Trump no logra doblegar a Rusia en Ucrania ni a China en la batalla por la hegemonía económica
Trump ha fracasado en la pacificación de Ucrania, ha consolidado a Putin ante la ninguneada Europa y ha reforzado a China como gran rival global de EEUU.

Madrid-
El presidente estadounidense, Donald Trump, firmó en este año de Gobierno, desde que asumió su cargo el 20 de enero de 2025, más órdenes ejecutivas que en todo su primer mandato, entre 2017 y 2021. Muchos de esos decretos tuvieron que ver con el ámbito internacional, donde su estrategia ha apuntado a forjar la hegemonía mundial de Estados Unidos. Al menos teóricamente. Trump ha puesto patas arriba el tablero de la seguridad del planeta y roto muchos de los paradigmas del viejo orden mundial, pero, en realidad, no ha logrado doblegar a los dos contrincantes de Washington más poderosos. Al contrario, los ha hecho más fuertes e incluso los ha acercado mucho más, de tal forma que ya empiezan a ser vistos por otros países como una alternativa al caos introducido por la Casa Blanca en las relaciones internacionales.
Moscú y Pekín resisten mientras el mundo se tambalea
Rusia y China han plantado cara a Trump y su estrategia de "hacer América más grande" a cualquier precio. Ni rusos ni chinos han agachado la cerviz ante las presiones de Trump y, al contrario, le plantean para el resto de su mandato un complicado desafío.
En el caso de Rusia, con una guerra pendiente, la de Ucrania, que Trump prometió finiquitar, sin éxito alguno, y en el de China con la amenaza de otro conflicto, en Taiwán, y con un peso en la economía mundial igual o superior al estadounidense y que la Casa Blanca trata de someter, con aranceles y arrebatándole sus fuentes de hidrocarburos, igualmente sin éxito.
En otras regiones del planeta el efecto de la política exterior del presidente estadounidense ha sido demoledor. Por ejemplo en Oriente Medio, donde Israel ha instaurado con la bendición de Washington su terror militar desde Gaza a Siria, pasando por el Líbano y con un riesgo de guerra total con Irán muy alto. O como en Latinoamérica, donde la intervención en Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, ha tirado la primera pieza de un dominó que podría tener consecuencias muy serias en países como México o Colombia.
Esta cascada de fichas por obra y gracia del capricho geopolítico de Trump en América Latina puede llevar incluso al hundimiento de Cuba, asfixiada por el corte del petróleo venezolano, cuyo control es la razón primordial del intervencionismo estadounidense. Si México, también amenazado, o Rusia, supeditada a las sanciones internacionales para el suministro de su crudo, no ayudan a Cuba con combustible, el destino de la isla estará sellado. Y las presiones de la Casa Blanca intentarán que esto suceda.
Europa no se libró de los golpes de Trump. La cruzada arancelaria desatada por el mandatario en todo el mundo demolió la confianza europea en los nuevos Estados Unidos de Trump y puso de rodillas al viejo continente ante el que creía su aliado incondicional, obligando a humillantes negociaciones.
La presión de EEUU sobre Europa se ejerció también en el ámbito de la seguridad, obligando a los países europeos a comprometer hasta un 5% de su PIB en gastos de defensa, sobre todo para aliviar la carga estadounidense a la hora de sostener la OTAN. El resultado ha sido que, aunque ese 5% queda aún lejos de la mayor parte de los miembros de la Alianza, sí se ha llegado al 2% y se ha promovido una carrera armamentística en Europa cuyos beneficiarios principales son los fabricantes estadounidenses de armas.
La jugada no acaba ahí. Con su presión para anexionar Groenlandia a EEUU, Trump ha puesto contra las cuerdas a la OTAN, de forma que en Europa, por ejemplo en la propia Dinamarca y en Polonia, dos de los principales aliados de Washington en la organización, ya se habla directamente de una amenaza directa a la supervivencia del bloque militar.
China aparece como un socio menos peligroso
En otro de los miembros más fuertes de la OTAN, Canadá, que también quería anexionarse Trump al principio de su mandato, la debacle que ha desencadenado el líder estadounidense ya ha tenido unas consecuencias cuyo alcance real se verá pronto. Canadá firmó el 16 de enero un pacto comercial con China, con rebaja de aranceles incluida, que lanza un desafío directo a la estrategia económica de Trump.
El pacto redibuja en la arena internacional la imagen de Pekín, demonizado hasta la saciedad en Occidente por EEUU y sus acólitos en Bruselas por su supuesto respaldo a Rusia en la guerra de Ucrania y sus agresivas estrategias comerciales. Ahora, en medio de los desestabilizadores bandazos que está dando Trump en los ámbitos de la seguridad, el comercio y el suministro de crudo y gas, China aparece como un socio menos peligroso.
Lo indicó el viernes el propio primer ministro canadiense, Mark Carney, en Pekín, donde firmó el acuerdo junto al presidente chino, Xi Jinping: en estos momentos "China es un socio más predecible que Estados Unidos".
Por eso tiene incluso más importancia en este pacto el apartado dedicado a la cooperación en materia de energía, con un incremento notable de las exportaciones canadienses de petróleo a China y el aumento de las inversiones chinas en tecnologías renovables en Canadá, así como una mayor colaboración en agricultura y medio ambiente.
Sobre las exportaciones petroleras canadienses a China, el acuerdo es un disparo bajo la línea de flotación a la estrategia de Trump para restringir las adquisiciones de crudo por parte de las empresas chinas. Estrategia de la que forman parte las injerencias en Venezuela, cuyas mayores partidas de petróleo iban hacia China, y las amenazas bélicas a Irán, el principal abastecedor de crudo del gigante asiático.
Taiwán, un iceberg para EEUU en el mar de China
Es de prever una reacción airada por parte de Trump ante esta situación. Una de las respuestas podría ser la multiplicación de las presiones estadounidenses sobre China en el ámbito geopolítico, especialmente en torno a Taiwán, el mayor escollo en materia de seguridad que existe entre Washington y Pekín.
Aunque no la ha reconocido como Estado, Washington es el mayor valedor internacional de Taiwán, la isla (antigua Formosa) donde, al terminar la guerra civil china que ganaron las fuerzas comunistas en 1949, se refugió el contingente del líder nacionalista Chiang Kai Shek. En Taiwán, los nacionalistas chinos forjaron una autonomía de facto y pronto EEUU la eligió como la punta de lanza de su confrontación con Pekín, que considera la isla como parte indisociable de China.
Pekín ha señalado en numerosas ocasiones que podría utilizar la fuerza para lograr esa reunificación con Taiwán. Washington sigue siendo el mayor vendedor de armas a Taiwán y no descarta un choque militar con China para defender la isla.
A fines de diciembre pasado, la tensión volvió a dispararse entre EEUU y China en torno a Taiwán. El Ministerio de Defensa chino acusó a Washington de avanzar sin frenos "hacia una peligrosa situación de guerra" en el estrecho de Taiwán. Por esas fechas, Trump había firmado la Ley de Autorización de Defensa Nacional de EEUU para el año fiscal 2026, que contempla un aumento de las ventas de armas a Taipéi.
En octubre pasado, China y EEUU firmaron una tregua comercial en el ámbito de las tasas comerciales, tras el fracasado intento de Trump de hundir la economía china con aranceles. Pero es una paz muy endeble, pues aparece supeditada a los vaivenes de Trump. Un ataque masivo estadounidense a Irán impactaría de lleno en la frágil entente económica entre China y EEUU.
Los pasos que está dando Trump en otras zonas, como el Ártico, también están repercutiendo en las relaciones entre EEUU y China, a la que el mandatario estadounidense acusa, al igual que a Rusia, de pretender apoderarse de Groenlandia. Trump reclama la anexión de la isla danesa por cuestiones de seguridad estratégica y comercial. China no tiene ninguna pretensión territorial sobre Groenlandia, pero sí exige que no se la excluya de la explotación del Ártico, especialmente de las rutas marítimas y comerciales que se están abriendo por el norte de Rusia, entre el océano Pacífico y el Atlántico.
Trump reforzó la alianza sino-rusa
La alianza entre Rusia y China da una evidente ventaja a estos países ante EEUU. Y las presiones que está ejerciendo Trump sobre Pekín han apretado los lazos sino-rusos en este primer año de su mandato. También en el ámbito militar, pues sea o no cierta la transferencia a Rusia de tecnologías chinas de doble uso, civil y militar, lo cierto es que el incremento de las compras de petróleo y gas rusos por parte de Pekín han ayudado, y mucho, a sostener la economía de guerra del Kremlin.
Fracaso en Ucrania
Con el caso de Rusia, la estrategia desplegada por Trump no ha tenido mucho éxito. Ya antes de asumir la presidencia, el líder republicano prometió que acabaría con la guerra de Ucrania "en 24 horas". Lo volvió a reiterar al jurar su cargo. Después, amplió ese plazo a cien días; se reunió, por separado, con los presidentes de Rusia, Vladímir Putin, y Ucrania, Volodímir Zelenski; nombró enviados especiales a Kiev y Moscú para buscar un armisticio o al menos una tregua; impuso más sanciones a Rusia; acosó y humilló al líder ucraniano, mientras mostraba unos días simpatía y otro hastío por el jefe de Estado ruso… Pero nada de nada.
Trump no solo no ha parado la guerra de Ucrania, sino que ha fortalecido las tesis de Putin y las ha hecho inamovibles en lo que se refiere a la conservación e incluso ampliación de las conquistas territoriales rusas. Estas aumentan poco a poco y día a día, especialmente en el Donbás, un área del este ucraniano integrado por las regiones de Donetsk y Lugansk, y en su mayor parte conquistada por el ejército ruso.
Putin reclama, para sentarse a negociar, todo el Donbás y varias franjas de seguridad en el norte de Ucrania, en Járkov y Sumi, además de que se acepten sus anexiones en las regiones sureñas de Zaporiyia y Jersón, así como el reconocimiento de la rusicidad de la península de Crimea, anexionada en 2014. Con todo este territorio bajo la bota rusa, si Zelenski se sentara a negociar con Putin posiblemente perdería una quinta parte de Ucrania. Trump ya ha señalado en diversas ocasiones que eso será lo que ocurrirá.
El mayor impacto que ha tenido el primer año de mandato de Trump en la guerra ha sido el fin del suministro continuo estadounidense de armamento al ejército de Kiev. Siguen llegando partidas, pero pagadas por los aliados europeos de Ucrania, para regocijo de la industria armamentística estadounidense y del propio Trump.
Pero la guerra continúa en Ucrania y no tiene visos de concluir, al menos en los próximos meses. Las presiones de Trump sobre Rusia no tienen efecto y las amenazas de tomar Groenlandia han quitado visibilidad al conflicto ucraniano. Moscú atiende a esta crisis ártica con mucha atención, no porque vaya a ser un punto de fractura mayor con EEUU, sino porque podría poner en peligro la misma existencia de la OTAN.
Con Trump en el poder, Rusia ha perdido buena parte de su influencia en Siria y podría verse desplazada de Irán. Pero las perspectivas en otros escenarios, como Ucrania o la confrontación con Europa, han mejorado y no sería extraño algún tipo de pacto con EEUU en torno al Ártico en el que, de nuevo, los perjudicados serían los europeos.

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