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Español asesinado en Filipinas Los amigos del gallego asesinado por la policía filipina quieren que se investigue al novio de Miss Universo

Migz es descrito como un niñato violento que padece de celos enfermizos y que prohibió a su novia Rachel que visitara el local de Diego Bello. Medio año antes de su muerte, se presentó en “la Santa” y amenazó con arrojar su cadáver a los manglares. Tras acceder al cargo de gobernador, se vio implicado en el caso de asesinato de cuatro mineros.

Diego Bello
Izquierda, el policía Vicente Panuelos. En el centro, Migz Villafuerte. Parte superior derecha, Migz y su novia, Miss Filipinas. Bajo ellos, la víctima gallega, Diego Bello. Ferran Barber / Archivo

Los allegados del gallego asesinado a sangre fría por la policía filipina el pasado 8 de enero en la isla de Siargao no se conformarán con que se exija a las autoridades de Manila que investiguen y depuren las responsabilidades individuales de los autores directos del crimen. Desean que el Gobierno de Madrid también presione al Ejecutivo de Rodrigo Duterte para que vaya más allá y esclarezca y castigue a los políticos y funcionarios que podrían haber instigado la brutal ejecución extrajudicial de Diego Bello, un surfista coruñés que había conseguido levantar en apenas tres años varios prósperos negocios en la ciudad de General Luna (Siargao,Filipinas). "Tan manchadas de sangre se hallan las manos de quienes tiraron del gatillo como las de los prebostes que concibieron y financiaron el homicidio", sostienen.

Hace algo más de un mes, una comisión de Asuntos Exteriores del Congreso español decidió por unanimidad solicitar a los filipinos que promuevan una investigación imparcial sobre la identidad de los delincuentes. No es habitual que los diputados de todos los grupos parlamentarios apoyen en bloque una proposición de ley (a la que no se aceptaron enmiendas), pero en este caso hay sobre la mesa elementos que consolidan la idea de que fue un montaje burdo que trataba de presentar un crimen atroz efectuado a quemarropa como un acto de defensa propia.

Su ejecución lleva el característico marchamo de barbarie de los escuadrones de la muerte apadrinados por Duterte. Los secuaces del viejo han sembrado de cadáveres todo el país con la intención de limpiarlo de narcóticos y erradicar como a bacterias a los drogodependientes. Lo que en primer lugar merece el muerto es que se despejen las dudas acerca de su posible implicación en una red de tráfico de cocaína y se restituya su imagen de joven sano, honesto y deportista. Nadie entre los amigos del gallego pone en entredicho que su asesinato despiadado se ha intentado encubrir mediante una opaca pantalla de mentiras con la ayuda de un siniestro policía llamado Vicente Panuelos.

Esa hipótesis es respaldada por un demoledor informe elaborado por una organización filipina de Derechos Humanos. Las pesquisas efectuadas por los investigadores de esa comisión independiente desmontaron con testimonios de testigos, pruebas de balística y rigurosos datos forenses la ficción del agente o agentes que le descerrajaron seis balazos cuando se disponía a entrar a su vivienda de la población de General Luna, de regreso del trabajo, mientras su novia Jinnah le aguardaba con su hija en el interior de casa.

A los amigos de la víctima no les consta que Exteriores haya comenzado ya a presionar a Filipinas para que se identifique a los ejecutores y a los instigadores del asesinato, pero han improvisado ya su propia lista de "personas de interés" o, en otras palabras, un inventario de la gente que, a su juicio, se debería investigar de forma preferente. Existe una abrumadora cantidad de datos y todos insinúan que los sicarios policiales que mataron al español lo hicieron a instancias de uno o varios altos funcionarios del Gobierno filipino. "Solo se hará justicia si esos gerifaltes se sitúan en el centro de la investigación que Exteriores va a solicitar", dicen los amigos del emprendedor, aun a sabiendas de que reclamar justicia en las espeluznantes islas Filipinas de Duterte es un brindis retórico al sol. Si no se logra una condena, les consolaría que se les exponga ante la opinión pública de su país como los criminales que presuntamente son.

Malcriado y violento

Su principal "persona de interés" es Miguel Luis Reyes Villafuerte, gobernador de Camarines Sur, más conocido como Migz. Vincular a Bello con el tráfico de drogas sin proporcionar ninguna prueba es, en opinión de su familia, una cortina de humo ad hoc para ocultar motivos mucho más espúreos y tal vez, al mismo tiempo, mucho más absurdos e irracionales de lo que alguien pudiera interpretar a primera vista, atendiendo a la cartesiana concepción del mundo de un europeo. Y entre las verdaderas razones con las que sus amigos especulan existe una que lidera la lista de sus suspicacias: la probada enemistad personal de Diego con Villafuerte y con su novia, una ex candidata filipina a Miss Universo llamada Rachel Peters. ¿Fue Bello la víctima de un niñato malcriado e inmaduro, arrogante, prepotente, impulsivo, poderoso y emparentado con una dinastía de políticos muy cercana al sátrapa Duterte? Ni la familia ni los amigos de Diego desean que se descarte tal extremo.

Se sabe, por ejemplo, que Migz se presentó con su pareja y un guardaespaldas a la una de la madrugada de un día de agosto de 2019 en La Santa, uno de los negocios que Bello regentaba en Siargao junto a otro español llamado Arturo, para amenazar de muerte a nuestros compatriotas. El coruñés se hallaba en aquel momento ingresado con dengue en un hospital de Manila, así que fue Arturo quien habló con Migz.

El gobernador de Camarines y su monumental pareja venían supuestamente a quejarse del volumen de la música que, según decían, producía su negocio. ¿Pero en verdad se trataba solo de eso? El tono fue cordial por un segundo, pero adquirió enseguida un carácter agresivo que delató la visceralidad de Villafuerte. "¿No sabes quién soy yo? No sabes lo que puedo hacer con vosotros, chicos. Sois tres, ¿no es cierto? ¿Dónde están los otros dos? Puedo dispararos, haceros desaparecer y arrojar [vuestros cadáveres] al manglar", le espetó Migz Villafuerte al socio de Bello, según consta en el informe de la Comisión filipina de Derechos Humanos. Ni Diego ni Arturo denunciaron nunca la amenaza de muerte a la policía, aunque informaron de los hechos al responsable del barangay (barrio o distrito), Ruel Oraliza, a quien tenían por amigo.

Amenazar de muerte a alguien de un modo tan creíble en presencia de testigos por el ruido que produce un club resultaría algo inaudito en Occidente. Más todavía, si quien profiere las amenazas es el gobernador de una isla perteneciente a un clan de políticastros corruptos muy cercano al presidente del Ejecutivo. Sobre los Villafuerte se proyecta la sombra de otros asesinatos anteriores e innumerables corruptelas y arbitrariedades. Bienvenidos a las Filipinas del homicida Rodrigo Duterte.

Celos patológicos

¿Tiene Migz por costumbre amenazar de muerte a los dueños de locales ruidosos? ¿Qué es lo que en realidad enemistó al joven gobernador de Camarines Sur con el surfista gallego? "Lo primero que hay que saber es que, en contra de lo que sugirieron varios rumores posteriores, Diego nunca tuvo un lío con la novia de Migz Villafuerte", dice Pedro Moreno (Sabadell, 41 años), uno de los amigos más cercanos con quienes convivía el coruñés. "Eso es cien por cien falso", apostilla. "Ni siquiera flirtearon de manera inocente. Nunca. Y yo lo sé todo de él. Tenía incluso sus contraseñas de Facebook. Me lo contaba todo y he repasado mil veces en mi cabeza lo ocurrido sin alcanzar a entenderlo". 

Claro que el hecho de que Diego Bello —un surfista bien parecido, de aguda perspicacia para los negocios e indisimuladamente mujeriego— no hubiera tenido un affaire con la novia de Migz no significa necesariamente que este no tuviera motivos para recelar o para alimentar alguna forma irracional de celos de pareja, complejos raciales o envidia descarnada del éxito de los españoles. A Moreno y a Rebeca Díaz —otra amiga gallega para quien Diego no tenía secretos—, les consta que el gobernador de Camarines Sur le había prohibido de manera explícita a su novia visitar el club de los españoles. Por los isleños sabe que Migz es un niño de papá, controlador e inseguro, a pesar de sus músculos abdominales y del poder que ejerce en su taifa de Luzón. A nadie le sorprende que un personaje así sea el gobernador de un territorio porque el país entero se halla secuestrado por una élite de malhechores igual de pérfidos. Sus cargos se transmiten e intercambian como los de una estirpe de jeques tribales a la asiática.

"Arturo, Jinnah —la novia de Diego— y yo tenemos una teoría", dice Pedro Moreno. "Estamos convencidos de que nos tenían enfilados a todos, pero a Diego mucho más. Imagina que acabas de llegar a un lugar pequeño como ese, y en poco tiempo pones a andar dos o tres negocios y todo te va bien. Resulta que además Diego andaba con una y con otra. Y al final se junta un poco todo y se terminan suscitando envidias. La novia de Villafuerte tenía un local frente a la Santa y decía que le molestaba el ruido. Lo que probablemente le irritaba Migz es que hubiera tres españoles triunfando frente al negocio de Rachel. Ella había venido a tomarse algo a nuestro club un par de veces. Rachel vivía en la isla, pero Migz pasaba casi todo el tiempo en Camarines Sur, que está a varios cientos de kilómetros. Nunca hablé directamente con él pero teníamos conocidos comunes y nos decían que es un celoso patológico. A saber qué pasó por su cabeza".

Después del incidente de las amenazas, la propia Rachel Peters anduvo recogiendo firmas de vecinos de los aledaños para protestar por el ruido del local. Se dice que su novio escribió al presidente para informar de que Diego y sus amigos operaban un ruidoso negocio sin licencia que cerraba a altas horas de la madrugada. Fue casi con certeza una fanfarronada, salvo que Duterte tenga hueco en su agenda para ocuparse de forma personal por los bares ruidosos de las costas del Pacífico. Hubiera sido una situación casi grotesca y cercana a lo hilarante si el español al que Migz amenazó de muerte no hubiera sido asesinado medio año después.

Desde aquel acto de intimidación hasta el día del crimen hubo un largo y tenso periodo de silencio. Ni el hostal para turistas que poseía Migz junto a la Santa ni el local de desayunos que regentaba Rachel eran competencia directa de los negocios de Diego Bello. Tampoco es cierto, en opinión de Pedro, que su amigo fuera extorsionado por alguna mafia o funcionario u obligado a pagar mordidas so pena de represalias. Definitivamente, no parece que el dinero tuviera un papel fundamental en lo ocurrido, más allá del resquemor y del recelo que pudiera provocar entre los isleños el sentirse de algún modo recolonizados por los extranjeros o el percibir no del todo desatinadamente que eran los foráneos quienes se llevaban la parte del león del pastel que producen las olas del Pacífico.

De uñas con los turistas

El turismo es un fenómeno reciente que ha creado cierto resquemor entre los sectores de la población que no se han beneficiado de él o que creen amenazada la cultura tradicional de aquella zona. Los excesos cometidos por algunos occidentales han dado también fuelle a cierta atmósfera de xenofobia. Que algunos anglosajones utilizaran a unos bueyes a los que los filipinos tienen en alta estima para pasear sobre sus lomos a borrachos desnudos procedentes de Australia o el Reino Unido no ha ayudado a conciliar a los nativos con los blancos.

Para Rebeca Díaz, es posible que la personalidad expansiva y asertiva de Diego tampoco ayudara a atemperar la atmósfera de hostilidad que creció en General Luna, en parejo al éxito de los españoles. "No se callaba nada, ¿sabes? Y era siempre el que al final daba la cara cuando había que negociar algo o despedir a alguien. Era un tipo muy noble y aunque era precavido y respetuoso, exhalaba una especie de seguridad personal que podía hacerle parecer algo chulito". O le odiabas o le amabas.

"Sabíamos que habíamos suscitado envidia y vivíamos con miedo ya antes del crimen; miedo de que nos deportaran; miedo de que nos plantaran una sustancia para quitarnos de en medio [lo que de hecho habían hecho ya con un empresario holandés]. Pero llegar a asesinarnos, y menos todavía de ese modo, sin mediar palabra. no era algo que nos planteáramos", recuerda su amigo Pedro. "Incluso a día de hoy me pregunto si los celos de Migz fueron razón suficiente".

A juzgar por su aspecto inmaculado y su sonrisa algo impostada, nadie diría que el gobernador de Camarines Sur es, en realidad, un aspirante a tiburón de la política, el más joven de los miembros de una dinastía de caciques sanguinarios cuyo feudo se halla en una provincia de Luzón. Cuando accedió al cargo que todavía hoy desempeña, en 2013, tenía solo 23 años. Tanto su abuelo Luis como su padre Luis Raimundo habían servido antes como gobernadores y todos sus mandatos estuvieron caracterizados por la corrupción y el nepotismo. No había transcurrido mucho tiempo desde que Migz se hizo con las riendas de la Gobernación de Camarines Sur cuando se le retiró el poder sobre la policía de su isla para impedir que influyera en la investigación del homicidio de cuatro mineros, asesinados por una fuerza parapolicial que había creado su propio padre.

Espejito, espejito

Nadie de su familia pagó por aquellos crímenes con los que Migz dio sus primeros pasos en el estercolero político de su país, claro que eso es lo habitual en el espacio de impunidad que ha creado Duterte. Tampoco los periodistas del país suelen entrometerse mucho en la podredumbre del sistema. Nadie va a investigar qué sucedió en verdad y si lo hacen, no darán a conocer sus averiguaciones por temor a acabar también en la cuneta. Incluso en la pequeña isla de Siargao hay precedentes de reporteros apartados del oficio por un tiro en la nuca.

Lo que en verdad interesaba a los programas de televisión era rivalizar por mostrar a Migz el superhot hablando de la belleza de su novia y de lo encantado que estaba de haberse conocido o susurrándole a la cámara con una sonrisa angelical y teatrera cualquier estupidez del estilo de: "Hello, mommy. Divine!". Poco tenía que ver el niño de papá y adelantado de la política que suele aparecer ante las cámaras con el necio arrogante que, de acuerdo a quienes le conocen, trata como a escoria a sus guardaespaldas oficiales y amenaza sin complejos con asesinar a quienes le contrarían.

Migz acostumbra a describirse como político y modelo. En no pocas de sus fotos, aparece posando con el torno desnudo y musculado junto a Rachel. Su narcisismo es de manual. Pierde más tiempo en Instagram que resolviendo los asuntos de palacio. Se da por hecho que es un peón de su padre y de su abuelo; alguien sin ideas propias pero con el poder hereditario preciso para que las amenazas de muerte que profiere resulten aterradoramente verosímiles. Esto es, para que se asesine a sus instancias con total impunidad a cuenta de la guerra extrajudicial contra la droga de Duterte que se ha cobrado ya, según fuentes no oficiales, más de 30.000 muertes. Diego Bello no fue, por otra parte, la primera de las víctimas de la policía de Siargao. Un juez llamado Dapa que aparecía en una lista de 163 funcionarios implicados en el tráfico también fue fulminado por los sicarios del presidente.

Hay otra pieza del rompecabezas de este crimen que les chirría a los amigos del gallego: la isla sobre la que gobierna el menor del clan de los Villafuerte se halla a muchos kilómetros al norte de Surigao. Migz, en teoría, carece de poder en la población de General Luna, donde se consumó el crimen de Diego. ¿Cómo podría haber organizado un asesinato en el distrito si carecía de un poder directo y presuntamente, de cualquier tipo de influencia política?

"Es cierto que los verdaderos dueños de la ciudad donde vivían los españoles era el clan de los Matugas", dice Rebeca Díaz. "Así que Diego se creía protegido de alguna forma por el gobernador de Siargao. Mantenía relaciones muy cordiales con los miembros más jóvenes de esa familia hasta el punto de que llegó a plantearse seriamente crear una sociedad a medias con una de las primas de ese clan. Por alguna razón que no llegué a saber jamás, aquello no se concretó"”.

A juzgar por lo que dice Pedro, no está del todo claro a día de hoy ni que los Matugas fueran tan neutrales ni que Migz estuviera completamente excluido de los círculos de poder de Siargao. Y aun si así hubiera sido, contaba con el aval que representa la cercanía de su familia con Rodrigo Duterte. Simpatizar con el viejo sociópata es, en sentido literal, una licencia 007. "Una vez le preguntamos a nuestros conocidos del clan acerca de Villafuerte y nos dijeron que aunque tuviera poder en Camarines, él allí no era nadie", recuerda. "Insistieron en que siguiéramos trabajando; que todo estaba bien y no había nada de lo que preocuparse". Ahora sabemos que mentían. Si en verdad hubieran estado protegidos y seguros, Diego Bello no estaría hoy muerto.

"Lo curioso es que tras el asesinato de Diego volvimos a contactarles para interesarnos por lo sucedido y nos aseguraron que no sabían nada, pero que no pondrían la mano en el fuego ni por unos ni por otros, y menos todavía, por desvincular completamente a nuestro amigo del tema de las drogas", añade Moreno. Es decir, la posición de los Matugas comenzó a resultar bastante más equívoca.

¿Hubiera asesinado la policía a Diego sin el consentimiento, aunque sea por omisión, de los verdaderos caciques de la isla de Siargao? De entrada es improbable. Tampoco los Matugas deberían estar excluidos de una investigación independiente, si es que en verdad fuera posible penetrar la coraza de impunidad que blinda a la desalmada élite gobernante del país.

Ninjas asesinos

El coruñés tenía 32 años cuando murió desangrado en los accesos a su casa. Había pasado desde los diecisiete viajando por el mundo con la esperanza de hallar un lugar en el que echar raíces. Ese ese lugar no era Siargao se le parecía mucho. Pero apenas tuvo tiempo de disfrutar de su descubrimiento. En la isla recaló apenas tres años antes de su muerte.

Poco después del tiroteo acudieron a la escena del crimen varios policías más, entre quienes se hallaba el propio responsable de la comisaría local, un personaje oscuro que responde al nombre de Vicente Panuelos, sobre el que se sabe poco, más allá de la certeza de que miente a conciencia y deliberadamente. Al menos uno de los cinco o seis policías que le acompañaban se hallaba encapuchado "como un ninja", de acuerdo al testimonio de los vecinos de Diego. Uno de sus amigos llegó a la casa del gallego poco antes de que espirase. Fue terrible ver agonizar al compañero a quien acabas de despedir unos minutos antes. Su socio Arturo ni siquiera tenía claro que no fuera a correr la misma suerte.

Es de suponer que el policía o policías que ocultaban su rostro — traídos desde Buatán— fueron quienes efectuaron los disparos. Lo habitual bajo el cielo de la distopía de Duterte es que se reclute a estos sicarios por unos pocos cientos de euros entre los verdugos más abyectos y despiadados de la propia policía.

Si de algo no alberga duda la familia es de que el jefe de la comisaría de General Luna miente más que un pescador para encubrir a los culpables

Si de algo no alberga duda la familia es de que el jefe de la comisaría de General Luna miente más que un pescador para encubrir a los culpables y para ocultar su propia participación en el asesinato, ya sea por acción o por omisión. El jefe de la comisaría de General Luna es justamente la segunda "persona de interés" a la que los allegados de Diego desean que se investigue junto con los autores directos de la muerte. Para empezar, se sabe que procede, como Migz, de Camarines Sur, y algunas fuentes próximas a la familia sostienen que ambos se conocían y mantenían alguna clase de relación personal. "Esa probada conexión podría haber ayudado a organizar el operativo", especulan sus amigos.

Tanto Migz como Panuelos poseen una sonrisa afectada y un rostro aniñado que enmascara su verdadera personalidad y los impulsos criminales de los que han hecho gala a menudo. Nadie colegiría de sus gestos cordiales la naturalidad con la que se desenvuelven en las truculentas alcantarillas de Duterte. "Los filipinos son una mezcla de japoneses y latinos", bromea Pedro. "Por un lado, suelen guardar las formas y acostumbran a interactuar con una especie de cortés timidez, pero por otra, pueden ser tremendamente irracionales. No es fácil saber lo que piensan en verdad porque hay enormes diferencias culturales entre ellos y los europeos".

Existen testigos de que los agentes que ejecutaron al gallego no solo no le increparon sino que dispararon a matar deliberadamente y sin aviso previo. Ni la novia de Diego ni sus vecinos escucharon provocación alguna ni nada diferente al sonido de las balas que acabaron con su vida y una voz que afirmaba: "No, por favor, señor". Las grabaciones de las cámaras de la Santa probaron tras su asesinato que fue la propia policía quien le plantó la riñonera y la cocaína que dijeron haber hallado en su poder, así como una pistola del calibre 45. Bello ni siquiera aparecía en la lista de traficantes y consumidores de droga del alcalde del barangay. Quienes le conocen y quienes le trataron aseguran que es imposible que hubiera trapicheado. Tendría que haber sido un necio para arriesgarse a atraer la ira de la policía cuando sus negocios navegaban viento en popa.

Tampoco la autopsia que se le practicó halló en su cuerpo rastros de consumo de sustancias durante, al menos, los seis meses precedentes a la fecha de su asesinato. Los forenses no detectaron pólvora en sus manos. El arreglo del jefe de la policía de General León fue una auténtica chapuza. En la única lista de narcotraficantes que aparece es en la de Panuelos, aunque no parece que precise pruebas para confeccionarla. Todas las calumnias que vinculan al surfista coruñés con el tráfico de drogas han partido de él.

Falsas acusaciones de violación

Panuelos trató de cubrirse las espaldas extendiendo la falacia de que Diego había sido imputado varias veces por violación. Resultaba más que obvio que trataba de desacreditar a la víctima del asesinato ante los filipinos, habida cuenta de que ningún europeo en sus cabales que hubiera conocido a Diego creería sus patrañas. Para apuntalar todo el tinglado, contó con la ayuda inestimable de un periodista local de Mindanews llamado Roel Catoto, el mismo que acusó a Diego de der un violador y traficar sin pruebas y que omitió, curiosamente, el informe de la comisión independiente del Gobierno filipino que demostraba que Panuelos y sus compañeros están metidos en la trama criminal hasta las cachas.

Cuando ese policía se entrevistó, días después, con el consul español en Filipinas, Fernando Heredia, le aseguró que poseía evidencias "consistentes" de que Diego se hallaba vinculado a la aparición de fardos de cocaína en la costa de la isla. Es cierto que algunos meses antes de que el gallego fuera ejecutado se encontraron flotaron junto a las costas de Siargao —no en una, sino en dos ocasiones— cuarenta paquetes de un kilo de esa sustancia con una insólita inscripción donde podía leerse "3D-Bugatti". Las supuestas "pruebas consistentes" de Panuelos no aparecieron nunca. A cuenta de ese hallazgo los Matugas realizaron afirmaciones tan ridículas como que alguien pretendía desembarcar la droga para comprar votos de electores.

En el colmo del absurdo, los propios responsables policiales de Manila aseguraron con buen criterio que los fardos que lavaron el litoral de Siargao y de otras islas filipinas del este del Pacífico no estaban destinados al consumo interno. Las únicas drogas verdaderamente populares en el país son la marihuana y una variedad local de metanfetamina conocida como shabu. Hallazgos de paquetes de cocaína son habituales no solo en Filipinas, sino en remotos enclaves del Pacífico como las islas Marshall. Se da por cierto, en primer lugar, que han llegado hasta allí tras desanclarse de las redes donde los narcos las fijaron o tras una huida ocasionada por la aparición de un guardacostas. Su destino lógico y natural podría ser Australia o Nueva Zelanda y en el peor de los escenarios, las islas Filipinas serían el lugar de encuentro transoceánico donde se efectúan los transbordos de la mercancía.

"En cuanto a Exteriores, lo único que ha hecho hasta la fecha es recomendar a sus padres que se busquen un abogado en Filipinas y presenten una denuncia"

En otras palabras, el jefe de la policía de Siargao acusó a Diego Bello de estar vinculado con la aparición de fardos de cocaína pese a que las propias autoridades de Manila reconocieron que su presencia en el litoral del país era meramente accidental y que habían sido arrastrados hasta allí por las corrientes desde Nueva Guinea. Otro alto cargo policial de la capital de Filipinas sugirió que los narcos arrojaban cientos de paquetes de cocaína a la mar para despistar a la policía mientras desembarcaban marihuana o metanfetamina en algún otro remoto enclave de su costa. Que alguien se atreviera a realizar semejante afirmación para un reportero de la CNN da la medida del nivel de inteligencia y perspicacia que suelen exhibir las fuerzas de orden público en la ex colonia española.

A ninguno de los altos oficiales de Siargao se les ocurrió preguntarse qué clase de imbécil que se propusiera vender droga en la isla arrojaría a la costa cuarenta paquetes de la droga o los perdería en dos ocasiones por un error de desembarco. Nadie sabe a ciencia cierta si Panuelos sospechó de veras en algún momento que Diego pudiera estar envuelto en alguna clase de actividad ilícita, pese a que carecía de pruebas. Tampoco se descarta que algún nativo del entorno del emprendedor de La Coruña que se enemistó con Bello extendiera falacias sobre él deliberadamente o bajo presión de los torturadores policiales. Una vez más, los celos aparecen en el epicentro de la trama criminal.

Desconfían de Madrid

Los amigos de Diego no se fían del Gobierno de Madrid ni de su sincera voluntad de desplegar todas las herramientas precisas para impedir que el asesinato del gallego quede impune. Creen que nuestra diplomacia está mucho más preocupada por garantizar la firma de contratos a compañías como Acciona que en proteger a los ciudadanos españoles. "El consulado ni siquiera ha sido capaz a día de hoy de tramitar las cosas para que la familia de Diego pueda recuperar sus pertenencias, el material de Mamon (la tienda de objetos de surf que también regentaba) o el dinero que tenía en al menos tres cuentas", dice Rebeca Díaz, oriunda, como Diego, de un pequeño pueblo coruñés llamado Pastoriza. La familia se siente completamente abandonada, como suele suceder en estos casos. "En cuanto a Exteriores, lo único que ha hecho hasta la fecha es recomendar a sus padres que se busquen un abogado en Filipinas y presenten una denuncia. También desconocemos qué es lo que ha hecho el Congreso, aparte de realizar una declaración institucional. ¿Dónde están los emails, las cartas, el trabajo las presiones para reclamar justicia? No dudo que hayan movido ya ficha, pero nosotros no sabemos nada".

"Lo de la embajada española de Manila es increíble. Se han portado fatal. Ni nos ayudaron, ni nos protegieron. El cónsul se limitó a reunirse con Panuelos y eso fue todo", corrobora Moreno. Ni él ni el resto de los amigos que convivían con Diego en Siargao han regresado a la isla, por temor a correr la misma suerte.

"Lo de la embajada española de Manila es increíble. Se han portado fatal. Ni nos ayudaron, ni nos protegieron"

Además de investigar a Migz o Panuelos o de determinar el verdadero papel jugado por el clan de los Matugas, otro de los amigos cercanos con quienes convivió el gallego en Siargao —el andaluz Javi Muñoz— insinúa otro nombre para añadir a la lista de “personas de interés”. Muñoz cree que debería considerarse un episodio relacionado con el aborto de una ex novia filipina de Diego Bello. "Sé que estuvo muy preocupado porque había dejado preñada a una de sus parejas anteriores. La chica se desembarazó de su bebé en Vietnam y las pasadas Navidades le pidió dinero para salir adelante. Él, para entonces, ya había cambiado de pantalla y llevaba una nueva vida feliz junto a Jinnah. Sé que su ex estaba muy dolida y no descarto que le hubiera podido desear algún mal", afirma. La familia del gallego, sin embargo, no cree que la chica despechada fuera capaz de atesorar el poder, los contactos, la determinación y la energía necesaria para organizar un crimen tan brutal a tenor de una ruptura.

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