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Evo Morales Los cocaleros de Bolivia continuarán con las protestas pese a los muertos por la represión

La respuesta de la policía y el ejército contra un sector productor de hoja de coca afín a Evo Morales deja un saldo de nueve muertos en el gremio. En total, se estima que han perdido la vida 23 personas durante las protestas en el país. 

Imágenes del funeral de los cocaleros fallecidos por la represión de las autoridades bolivianas. / A. Favio Rodríguez

A. Favio Rodríguez R.

Humberto Mamani carga una pena. Carga tristeza, bronca y llanto. En su hombro derecho sostiene en alto, junto a otros cinco hombres, el ataúd de César Cipe, uno de los nueve productores de coca que falleció en medio de la represión del ejército y la policía hacia los manifestantes que protestaban contra el mandato de la autoproclamada presidenta interina del país amazónico-andino, Jeanine Áñez. Fue el resultado de otra jornada violenta que llenó de luto el municipio de Sacaba el pasado viernes, en Cochabamba –ciudad al centro de Bolivia–.

En medio de cientos de personas afines al expresidente Evo Morales, otros cuatro ataúdes se podían ver a la distancia, separados entre la muchedumbre que marchaba por la avenida. “¡Fusil, metralla, el pueblo no se calla!”, se escuchaba en un grito estruendoso. El malestar de la gente se podía resumir en la leyenda de un pasacalle, pintado con un aerosol rojo, que rezaba: “Justicia para nuestros muertos”.

El jueves 14 de noviembre se había anunciado que una marcha se llevaría a cabo desde el municipio de Sacaba, parte de la provincia Chapare –región que catapultó a Morales al escenario político–, hacia la ciudad de Cochabamba. El objetivo de esta movilización era la realización de una junta en la plaza principal de la metrópoli que determinaría las acciones a tomar para continuar con las protestas contra el mandato interino de Áñez.

Posterior a la multitudinaria reunión, el plan del sector productor de hoja de coca era desplazarse a La Paz, la sede de Gobierno, para unirse a los otros colectivos que se estuvieron manifestando los últimos días exigiendo el retorno de Morales y el “respeto a la democracia”. Sin embargo, debido a que un par de semanas antes partidarios y opositores a Morales tuvieron choques violentos en Cochabamba, el ejército decidió establecer un cerco a dos kilómetros de Sacaba para evitar el desplazamiento de los cocaleros.

Las protestas se han cobrado ya la vida de 23 personas en Bolivia. / A. Favio Rodríguez

Desde muy temprano en la mañana hasta el mediodía del jueves, la tensión se hizo sentir en la zona de Huayllani, donde se plantó el ejército. Se temía que la situación pudiera escalar rápidamente y acabar en otro hecho violento desde que la crisis postelectoral del país inició después del 20 de octubre. Ante el fuerte cerco, los movimientos sociales del trópico cochabambino no forzaron su paso. Una fuerte lluvia que se extendió al menos durante casi una hora calmó los ánimos. Decidieron replegarse y continuaron con su marcha entre las calles del municipio de Sacaba. No lo anunciaron, pero regresarían al día siguiente para poder cumplir con su objetivo.

El viernes se volvió a registrar otro careo entre la policía, el ejército y los manifestantes, caracterizados por su obstinación y determinación. Solicitaron nuevamente el paso para acceder a la ciudad, pedido que les fue denegado. A medida que pasaban las horas, la tensión incrementaba. Era como un cóctel molotov sin ningún margen más que estallar tarde o temprano.

Las Seis Federaciones del Trópico, el ente matriz de Morales, se mantenían firmes frente a las fuerzas del orden. Cantaron el himno nacional y la desesperación pudo más que cualquier razonamiento. El diálogo, como última instancia, fracasó y los cocaleros rompieron el primer cerco alrededor de las 17.00 (hora local). La respuesta inmediata fue el uso de agentes químicos para dispersar y reprimir a los manifestantes. En medio de gritos, mientras las latas de gas lacrimógeno nublaban todo alrededor, los campesinos empezaron a correr con desesperación en busca de resguardo.

La carga del ejército contra los productores de coca

Selina Torrico, una mujer agricultora de 45 años, había llegado apenas unos momentos antes de que rompieran el primer cerco. Bajó del bus que la dejó en la intersección que separaba a los manifestantes del bloqueo de la policía para unirse a sus compañeros en la protesta. Sin saber qué pasaba, empezó a lagrimear y a atorarse por el efecto del gas lacrimógeno. Empezó a correr sin rumbo, siguiendo a las siluetas que veía moverse. Había mujeres con niños en sus brazos escapando.

"A los hombres les pegaron con palos, con fierros, con cualquier cosa que encontraron a la mano", Selina Torrico, manifestante

Logró ocultarse con otro grupo de mujeres en un casa, donde las encontraron un grupo de soldados. Un integrante del cuerpo de seguridad la sostuvo con fuerza de su muñeca y comenzó a jalonearla violentamente de un lado a otro, “como si fuéramos trapos”, cuenta. “Nos han puesto de rodillas y con una patada me empujaron al suelo. A los hombres les pegaron con palos, con fierros, con cualquier cosa que encontraron a la mano. ‘Buenos son para marchar, ¿no? Disque pacifistas habían sido, ¿no?’, gritaban mientras nos pateaban y nos llevaban para detenernos”, recuerda Torrico con la voz entrecortada, casi por quebrarse en llanto.

Sonia Rodríguez, una mujer cocalera, comenzó a correr cuando vio las latas de gas lacrimógeno cayendo del cielo. Se giró en dirección opuesta inmediatamente y mientras se desplazaba lo más rápido que pudo, escuchó un disparo. No se giró, “ni por si acaso”, según recuerda. Se tiró al suelo y se oía a un helicóptero sobrevolar el área. “Parecía una guerra entre dos países diferentes”, afirma.

Apenas una hora después, a eso de las 18.00, el hospital México, en Sacaba, estaba colapsado. Una joven médica trataba de parar el sangrado de la cabeza de un hombre, mientras gritaba desesperada “¡alguien que no esté haciendo nada para darme una mano!”. Su pedido se perdió en medio del caos y los alaridos de las personas que no paraban de llegar al centro médico. Las camillas y sillas de ruedas no alcanzaron para la cantidad de gente que seguía tratando de ingresar al sanatorio. En los alrededores de la entrada había colchones en el piso con heridos siendo atendidos por enfermeras y personal médico, que no alcanzaban para apaciguar el caos. El mismo escenario se repetía en las diferentes clínicas de Cochabamba durante el transcurso de la noche.

El duelo por los fallecidos

Después de la confusión y el desorden llegó el silencio. Los hospitales se vaciaron, ya no había gente gritando o preguntando por sus familiares. Muy pocos llegaban para ver las listas de heridos en los diferentes centros médicos, esperando que el nombre de sus seres queridos no figure en ellas. Los cinco fallecidos ya estaban de vuelta en Huayllani. En medio de la avenida, entre barricadas y fogatas para protegerse y no sentir el frío, las personas murmullaban alrededor de los cinco ataúdes que estaban colocados lado a lado. Cada caja de madera tenía su arreglo floral encima, la wiphala, una decena de velas que se iban consumiendo y latas usadas de gas lacrimógeno y casquillos de balas que medían por lo menos 10 centímetros.

Los cocaleros despidieron a sus fallecidos, pero continuarán con las protestas. / A. Favio Rodríguez

"Queríamos hacer respetar nuestros derechos, pero no nos han entendido, nos han gasificado y después de eso nos han metido bala"

A lo lejos, se podía escuchar a una mujer que gritaba en quechua sin poder contener el llanto. “Nosotros como gente campesina mantenemos a los pueblos, a las ciudades con nuestro trabajo, sembrando papa, arveja [guisante], para que en las ciudades puedan comer. Nosotros queríamos hacer respetar nuestros derechos, pero no nos han entendido, nos han gasificado y después de eso nos han metido bala. Tenemos muertos y cualquier cantidad de heridos. Ahora nosotros qué culpa tenemos para que nos hagan esto”, continuaba inconsolable con su reclamo.

Desde que comenzó la crisis política en Bolivia, el conflicto se ha cobrado la vida de 23 personas y se ha registrado más de 715 heridos, según el último informe de la Defensoría del Pueblo de Bolivia. Respecto a la represión del pasado viernes, la policía dio a conocer que se encontró al menos a una decena de cocaleros portando explosivos caseros, dinamita y un par de escopetas, entre otros objetos contundentes. También argumentaron que la marcha de los productores de hoja de coca “no tenía nada de pacífica”. Sin embargo, ante los hechos ocurridos en Sacaba, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó el "uso desproporcionado de la fuerza militar y policial" y agregó que “el Estado tiene el deber de respetar el derecho humano a la protesta pacífica”.

A pesar de las pérdidas humanas, las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba resolvieron el sábado por la tarde continuar con las medidas de presión hasta que la presidenta interina renuncie. Dijeron adiós a sus compañeros, que vivieron una última noche sin amanecer.