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Energía nuclear Faltan mujeres en las mesas de desarme nuclear

La 'London Royal Society' considera que los investigadores sobre proliferación nuclear y negociadores en mesas de desarme, conformados mayoritariamente por hombres, son propensos a dibujar escenarios catastróficos que generan más opciones de propiciar ataques.

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Modelos de un misiles nucleares en el Museo de la Guerra de Corea en Seúl. REUTERS

Casi tres décadas después del final de la Guerra Fría, consignada el 11 de septiembre de 1989, fecha de la Caída del Muro de Berlín, el inicio de un conflicto nuclear continúa siendo la mayor de las amenazas específicas sobre la seguridad global.

EEUU, Rusia, China, Francia, Reino Unido, India, Israel -pese a sus reticencias en reconocer su estatus-, Pakistán y Corea del Norte son las nueve potencias nucleares declaradas oficialmente por disponer de armamento atómico en sus estructuras militares; es decir, en sus ejércitos. Aunque países como Irán, Libia o Siria, ahora o en un pasado más o menos reciente, han mostrado cierta actividad nuclear, de una u otra índole, militar o civil, en varias ocasiones.

En total, el consenso internacional acepta que esas naciones disponen de un arsenal atómico de cerca de 15.000 cabezas nucleares. Pese a que el empleo de una de ellas ocasionaría cientos de miles de muertes en segundos, la escalada nuclear entre las principales potencias.

Rusia y EEUU han elevado de forma considerable su grado de agresividad dialéctica y los niveles de preocupación global sobre un desencadenamiento de hostilidades a raíz de la salida de la Casa Blanca de varios tratados de no proliferación; como el que mantenía bajo control las armas de alcance medio.

"Cuando la sociedad civil entra en deliberaciones entre paz o guerra, la probabilidad de que triunfen acuerdos aumenta en un 64% si se rebaja el exceso de confianza", dice la London Royal Society

La seguridad mundial depende de los acuerdos de estabilidad nuclear. De la solidez de sus reglas de distensión. En este complejo entramado geoestratégico, el de los tratados que buscan sellar y perpetuar la paz atómica, como en todos, existen palomas y halcones. Pero, sobre todo, es un mundo dominado por hombres y propensos, en ocasiones, a facilitar el apocalipsis.

Un estudio de Royal Society revela el notable espacio que los centros de investigación y las delegaciones de negociadores nucleares dejan a la negligencia. Por lo que piden una solución inminente y rápida: elegir mujeres en este terreno tan sensible a los errores.

Su investigación muestra una ausencia palmaria de representación femenina; también en este campo, dominado por un clima en el que priman los excesos de confianza a la hora de calibrar los hipotéticos escenarios de colisión. Una tendencia que conduce con mayor predisposición y diligencia a la toma de decisiones favorables a las hostilidades.

En su informe, y a partir de conversaciones entre negociadores diplomáticos, se constata la mayor propensión a la pacificación en la búsqueda de consensos y compromisos de este tipo en grupos de discusión con cuota femenina. "Cuando la sociedad civil entra en este tipo de deliberaciones, y si en ellos están enrolados movimientos de mujeres, la probabilidad de que los acuerdos alcancen el éxito aumenta en un 64%", arguye la London Royal Society.

¿Una cuestión de testosterona?

Desde su punto de vista, "este exceso de confianza se ha instalado entre científicos, políticos e historiadores en varios episodios del pasado que acabaron en guerra". El origen de esta manera de plantear asuntos conflictivos es "difícil de interpretar" -dicen los científicos de esta sociedad londinense nacida en 1600-, aunque los últimos estudios empíricos demuestran que quienes se adhieren a esta ilusión positiva muestran una tendencia psicológica al "optimismo exagerado" que, en el pasado, ha servido para acabar con adversidades, resolver conflictos inminentes o acabar con opositores.

En la actualidad, sin embargo, este comportamiento podría contribuir a provocar guerras, porque se ha instalado un objetivo de promover el dominio del rival, de tomar una actitud sin callejones de salida en las negociaciones. "Hasta la fecha, no hay estudios que hayan logrado vincular este juego experimental que mezcla guerra, género y testosterona" tal y como admite la Royal Society. Aunque sus investigadores sí ven cuatro parámetros que anticipan esa conexión.

El hongo formado por la explosión de Ivy Mike, la primera bomba de hidrógeno, en octubre de 1952. REUTERS

Por un lado, los negociadores y analistas tienen un superávit de confianza en que sus expectativas tendrán éxito. Por otro, que esta predeterminación positiva les lleva a esbozar escenarios más proclives a los ataques. En tercer lugar, que quienes se decantan por alternativas beligerantes son mayoritariamente hombres. Y, finalmente, que la testosterona es un factor que eleva la autoestima, factor clave para ahondar en esas expectativas de éxito.

Con independencia del género y de otros factores específicos que distinguen el comportamiento de hombres y de mujeres, admite la Royal Society antes de concluir que su investigación teórica que demuestra el nexo de unión entre sobre-confianza y guerra.

Las mujeres representan casi la tercera parte de los delegados de las conversaciones mundiales sobre armas nucleares que, en los últimos años, con la renovada carrera armamentística, se han acostumbrado a debatir en un ambiente de tensión. Porque sólo el 30% de los participantes en estos foros consigue cambiar dinámicas y potenciar escenarios más propensos a la paz.

En la Conferencia para la Revisión del Tratado de No Proliferación (en 2015), 33 países confeccionaron sus delegaciones oficiales sin ningún delegado o asesor femenino. Incluidos Irán, Irak, Egipto, Libia o Siria, estados con armamento atómico o pretensión de tenerlo.

Cada vez más alejadas de la paridad

Entre los negociadores, en cambio, no parecen tener esa percepción. El think tank New America ha realizado un sondeo entre 23 altos representantes EEUU sobre sus experiencias en el ámbito nuclear y se rechaza abiertamente la idea de que las mujeres sean más palomas y los hombres, halcones, o que la participación femenina en las discusiones y su colaboración en términos de innovación de ideas y defensa de intereses pacifistas no sea valorada. Las mujeres, de hecho, han jugado un papel determinante en la seguridad nuclear.

La cuota femenina estadounidense en foros de negociación sobre desarme y nuclearización está lejos del 20% 

Desde la década de los cincuenta, cuando ya había un 20% de ellas en el staff de la CIA. Sin embargo, su porción de poder en el ámbito nuclear se ha contenido. Entre 1970 y 2019, sólo 11 de las 68 personas con altos cargos de asuntos nucleares en el Departamento de Estado americano, eran mujeres. Escenario que se ensombrece en otras instituciones claves del desarrollo atómico del país. Sólo 5 mujeres de 36 en el Departamento de Energía, otras 5, de 63, en el de Defensa; y 2, de 21, en el Consejo de Seguridad Nacional.

En un artículo en Inkstick, Matt Korda, su autor, hizo viral un comentario de su escrito: "Las organizaciones de política nuclear son demasiado blancas, muy dominadas por los hombres, excesivamente elitistas y tremendamente resistentes a modificar planteamientos rancios o a aceptar el reconocimiento de personas que proceden de estratos socioeconómicos distintos".

En el ámbito de los centros de investigación la brecha de género también es evidente. Una nota publicada por Women in International Security en 2018 destacaba que el 78% de los investigadores y el 73% de representantes de think-tanks de Defensa asentados en Washington eran hombres.

Nancy Parrish, directora ejecutiva de Women Action for New Directions y líder del movimiento US No First Use, que pretende devolver al Congreso la autorización, en manos del presidente de EEUU desde los atentados del 11-S para activar ataques aéreos y nucleares en conflictos que pongan en riesgo la seguridad nacional, explicaba en Foreign Policy que las mujeres se enfrentan a innumerables barreras en este terreno.

Pese a que "su estatus en la toma de decisiones de estos foros e instituciones de pensamiento revele que sus diagnósticos reúnen mayor capacidad de éxito, porque sus previsiones acaban siendo más acordes con la realidad internacional, y sus soluciones, más proclives a perseguir reductos de paz".

Un asistente militar estadounidense, con los maletines que contienen los códigos de lanzamiento para armas nucleares, que lleva el presidente Donald Trump. REUTERS

Uno de los escenarios donde se juega la dinámica nuclear en estos momentos es en el Congreso americano. Los planes de Donald Trump persiguen expandir el poder atómico americano pese a la oposición de la Cámara de Representantes, presidida por Nancy Pelosi, quien critica a la Casa Blanca por crear riesgos innecesarios para la paz mundial. En particular, por añadir nuevas armas tácticas al arsenal nuclear que pueden ser utilizadas en guerras convencionales.

Un debate que subirá enteros en las próximas semanas, cuando se discutan los fondos presupuestarios que se desembolsarán para Defensa. En un momento clave, en el que Rusia, China y otras potencias como Irán o Corea del Norte, Pakistán, Arabia Saudí o India, rearman sus Ejércitos. Y porque la Administración Trump, que ha sacado en los últimos meses a EEUU de los tratados de no proliferación, considera seriamente acabar con el control de armas que ha estado vigente en los últimos 30 años por la amenaza de Rusia.

La pregunta determinante que ronda el Capitolio es doble y de enjundia: ¿si los potenciales adversarios de EEUU empiezan a cuestionar realmente el dominio nuclear americano y si ese escenario traerá un mundo más seguro con la capacidad disuasoria de Washington, o precisará más arsenal para contener las ínfulas armamentísticas de China o Rusia, principalmente?

Sensibilidad femenina para parar la nuclearización

Barack Obama inició la modernización del Ejército estadounidense y, en concreto, de sus armas nucleares. El Congreso, en 2017, valoró el programa militar demócrata en 1,2 billones de dólares en los próximos 30 años. Pero todo cambió con la llegada de Trump al Despacho Oval.

Su idea de "expandir más rápidamente y con mayor contundencia el poder nuclear" norteamericano se ha impuesto. A razón de 500.000 millones de dólares por década. Un 23% más que la factura de Obama. De ellos, 17.000 millones estarían destinados a la nueva táctica nuclear, la fabricación de armas atómicas de corto alcance y al aumento de la producción de plutonio enriquecido con el que abastecer al conjunto del arsenal americano. Pero la dialéctica de la amenaza y los dibujos de guerra vuelven a inundar las salas de máquinas de la Casa Blanca y del Congreso.

La visión femenina será determinante para contener la expansión armamentística de la Administración Trump desde el Congreso 

En busca de una nueva geoestrategia nuclear. Y en medio de graves amenazas bélicas. Por ejemplo, la que señala el inmenso desarrollo de misiles de medio alcance rusos en los últimos dos años, como respuesta a la decisión de Washington de abandonar acuerdos nucleares claves. O la declaración oficial del régimen de Pekín avanzando un substancial incremento de la capacidad atómica de China para mantenerse asilada del boom armamentístico de rusos y americanos y obtener más poder disuasorio.

La visión menos apocalíptica del género femenino trasciende del ámbito militar. Es también más positivista y práctico en otros terrenos, como el de la lucha contra el cambio climático, donde la energía nuclear para uso civil también ocupa parte del debate estadounidense. Donde un rápido estudio de evaluación de las centrales atómicas en EEUU tras el accidente de Fukushima, con el sello de la Comisión Regulatoria Nuclear del país, concluyó que un altercado de características similares a la de la planta japonesa podría ocurrir en territorio americano.

La energía nuclear registró un récord de 807,1 millones de MWh el pasado año, el 19% de la demanda eléctrica total del país

Llevaba la firma de Gregory Jaczko, su entonces presidente, que ahora lamenta la displicencia de su sucesor en el cargo ante una amenaza de tales dimensiones. Por la manida tesis de Trump y su gobierno de no combatir el cambio climático. Pero también por razones de seguridad nuclear. Porque desde la irrupción de Trump -dice Jaczko- se ha relajado el nivel de requerimientos a los propietarios de las centrales nucleares para que instauren medidas preventivas, lo que ha aumentado la cota de riesgo de accidente y, por tanto, de contaminación.

La energía nuclear registró un récord de 807,1 millones de MWh el pasado año, el 19% de la demanda eléctrica total del país y porción que supera a la totalidad de las fuentes renovables en el mix energético estadounidense.

Jaczko recuerda que 54 plantas nucleares de EEUU no fueron diseñadas para contener un potencial accidente de las dimensiones del de Fukushima, mientras que en nueve de cada diez se detectaron algún tipo de anomalía estructural que debía repararse con urgencia. Los expertos hablan de nuevo del afán desregulador de Trump, una filosofía muy instaurada en los círculos de influencia nuclear, lobbies con vitola de exitosos y dominados de forma abrumadora por representantes e investigadores masculinos.