watch ha documentado varios casos de brutalidad con niños en las cárceles y los centros de detención, pero los testimonios semejantes se cuentan por docenas. Incluso en ausencia de malos tratos, ser hacinado en una de las prisiones de la Administración kurda es en sí mismo una tortura debido a sus penosas condiciones. Al menos diez españoles han pasado por allí y sus relatos coinciden no solo en lo esencial, sino también en los detalles.

No existen fotografías de las deplorables instalaciones donde se confina a los presos porque la única organización autorizada a monitorizar la situación en el penal -la Media Luna Roja- trabaja bajo coacción a las órdenes del régimen. Es habitual también ocultar a los reclusos durante sus visitas o moverlos al patio para que no se advierta el modo en que se hacinan. No es preciso explicar a ningún kurdo de Irak qué es lo que sucedería si se enfrentara abiertamente a un régimen al que, por otra parte, patrocinan los países de Occidente. Hace solo unos días, el Gobierno de Alemania renovó su compromiso de seguir entrenando militarmente a los peshmerga.

El mismo día del pasado mes de agosto en que transfirieron al camello de Zajo al penal de Erbil junto a treinta presos del Daesh, ingresaron dos famosos músicos de Erbil, hermanos ambos. Al cantante se le hizo un hueco junto a baño. Al otro lo llevaron a algún lado para propinarle una paliza. Lo trajeron de vuelta desmochado y lo arrojaron como a un costal de harina junto a la puerta de la celda. "Queremos que esto sea un infierno para que no volváis a las andadas", les decían los carceleros a los chicos. Amor duro de los Barzani.