Opinión
Muerte en directo de un viejo mundo

Por Miquel Ramos
Periodista
El momento político y geopolítico actual está sacudiendo la Unión Europea como nunca, poniendo sobre la mesa asuntos impensables en el debate general, pero de obligada reflexión hoy ante lo que está por venir. No es solo que, desde hace tiempo, las extremas derechas ocupen cada vez más poder en el continente que juró aquello de nunca más tras el Holocausto. Y que hoy, estos viejos actores con nuevos vestidos estén devolviendo al marco de lo aceptable los odios y los miedos que sembraron el continente de muerte y destrucción. Es que han encontrado en el inquilino de la Casa Blanca un nuevo patrocinador que, a pesar de su ataque contra Europa, puede hacerlos grandes a ellos también, aunque solo sea por un tiempo. Hasta que les coman las contradicciones y sean víctimas de su propia medicina. Como lo está siendo ahora la Unión Europea con su hasta hoy amigo americano.
El nuevo mandato de Donald Trump empezó poniendo en duda las alianzas y las lealtades conocidas o simuladas hasta ahora, pactando con Putin el reparto de Ucrania y obligando a Zelenski a aceptar este final, humillándolo en público después de que su antecesor, Joe Biden invirtiese miles de millones en aquél frente. También después de décadas de arrastre a otros episodios ignominiosos de la política exterior norteamericana, ya sea en Iraq o en Afganistán o en las múltiples aventuras en las que se ha embarcado USA siempre fuera de sus fronteras. Y la complicidad de todos, de toda la UE, con los EEUU a la cabeza, en el genocidio en marcha en Palestina.
Trump no ha dudado en atacar a sus vecinos y socios con aranceles, dejando en ridículo a Europa después de décadas bailando al son que marcaba Washington hasta hace cuatro días. La nueva administración norteamericana cambió el disco y Europa ya no sabe cómo se baila esta nueva música. Trump se ha convertido en el principal disolvente del viejo orden, ayudado por sus aliados ultraderechistas en el resto del planeta, principalmente en Europa, dispuestos a seguir obedeciendo al norteamericano mientras se venden como patriotas, pero sin un plan para garantizar la soberanía que predican. Que lo viejo muera no significa siempre que lo que venga sea mejor, pero tampoco que lo que todavía queda merezca todos nuestros esfuerzos por ser conservado. Siempre hay matices. Y hay que hilar fino para saber cómo situarse en estos tiempos, y ser conscientes de los costes que nuestras decisiones van a tener.
Esta nueva actitud de Washington ha puesto sobre la mesa el papel de la OTAN y de los Estados que la conforman ante este nuevo escenario. Resurge el debate sobre abandonarla, sobre la presencia de las bases militares yankis en suelo español, y sobre la inversión en defensa que tocaría hacer si se va adelante con el proyecto de defensa europeo, al margen de la alianza atlántica. Un debate necesario con múltiples aristas, con diferentes sensibilidades respecto al modelo que se pretende para la UE en estos nuevos tiempos, y la incertidumbre de qué pasaría si gobernasen cada vez más los aliados de Trump y los que pretenden dinamitar la UE desde dentro. Ya no se trata solo de cómo se reescriba la relación Europa- EEUU, sino del papel que jugará Europa fuera de sus fronteras, su relación con otras potencias como China, a la que ya se la empieza a tirar los trastos, y cómo este nuevo escenario cambiará también los relatos sobre amigos y enemigos.
Los cambios van demasiado rápido como para acertar en predicciones y con protagonistas imprevisibles que están haciendo tambalear todavía más el orden mundial, ya de por sí tocado por múltiples factores y circunstancias contemporáneas. El mundo conocido hasta hoy se escapa como un líquido entre las manos a una velocidad atroz. Y aunque todas las épocas han tenido sus costuras, hoy es la Unión Europea la que está en el centro del huracán, incapaz de definir su nuevo lugar en el mundo, traicionada y humillada por sus supuestos aliados y carcomida por dentro por sus propios fantasmas.
En el documental Banda sonora para un golpe de Estado (Johan Grimonprez, 2024), uno de los candidatos a los Oscar de este año, se retrata magníficamente el agitado mundo del siglo pasado, con el foco puesto en el Congo, en la descolonización en plena Guerra Fría, en Patrice Lumumba, sus amigos y sus enemigos, y los malabarismos geopolíticos del momento. Se puede pensar que entonces, con el mundo dividido en bloques, todo era mucho más fácil, más sencillo elegir bando, pero ni entonces todo era blanco y negro, ni mucho menos lo es hoy, con la multipolaridad que viene y la desintegración de lo conocido hasta ahora. Ninguna novedad nos descubre este documental cuando explica las atrocidades del colonialismo, la hipocresía del autoproclamado mundo libre y sus democracias, la connivencia de los grandes capitales con los genocidios y los magnicidios de aquellos que se resisten. Es una joya cinematográfica que nos pasea, a ritmo de jazz y con sus principales figuras, por el entramado de la Guerra Fría, sus injerencias y sus batallas culturales, en este caso, usando la música y a los músicos como agentes, como fichas de sus juegos para conquistar también los imaginarios y los relatos del momento. Y por ahí aparece Fidel Castro, MalcolmX, los derechos civiles, los mercenarios y los traidores.
El momento actual será cinematografiado en un futuro, y quienes no lo hayan vivido y lo vean dentro de unas décadas verán las mismas trampas, los mismos enjambres que Grimonperez nos ofrece en su film, con actores distintos. Han pasado más de treinta años desde la caída del telón de acero, y desde entonces, la geopolítica ha sido un ir y venir de guerras, genocidios, invasiones y nuevos enemigos para el imaginario occidental, siempre en busca de chivos expiatorios para justificar su supremacía, su nuevo colonialismo y el mantenimiento de su hegemonía a cualquier precio. Por eso hoy sea quizás el momento más débil de la historia contemporánea de Occidente, más incierto y perforado por dentro por sus propias miserias, prisionero de las certezas que un día vendió y que hoy no puede asegurar ni a corto plazo. Seamos conscientes del momento histórico que vivimos, pues somos testigos de la muerte en directo de un viejo mundo.
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