Trump avanza una nueva directriz para "proteger la plegaria en las escuelas"
El presidente asegura que existe un “sesgo anticristiano” a pesar de que hay estados del país dónde se ha impuesto la Biblia en las aulas.

Antònia Crespí
Washington DC--Actualizado a
La agenda religiosa de Donald Trump avanza posiciones a la sombra de su guerra cultural en las escuelas. En la tierra arrasada por la censura de libros promovida por lobbies conservadores, el presidente estadounidense ahora quiere sembrar la religión cristiana. Trump ha anunciado este lunes que va a instruir una nueva directriz "para proteger la plegaria en las escuelas”. "Nuestros estudiantes están siendo adoctrinados con propaganda antirreligiosa", ha dicho el republicano durante la Comisión de Libertad Religiosa de la Casa Blanca. Y ha añadido que, para combatirlo, "el departamento de Educación sacará una nueva directriz para proteger el derecho a la plegaria en las escuelas".
En su intervención, Trump ha lamentado que en las escuelas ya no se enseñe la Biblia y que, en su lugar, los estudiantes están siendo obligados a leer libros "con mensajes sobre ideología de género radical que es contraria a sus creencias religiosas". El presidente se acoge a una supuesta defensa de la libertad religiosa, que en realidad solo está enfocada en la fe cristiana. En su programa electoral, el republicano ya avanzaba que uno de sus objetivos sería garantizar la "libertad de plegaria" en las escuelas, concretamente "rezar y leer la Biblia".
En el acto celebrado en el Museo de la Biblia en Washington, también estaba presente Hannah Allen, una estudiante de Texas que en 2018 quiso realizar una plegaria abierta durante la hora del almuerzo y no se le permitió debido a que violaba la libertad religiosa de los demás alumnos. Trump la ha citado como inspiración para esta nueva directriz. Una vez más, como ha pasado con la censura de los libros, el argumento al que ha recurrido el presidente para defender la cruzada religiosa en las escuelas es el de "apoyar los derechos de los padres".
Trump pretende reabrir el viejo debate de la libertad religiosa en las escuelas de Estados Unidos. En teoría, la Constitución establece que se puede enseñar religión, pero con fines instructivos e históricos, y siempre respetando las creencias religiosas del personal y los estudiantes. Hay bastantes sentencias a lo largo del siglo XX que muestran esta tensión: en el 1962 el Supremo ya dictó que una escuela de Nueva York no podía exigir que cada día se hiciera una plegaria. En el 1963 otra sentencia tiró abajo una ley de Pensilvania que quería hacer obligatorio recitar versos bíblicos y el padre nuestro. A la vez, rezar sí está permitido en los colegios y de hecho sería anticonstitucional prohibir a un alumno que rece.
Cómo Trump logrará aplicar su directriz está por ver: primero, porque gran parte de la competencia de educación no recae en el departamento, sino en los estados; y segundo, porque hay precedentes judiciales de anteriores sentencias del Supremo sobre esta cuestión. Aunque puede que el presidente esté volviendo a aplicar la misma táctica que ha usado en tantas otras batallas: ejecutar acciones que desafíen los límites legales de su poder para poder terminar en el Supremo con la esperanza de que dicte una sentencia favorable a sus intereses.
Las críticas de Trump respecto a la desaparición de la Biblia chocan con la realidad de algunos estados, como Oklahoma, que el pasado mes de noviembre anunció el retorno del libro religioso a las aulas. En Luisiana, el año pasado se anunció la obligatoriedad de que en todas las clases de los colegios hubiera colgados los 10 mandamientos. Pero aun así, Trump insiste en que hay "un sesgo anticristiano". De hecho, las primeras semanas después de volver a la Casa Blanca, el mandatario firmó una orden ejecutiva en la que creaba un grupo de trabajo dentro del Departamento de Justicia para que persiga el supuesto "sesgo anticristiano".
La misión de este grupo es revisar las actividades de todos los departamentos y agencias de la Administración del expresidente Joe Biden e identificar cualquier política o práctica "anticristiana" contraria al propósito de la actual directiva. El grupo de trabajo tiene una duración de dos años, según el documento, y debe contar con la participación de altos funcionarios de diversas agencias gubernamentales. En total, debe presentar tres informes al inicio, a la mitad y al final del período.
Si Trump ya ha usado el antisemitismo como una herramienta para perseguir cualquier voz crítica con la guerra de Gaza, el supuesto sesgo anticristiano apunta maneras de ser una forma de acallar todo aquello relacionado con el feminismo y la defensa de los derechos LGTBIQ+.
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