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"Yo soy Charlie, pero no François, Nicolas, Marine..."

Francia celebra este domingo manifestaciones en solidaridad con las víctimas y por la defensa de la libertad tras el ataque yihadista al semanario Charlie Hebdo. El presidente, François Hollande, pide a los ciudadanos vigilancia, unidad y movilización dos meses después de haber aprobado una ley antiterrorista que podría mermar las libertades individuales. Algunos aspectos recuerdan al camino dudosamente democrático recorrido por Estados Unidos tras el 11-S.

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Manifestación en Marsella. BORJA DE MIGUEL

MARSELLA.- Después de los 17 muertos -sin contar a los tres terroristas- y más de una decena de heridos causados por los atentados y secuestros de París y sus alrededores, el presidente francés, François Hollande, compareció el viernes pasado para dar un discurso a la nación. Hollande, tras solidarizarse con las familias de las víctimas, comenzó por "saludar el coraje, la bravura, la eficacia de los gendarmes, de los policías, de todos aquellos que han participado en estas operaciones. Quiero decirles que estamos orgullosos de ellos". El presidente francés se refería al doble asalto que acabó con la vida de Chérif y Said Kouachi en una imprenta de Dammartin-en-Goële y de Amedy Coulibaly en un supermercado Kosher de París. "Lo han hecho para salvar vidas humanas, las de los rehenes; lo han hecho para neutralizar a los terroristas, que habían asesinado".

A partir de ahí su discurso se centró en tres ejes: vigilancia, unidad y movilización. "Francia no ha terminado con las amenazas de las que es objetivo", advirtió Hollande. En cuanto al primero de los puntos, el presidente francés señaló que "corresponde inicialmente al Estado demostrar vigilancia", y recordó que, junto con su primer ministro, Manuel Valls, ya ha reforzado las medidas para proteger los espacios públicos del país. La unidad sería, según él, la "mejor arma", una muestra de "determinación de luchar contra todo lo que nos pueda dividir". La movilización, más allá de servir para "responder a los ataques mediante la fuerza", debería llevar a una solidaridad que aporte toda la eficacia a "un pueblo libre que no cede a ninguna presión, que no tiene miedo, porque llevamos un ideal que es más grande que nosotros y que somos capaces de defender en todas partes donde la paz está amenazada".

La sociedad francesa está realmente afectada tras el ataque al semanario Charlie Hebdo y sus secuelas. Tanto ciudadanos de izquierdas como de derechas -e incluso los despolitizados- han visto en estos atentados un ataque directo a los valores esenciales franceses que han traspasado la línea de lo permisible. Por ello, desde el mismo miércoles de los hechos tuvieron lugar concentraciones espontáneas en todo el país que se repiten este fin de semana. Hay quienes han comparado estos atentados con los del 11-S para Estados Unidos. La metáfora podría tener más paralelismos de los que a primera vista podría parecer.

Decenas de miles de personas manifestándose en Marsella. /BORJA DE MIGUEL

Además de ofrecer discursos breves -cuatro minutos y medio de George W. Bush frente a los cinco de Hollande-, entre sentidos y amenazadores -destacando ambos la fuerza de sus cuerpos de seguridad-, los dos presidentes coincidieron en la necesidad de combatir el terrorismo con todas las herramientas posibles. Si Hollande habló el viernes de "vigilancia" y de la defensa del ideal francés en "todas partes donde la paz está amenazada", Bush avisaba en 2001 de que "nuestra prioridad es ayudar a aquéllos que han sido heridos y tomar todas las precauciones para proteger a nuestros ciudadanos en sus hogares y en todo el mundo de futuros ataques". Si Hollande pide hoy "unidad", Bush decía entonces que "América y nuestros amigos y aliados se unen a todos aquéllos que quieren paz y seguridad en el mundo y permanecemos juntos para ganar la guerra contra el terrorismo".

Analizando lo que ha ocurrido en el mundo después de aquel discurso de Bush, aparte de las guerras de Afganistán e Irak, vemos que lo que se ha implantado es una mayor tolerancia social a la intromisión -e incluso a los abusos- en las libertades individuales por parte de los Estados en pos de una supuesta lucha contra la amenaza terrorista. Nuevas legislaciones han permitido, entre otras medidas, la instalación de cámaras de videovigilancia en lugares públicos, chequeos exhaustivos en los aeropuertos y limitaciones a los equipaje de mano, e incluso escuchas telefónicas y rastreos por la red que se han propagado desde su origen estadounidense por todo el planeta. A nivel militar, centros de detención clandestinos, 'vuelos fantasma' y abusos a civiles en las zonas de guerra han disfrutado, si no de total impunidad, al menos de cierta condescendencia gracias a esta guerra abierta contra el yihaidismo. Sin embargo, como Europa acaba de testificar, el mundo hoy no es un lugar más seguro que entonces.

Siguiendo la senda estadounidense, Francia aprobó el pasado noviembre su nueva ley antiterrorista. El texto -con el apoyo del PS y el UMP, la abstención de los ecologistas y el FN, el rechazo de los comunistas y las críticas de Human Rights Watch- permite la confiscación del pasaporte y el carnet de identidad a aquellos sospechosos de realizar "desplazamientos al extranjero con el objetivo de participar en actividades terroristas". Más ambiguamente aún, la ley deja un hueco a la prohibición de entrada a europeos y sus familiares cuya "presencia en Francia constituiría, por razón de su comportamiento personal, desde el punto de vista del orden o la seguridad pública, una amenaza real, actual y suficientemente grave a un interés fundamental de la sociedad". Algunas organizaciones ya temen que este apartado se utilice para frenar la llegada de inmigrantes rumanos en el país. La ley también facilita el bloqueo de páginas web que puedan provocar actos terroristas o hagan una apología del terrorismo. El problema en todos estos casos está en hasta qué punto se pueden y deben limitar las libertades individuales -de movimiento, de expresión- para impedir unos delitos que todavía no se han cometido.

 

Christine Lazerges, presidenta de la Comisión Nacional Consultativa de Derechos del Hombre de Francia, explicaba sus dudas en una entrevista en 'Le Monde' meses antes de que se aprobara la ley. "Ante todo hay una atentado contra la libertad de ir y venir. Lo que me molesta mucho es que no se prevé ninguna garantía judicial antes de que la prohibición administrativa sea pronunciada. No hay ninguna intervención del juez, que es el garante de los derechos fundamentales". Aún más, recordaba que “hay que ser siempre muy desconfiado respecto a las medidas llamadas 'preventivas', incluso las 'proporcionadas'. Sin garantía judicial, ocurren en seguida atentados a las libertades individuales.” En cuanto a los procesos de radicalización -mediante viajes o consultas en internet- que trata de evitar la nueva ley, Lazerges apuntaba que "en materia penal, desde que se sancionan actos preparatorios, sean colectivos o individuales, nos salimos del principio de legalidad. Porque, en principio, no hay tentativa castigable sin que haya propiamente un comienzo de ejecución".

Todas estas cuestiones, y posiblemente otras nuevas que podrían surgir si se endurecen más las leyes en pos de la seguridad, resuenan y seguirán resonando en los próximos meses en Francia. Casi visionariamente, Lazerges lanzaba otra advertencia en la entrevista en 'Le Monde': "Constato, además, que estos proyectos de ley, y este último no es una excepción, vienen muy rápidamente después de un suceso dramático. Por eso no deseo que se beneficie de un procedimiento acelerado. Siguiendo el procedimiento ordinario, que dura alrededor de un año, el debate está menos perturbado por una emoción legítima. Los tiempos de emoción no favorecen una legislación reflexionada profundamente". Más contundentemente aún, resumía: "Seamos claros, este texto no revoluciona la lucha contra el terrorismo. Responde a una emoción. ¿Pero debemos responder a una emoción, aunque sea legítima, con una ley de esta naturaleza?".

En cualquier caso, este fin de semana Francia parece más unida que nunca, a pesar de que una parte de su ciudadanía ya se preocupa de que los partidos políticos se estén apropiando de las manifestaciones de solidaridad convocadas tras los atentados. A la concentración de hoy domingo han sido invitadas todas las siglas excepto las del FN, por considerarse no suficientemente republicanas en sus valores. Paradójicamente, este desplante de Hollande -que no quiere favorecer un lavado de cara de la extrema derecha de Marine Le Pen- va en contra de su petición de unidad ya que excluye a la formación líder en intención de voto según las últimas encuestas, con más del 25% de apoyo popular. Por otro lado, quienes sí acudirán hoy a París son algunos líderes europeos como Angela Merkel o Mariano Rajoy. ¿Puede significar esto un apoyo no sólo moral a los ciudadanos sino también velado a las nuevas medidas legales que Francia acaba de implantar contra el terrorismo y que ellos también desearían adoptar, bien sea a través de leyes nacionales o europeas, en su territorio?

François Hollande tienen razón cuando pide a sus ciudadanos que sean vigilantes tras los atentados a Charlie Hebdo, pero habría que añadir que lo sean no sólo ante la amenaza terrorista. Los franceses, y los europeos en general, deberíamos volvernos más vigilantes frente a nuestros gobiernos para que las medidas que se lleguen a adoptar supuestamente por nuestra seguridad en esta guerra declarada al yihaidismo no terminen mermando injustamente nuestras libertades. Más vigilantes ante unas leyes que podrían facilitar la vida a los gendarmes y policías -a quienes tan emotivamente elogió Hollande en sus palabras del viernes- más que a la gente que, como Charlie Hebdo -a quienes sólo mencionó una vez en su discurso y en tono informativo-, lucha por la defensa de las libertades. Ejemplos del peligro de esta navaja de doble filo hay de sobra después de septiembre de 2001 y los nuevos poderes que se otorgaron al gobierno estadounidense con la aprobación de su 'Ley Patriótica'.