Opinión
Boris Spassky, desde Rusia con amor

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
A Boris Spassky, fallecido el pasado jueves con 88 años, casi todos los aficionados lo recuerdan por su clamorosa derrota ante Bobby Fischer en Reikiavik, en un duelo que se convirtió en el símbolo exacto de la Guerra Fría. Nunca, ni siquiera en los tiempos gloriosos del match entre Capablanca y Alekhine en Buenos Aires, allá por 1929, el ajedrez había levantado una expectación parecida, ocupando portadas de periódicos, boletines de radio y conversaciones de café. Era la primera vez en más de tres décadas que un occidental -un estadounidense, para colmo- venía a disputar la incontestable hegemonía soviética en los tableros, una hegemonía establecida por el gran patriarca, Mijaíl Botvínnik, en 1948.
Por aquel entonces, el pequeño Spassky contaba apenas once años. Con cinco había tenido que huir, junto con su hermano mayor, del cerco de Leningrado, en un convoy que se salvó por los pelos de ser bombardeado por los nazis. Aprendió a mover las piezas mientras el Ejército Rojo emprendía la mayor contraofensiva de la Historia. Sin embargo, pese a la experiencia de haber crecido en entornos tan diferentes, Fischer y Spassky guardan asombrosos paralelismos durante su infancia. Como señala George Steiner en Campos de fuerza -su apasionante libro sobre el campeonato de Reikiavik-, ambos eran hijos segundones, sufrieron el divorcio de sus padres, se criaron a la sombra de una madre dominante y fueron genios precoces del tablero.
Sin embargo, en realidad, eran como el día y la noche. Más aún que la experiencia de crecer en un país donde el ajedrez era casi una religión, lo que distinguía a Spassky era su temperamento, su carácter y su actitud ante la vida. Era ante todo un caballero fuera y dentro de los torneos, un hombre divertido y simpático, un joven que se enamoró, se casó muy pronto y se divorció al poco tiempo: “Nadezda y yo éramos alfiles de colores cambiados”. Fischer, en cambio, era un niñato insufrible y solitario, obsesionado por ganar, un monje de las 64 casillas dedicado en cuerpo y alma a la tarea de destruir a su oponente y descerrajar el misterio insondable de las blancas y las negras. “El ajedrez es como la vida” dijo Spassky una vez. Fischer lo corrigió, implacable: “El ajedrez es la vida”.
Las exigencias demenciales que estuvieron a punto de dar al traste con el encuentro en Reikiavik ocultaban no sólo las inseguridades crónicas del norteamericano sino probablemente el miedo ante un rival al que, en seis encuentros anteriores, no había podido ganar una sola partida. Pocas derrotas más contundentes había sufrido Fischer en toda su carrera como la que le infligió Spassky en Mar del Plata con una apertura romántica: nada menos que un gambito de rey. Era como si Aquiles acudiera a luchar a muerte contra Héctor con el recuerdo de una paliza soberana en sus huesos. Entre las múltiples virtudes de Spassky como jugador descollaba su capacidad alucinante para adaptarse al estilo de juego de cualquier rival: era capaz de vencer a Mijaíl Tal durante un infierno táctico en el medio juego, e incluso de torpedear la defensa de Petrosián, que podía, como señaló un analista, “detener un tren con los dientes”.
Fischer llegó a Islandia como Aquiles, precedido por el aura terrible de haber aniquilado a Larsen y a Taimánov con sendos marcadores de 6-0, y de derrotar a Tigrán Petrosián por 6’5 a 2’5, un excampeón mundial que jamás había perdido tantas veces frente a un rival. Pero, al igual que Aquiles contra Héctor, Fischer buscaba cualquier pretexto para no enfrentarse a Spassky -el dinero, las sillas, las cámaras, las piezas, la luz- hasta que un millonario dobló la bolsa y el propio Kissinger tuvo que telefonearle para que se dejara de excusas: “Aquí el peor ajedrecista del mundo llamando al mejor ajedrecista del mundo”. Aun así, Fischer estuvo a punto de abandonar después de su derrota en la primera partida y el abandono en la segunda. Spassky podía haber retenido su corona sin mayores problemas, apelando a la renuncia y al comportamiento insoportable del estadounidense, pero accedió a todas sus pretensiones, por desgracia para él y por suerte para el ajedrez.
Con la victoria de Fischer en 1972, llegó el castigo institucional para el campeón que había perdido la supremacía en un deporte que los soviéticos consideraban patrimonio nacional. Se le impuso la prohibición de salir de la URSS e incluso de casarse con una extranjera, pero Marina, una francesa que trabajaba en la embajada de Moscú, encontró la forma de granjearse la simpatía del presidente Georges Pompidou y la pareja pudo instalarse a vivir en París. Aunque permaneció muchos años en la élite, Spassky nunca llegó a clasificarse otra vez para el campeonato mundial, y en 1992 volvió a enfrentarse a Fischer en un polémico match en Sveti Stefan, en plena guerra de los Balcanes. Volvió a perder y, pese a que el nivel de juego de ambos estaba muy lejos de los días de gloria, se repartieron unos cuantos millones de dólares, desafiando el embargo internacional.
Si a un héroe hay que medirlo por la nobleza de sus enemigos, ningún ajedrecista puede presumir de haber tenido un rival de la talla de Boris Spassky, el Héctor del ajedrez en aquella Ilíada incruenta e irrepetible. Hay varias partidas suyas que permanecen para siempre en los anales del ajedrez, pero los aficionados no pueden menos que recordar la alucinante miniatura con que inmortalizó a Bent Larsen en 1970, jugando con negras y en 17 movimientos, o el fabuloso ataque con que destrozó el enroque de David Bronstein diez años atrás, una combinación tan brillante que fue elegida para la secuencia inicial de una película de James Bond. Desde Rusia con amor es un buen epitafio para un adversario noble como ninguno, un hombre magnánimo que amaba la vida más aun que el ajedrez.
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