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Tensión en el puerto de Atenas ante un inminente desalojo de los refugiados

Desplazados de Siria o Afganistán rechazan su traslado a otros campos alejados de la ciudad. Personal voluntario en El Pireo teme que les puedan obligar por la fuerza a marcharse, algo que, según consideran, podría producirse esta semana.

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Puerto de El Pireo, en Atenas, donde se concentra el mayor número de refugiados de Siria, Afganistán, Irán, Iraq y Eritrea, entre otras nacionalidades. /P.C.

ATENAS.- Un corrillo de hombres sirios habla a gritos entre gestos de preocupación. A su lado, tres agentes de la policía portuaria discuten agitando unos papeles con unas voluntarias griegas. En la puerta E3 del puerto ateniense de El Pireo, una atmósfera enrarecida lo envolvía todo este martes y, ante la escasez de información, solo cabía el intercambio de opiniones. “Llevan un mes diciendo que quieren desalojar esto; primero, antes del 15 de marzo; y así cada semana”, sugiere el italiano Sergio Zucchi, voluntario de la organización Remar en el campo de refugiados más grande de Grecia.

Otros, en cambio, no son tan optimistas y, tras la entrada en vigor del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, después de los primeros traslados desde El Pireo y ante la llegada de la temporada turística, creen que ha llegado el momento. “La policía del puerto les dijo el pasado domingo que hoy se tienen que ir”, apunta Katerina, una voluntaria griega independiente que trabaja en la puerta E3. En esta zona del puerto sobreviven acampadas a la intemperie cerca de 800 personas. Hace dos semanas, la cifra ascendía a 1.000. “Se ha marchado mucha gente por su cuenta, incluso algunos sirios han vuelto a su país”, lamenta Rafik, refugiado que realiza labores de traducción.

Esta puerta es, además, la más expuesta a la ciudad, ya que se observa tras descender del metro y numerosos comercios quedan justo detrás. Por ello, según Katerina, quieren trasladar a la gente hasta la puerta E1, la más alejada, a unos 45 minutos a pie desde la entrada principal. Entre medias queda la explanada 1.5. Allí los rumores sobre el posible desalojo forzoso también han calado, y los refugiados lamentan la falta de información que les confirme su próximo destino.

Ante la escasez de datos, sirios o afganos prefieren optar por permanecer en el puerto heleno. “Los campos no son mejor, al contrario, allí no te pueden atender, no hay organizaciones que tengan en cuenta tus problemas”, deplora Ali, médico sirio de 51 años que colabora como pediatra voluntario. “En 15 días nos desalojan de aquí”, prevé Sara, afgana de 17 años. Ambos quieren llegar con sus familias hasta Alemania, el destino que pronuncia la totalidad de refugiados consultados. “Es buen lugar para la práctica de la pediatría”, entona Ali. Pero antes de dar ese paso, las autoridades griegas les piden que realizan el ‘registro para el realojo’, un trámite que se efectúa sólo a través de una aplicación online; una tarea titánica.

“Me ha costado más llegar desde Siria que intentar hacer este registro que no funciona. Nadie contesta al otro lado. Pregunta a cualquiera de aquí; nadie ha conseguido aún registrarse”, condena Ali. Tampoco Sara. Ella también desea llegar a Alemania, y estudiar ingeniería. Tuvo que salir de Afganistán con su familia porque su padre, soldado de la armada, estaba amenazado de muerte. “Le querían matar a él, pero también a toda la familia”, suspira. Desde su país, llegó a Iraq en coche. Atravesaron montañas nevadas a pie, 14 horas, hasta Turquía. Y una vez allí sobrevivieron dos meses a la intemperie, y evitando que les arrestaran. “Tuvimos que pagar a la policía turca 90 euros por cada miembro de la familia para que no nos detuvieran. Somos diez”, explica Sara apostada bajo la sombra de la carpa de Mensajeros de la Paz.

En una barca con capacidad para 40 personas, viajó la joven afagana con su familia y 90 personas más, durante seis horas, hasta alcanzar la cosa de Lesbos. Tras seis días en la capital, Mitilene, llegó al puerto de El Pireo, donde malvive con sus padres y hermanos en una de las tiendas que el personal voluntario compra para los desplazados. “No quieren que esto se solucione”, remacha.

Traslados sin información

El lunes por la tarde, dos autobuses blancos serigrafiados con la silueta del mapa europeo en azul esperaban el traslado de personas hasta los campos que prepara el gobierno griego, como los nuevos de Koutsochero y Neakavali. Nadie quería subirse. Finamente se marcharon con algunos refugiados, entre ellos, una mujer siria que ejercía de traductora. “Me han dicho que subió al autobús, pero no sé nada de ella”, se preocupaba esta mañana Raquel Perianes, periodista y voluntaria española que, desde hace dos semanas, se encarga de llevar a las personas enfermas al hospital. “En los autobuses no ponía el cartel con el nombre del campo al que iban”, denuncia.

El desconcierto se apodera de este gran asentamiento al aire libre en el que, según las organizaciones, se calcula que malvivan cerca de 5.000 personas, unas 750 menos de las que figuraban en el recuento del gobierno griego hace una semana. La falta de información provoca el abandono de quienes pueden permitírselo, y ya se observan huecos entre las hileras de tiendas de las cuatro zonas del puerto que acoge a los refugiados.

Raquel sospecha que se prepara el terreno para el desalojo. Hoy no había apenas comida en los estantes que hace días estaban llenos. “Sólo estamos moviendo las cosas, no sé”, le responde otra voluntaria a la pregunta de dónde están los víveres. Tampoco figuraban los carteles informativos del edificio E2. “También han cerrado las cocinas. Antes había una en el E1 y en el E2, y se cocinaba de acuerdo a sus tradiciones. Ahora el gobierno se encarga de un catering escaso”, detalla.

El parlamento griego adoptó el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía el pasado viernes. Este texto dificulta la llegada a territorio europeo de los cerca de 50.000 refugiados que esperan asilo desde Grecia, provocando una grave crisis humanitaria. En el puerto de El Pireo, donde se reúnen los refugiados que llegaron al país antes del 20 de marzo, fecha de la entrada en vigor del acuerdo, voluntarios independientes, asociaciones de diferentes países y ONG trabajan para paliar esta situación de espera que se prolonga desde febrero y cuyo fin atisban cercano.