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La gran tarea pendiente de Europa: una política global en Oriente Próximo

La tradicional pasividad de la UE con respecto a Oriente Próximo ha tenido esta semana un efecto corrector. No obstante, el importante acuerdo de Bucarest para facilitar el comercio con Irán no debe ser un hecho aislado si se busca que el caos no se imponga en la región y en Europa.

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Siria, el cementerio de la justicia internacional

El jueves Alemania, Francia y el Reino Unido lanzaron en Bucarest un mecanismo de pago que permitirá a las empresas europeas comerciar directamente con Irán. Se trata de una iniciativa de considerable importancia con la que se pretende eludir las sanciones impuestas por el presidente Donald Trump contra la república islámica.

Es al mismo tiempo una idea ingeniosa y una decisión política de peso, a las que no nos tiene acostumbrados Bruselas. Más que nada, los europeos nos hemos habituado a una inacción permanente de nuestros líderes que repetidamente hemos visto que ha traído consecuencias nefastas para Oriente Próximo y para la misma Europa.

A diferencia de Europa, Washington tiene claramente otros intereses y los defiende con uñas y dientes

El elevado precio pagado durante tanto tiempo se debe principalmente a que Europa no ha sabido defender sus intereses y ha confiado siempre con los ojos cerrados en Estados Unidos, cuya política con mucha frecuencia ha estado en conflicto con los intereses del continente. Washington tiene claramente otros intereses y los defiende con uñas y dientes, a diferencia de Europa.

Las divergencias con Estados Unidos se agravaron cuando Trump decidió suspender el acuerdo de 2015 sobre el programa nuclear iraní. Un acuerdo que, como ha dicho la responsable de la política exterior europea, Federica Mogherini, “está funcionando”. Ya durante la campaña electoral, Trump atacó ese acuerdo disputado frontalmente y con mucha agresividad por parte del primer ministro Benjamín Netanyahu. La dependencia de Trump de Israel se ha hecho evidente no solo en este punto, sino también con el traslado de su embajada a Jerusalén y con la gestión del centenario conflicto con los palestinos en general.

En estos dos últimos asuntos los europeos se han apartado de Trump, como ha ocurrido esta semana con la creación del mecanismo de pago. Si esto significa que finalmente Bruselas va a atender a sus propios intereses es una cuestión que veremos en el futuro inmediato. En caso contrario, tendremos más inestabilidad en Oriente Próximo y con mucha probabilidad la inestabilidad se trasladará al continente una vez más.

Otro caso que Europa debería reconsiderar es Siria. La UE debería de participar en la reconstrucción del país, que se ha visto asolado por una cruenta guerra impulsada en gran parte por Estados Unidos y sus aliados. Los rusos han insistido en pedir a Europa que participe en la reconstrucción de Siria, y todo indica que esta es una opción que favorecería a los intereses de Europa en general, y no solo sus intereses económicos.

El aislamiento de Siria no empezó con las revueltas populares de la ciudad de Dera en marzo de 2011, sino que viene de mucho antes. Siria ha estado sometida a un aislamiento internacional feroz por parte de Estados Unidos (y también de Europa) durante el último medio siglo por lo menos, desde las guerras con Israel de 1967 y 1973.

Sin embargo, Damasco ha resistido prácticamente en solitario contra ese aislamiento pagando un alto precio social, económico y político. Recuérdese que cuando el presidente George Bush padre lanzó la ofensiva contra Saddam Hussein por la ocupación de Kuwait a principios de los noventa, los sirios aceptaron participar en la fuerza internacional a cambio de un proceso de paz con Israel.
Desgraciadamente, los presidentes que siguieron a George Bush padre no se tomaron esa cuestión en serio. Y lo mismo puede decirse de una Europa que ha permanecido con los brazos cruzados desde entonces, con muchas declaraciones vacías de contenido y sin ninguna acción significativa. Durante estas últimas décadas, se obligó a Siria a encerrarse más en sí misma a causa del aislamiento a que fue sometida.

Si la UE no se implica a fondo en el desarrollo económico y social de Oriente Próximo la inestabilidad, el populismo, los refugiados y el terrorismo seguirán creciendo

Para Siria es un asunto de vital interés, tanto como para Europa, que los europeos se inmiscuyan en los conflictos de Oriente Próximo de una manera constructiva con la que todos salgan ganando. Desgraciadamente, eso no ha sido así debido a que Europa ha renunciado a sus propios intereses dejándolos en manos de Estados Unidos. Hasta ahora Europa ha funcionado como un niño menor de edad que depende para todo de un padre que solamente está interesado en defender sus posiciones y las de Israel.

Si la UE no se implica a fondo en el desarrollo económico y social de Oriente Próximo, que es una de las fronteras más calientes de Europa, quizá la que más, la inestabilidad, el populismo, los refugiados y el terrorismo seguirán creciendo y manifestándose como una amenaza para el continente.

No puede ser que la política exterior de Europa en Oriente Próximo gire principalmente en torno a la venta de armas, pues nada bueno puede sacarse de ello, aunque la venta de armas dé miles de empleos en el continente. La catastrófica situación de Yemen, impulsada en gran parte por Trump, que si quisiera podría parar a Arabia Saudí, ha tenido de comparsas satisfechos a los europeos. Los resultados están siendo desastrosos.

Es a todos estos y otros antecedentes a los que se ha enfrentado Europa cuando esta semana ha creado el mecanismo de pago con Irán. Es una buena decisión pero si se trata solo de una decisión aislada las cosas no cambiarán mucho.