¿Qué ocurre cuando una ONG se va?: el centro ortopédico para saharauis sobrevive pese al desabastecimiento
Hace cuatro años que el Comité Internacional de la Cruz Roja dejó de financiar al centro ortopédico del Hospital Nacional de la República Saharaui. 'Público' ha visitado sus instalaciones para entender qué ocurre cuando una ONG desaparece de un territorio.
Cincuenta años de colonización de Marruecos y Mauritania han sedimentado la dependencia humanitaria de la población desplazada saharaui.

Rabuni (Argelia)-
Salik Abidi Bashir pasa la mano sobre la mesa del taller, pensativo. El gesto desvela el gris de la superficie, más intenso bajo la capa de polvo y resina que la cubría. Después, abre un pequeño cajón de plástico que debería albergar tornillos, pero que está vacío. "Llegué en febrero y no me habían dejado nada", relata mientras recorre el Centro de Ortopedia y Fisioterapia del Hospital Nacional de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) que dirige desde principios de año.
Las instalaciones del centro se mantienen en pie, pero el desabastecimiento de materiales es evidente. No siempre fue así. Entre 2008 y 2023 el centro contó con la financiación del Comité Internacional de la Cruz Roja (ICRC): ni esta entidad, ni el Ministerio de Sanidad de la RASD, ni el anterior director del centro, Ahmed Brahim, han concretado esta cifra. El ICRC no ha querido dar información económica a Público, por lo que este periódico no ha podido contrastar la cifra aportada por la nueva dirección del centro médico.
En cambio, la organización humanitaria sí ha explicado que el cierre del proyecto coincidió con un periodo de restricciones financieras que provocaron "una reducción significativa de su presupuesto a escala mundial". Ahora, en el centro ortopédico apenas queda un cartel con el logo de la organización en la puerta de uno de sus módulos. "Ya no tiene significado", lamenta Saadaa Dat, fisioterapeuta del centro.
Con su marcha, el ICRC dejó en el centro parte de la maquinaria y los equipos que había aportado, mientras que retiró otros. En cualquier caso, el flujo de materiales que abastecía al centro se cortó. Según la organización humanitaria, esto se hizo según lo establecido en el memorándum bilateral y los acuerdos de transición que firmaron junto a la RASD.
"Si se quieren reír de nosotros, pueden decirlo, porque no se puede transferir la gestión de este centro al Ministerio de Salud y dejarlo así, porque nosotros no tenemos presupuesto ni para comprar las sillas de ruedas", afirma tajante Alien Abdullah, actual director de Cooperación del Ministerio. Este funcionario saharaui estuvo al frente de este departamento entre 1995 y 2020, para volver a reincorporarse a comienzos de 2026. Según afirma, las conversaciones con la ICRC sobre la transferencia del centro comenzaron a ponerse sobre la mesa en 2020, cuando él todavía trabajaba en este departamento.
Hasta 2023, el centro atendía a una treintena de personas cada día. Ahora, atiende a 30 al mes
Una vez se agotaron las reservas, se produjo la lenta renuncia de los técnicos encargados de hacer las prótesis ortopédicas. Según los cálculos de Saadaa Dat, de las 13 personas que trabajaban en el centro durante la época de bonanza, solo quedaron ocho sanitarios cuyos puestos de trabajo dependen del Ministerio de Salud.
A partir de 2023, sin material ni personal suficiente para hacer frente al día a día del centro, la capacidad del servicio se desplomó. Según Dat, hasta aquel año atendían a una media de 30 personas diarias. Actualmente, esta es la cifra de pacientes a los que atienden a lo largo de un mes. Sin embargo, las necesidades de la población que vive en los campamentos de refugiados no se han reducido. Todo lo contrario. Un porcentaje importante de los saharauis que viven desplazados en Argelia están afectados por alguna amputación, tal y como confirma Alien Abdullah, director de Cooperación del Ministerio de Salud de la RASD. La falta de una estadística al respecto impide conocer la cifra exacta.
No pude hacer un zapato ortopédico porque no nos quedaba pegamento para la suela
La razón por la que las amputaciones abundan entre la población saharaui hay que buscarla bajo tierra, en las 10 millones de minas y otros artefactos explosivos que, según los datos que manejan las organizaciones locales, fueron enterrados por Rabat en el desierto.
De acuerdo al Servicio contra las Minas de la ONU (UNMAS), la mayoría de ellas fueron colocadas a lo largo de los 1.400 kilómetros de muro que Marruecos construyó en el extremo oriental del territorio que colonizó en 1976. Algunas de estas bombas alcanzaron a los militares del Frente Polisario que batallaron contra Marruecos, pero otras muchas fueron activadas por civiles saharauis que transitaban algunas de las zonas minadas sin saberlo.
Las víctimas de minas no son las únicas que necesitan atención ortopédica y de fisioterapia. También los enfermos de diabetes, las personas con malformaciones o las víctimas de otro tipo de accidentes acuden al Centro Nacional de Ortopedia y Fisioterapia en busca de prótesis, órtesis o andadores personalizados. Desde 2023 son pocos los que encuentran en el centro lo que han ido a buscar.
Abidi Bashir pone un ejemplo: "Ayer llegó un niño con una pierna más larga que la otra. Dos centímetros creo que fueron. Necesitaba un zapato [con suela a medida] pero no tengo pegamento". Puede comprarlo en Tinduf, la capital de la provincia argelina en la que se encuentran los campamentos, pero el centro no cuenta con partida presupuestaria para ello. De acuerdo con el relato de Dat, el Ministerio de Sanidad, a su vez también expuesto a los recortes en materia de cooperación, libera a cuentagotas pequeñas cantidades de dinero para comprar "tornillos, pegamento o cremas".
La opción de que el Estado saharaui en el exilio logre la autonomía económica suficiente como para financiar este tipo de gastos queda descartada. "Tenemos que ser muy claros", afirma contundente Alien Abdullah: "Aquí somos refugiados, y nosotros a nivel de presupuestos no tenemos ninguna independencia ni ninguna posibilidad. Lo único que podemos hacer son llamamientos para que alguna entidad cubra las nuestras necesidades según sus posibilidades."
De este modo, cincuenta años de colonización de Marruecos y Mauritania han sedimentado la dependencia de la población desplazada saharaui de la ayuda humanitaria. Mientras esta llega, lo que les queda a los trabajadores del centro es hacer malabares con el material que reciclan y el que consiguen reponer.
Gestionar el desabastecimiento y la precariedad
La abuela de Saadaa Dat necesita un andador, pero no disponen de uno en el centro. "Tampoco tengo sillas de ruedas", lamenta Abidi Bashir. Como explican desde el Ministerio de Sanidad, no existe ningún presupuesto para ello, así que las piden a España o a alguna ONG que pueda donarlas. En lo que tardan en conseguir los materiales que necesitan, el director del centro anota los nombres de sus pacientes en una lista de espera. Quienes necesitan el material sin demora no tienen más remedio que comprarlo con su propio dinero.
Todos los trabajadores de la salud tienen dos empleos
Son muy pocos los que pueden permitirse esta posibilidad. Sobre todo, si se tiene en cuenta que en 2024 la población saharaui refugiada en Argelia tenía una tasa de desnutrición aguda -una de las variables que permiten dimensionar la pobreza de una población- del 13,6%. Es decir, tres puntos por encima de lo que la Oficina de Derechos Humanos de la ONU (OCHA) considera "grave".
Quienes dependen de la Administración Pública de la RASD también se ven avocados a ciclos de impago. En el caso del Centro de Ortopedia, los trabajadores afirman llevar tres meses sin cobrar. Por su parte, el Ministerio de Sanidad asegura a este periódico que este es el funcionamiento normal del pago de salarios para todos los trabajadores de la institución. "No sufren ningún retraso, es que pagamos trimestralmente", afirma Abdullah, quien afirma que están intentando adelantar el mago de junio a finales del mes de mayo.
Por eso casi todo el mundo en los campamentos de Tinduf tiene varios trabajos. Además de fisioterapeuta, Saadaa Dat ha trabajado esporádicamente como traductor. No es un caso aislado. "Todos los trabajadores de la salud tienen dos empleos", explica a este periódico. De hecho, Hamudi Mojtar, el conductor que lleva a Público hasta el Centro de Ortopedia y Fisioterapia, es también el director del Departamento de Oftalmología del Hospital Nacional de la RASD.
Solo uno de los pocos pacientes que no pueden ser atendidos por el Hospital Nacional de Rabuni terminan siendo derivados a los centros médicos de otras poblaciones saharauis o, en los casos más urgentes, a los de las ciudades argelinas de Tinduf o Argel. A la escasez de recursos hay que sumar el aumento de personas con lesiones de traumatología con motivo de la reactivación de la guerra con Marruecos a partir de 2020. En todos los casos, el azar cumple un papel importante en estos traslados a centros médicos, ya que en muchas ocasiones dependen de la disponibilidad de camas o de materiales sobrantes en ellos.
Una población en guerra
El 13 de noviembre de 2020, el Ejército de Marruecos lanzó una operación contra cientos de manifestantes saharauis que cerraron la ruta de acceso a Guerguerat, ciudad situada en los territorios del Sáhara Occidental que Marruecos ocupa ilegalmente desde 1976. Al día siguiente, el Frente Polisario declaró el estado de guerra contra el país, retomando un conflicto que había permanecido dormido durante la larga tregua alcanzada por las partes en 1991.
La reactivación de las hostilidades ha creado un nuevo perfil de paciente, según cuentan los trabajadores del Centro de Ortopedia y Fisioterapia de Rabuni. "Desde que empezó la guerra recibimos casos no solo de personas que han sido impactadas por bombas, sino también que necesitan fisioterapia", describe Saadaa Dat. "El mes pasado llegaron cuatro o seis [soldados] amputados y los mandamos a Bir Lehlu, donde está el hospital militar", continúa Salik Abidi Bashir, director del área de Ortopedia. Ese centro, sin embargo, "necesita más ayuda" que la que él dirige, afirma el fisioterapeuta.
De momento, el número de fallecidos y heridos en el frente continúa siendo un misterio. Ni el Polisario ni los altos mandos de la República Árabe Democrática Saharaui se atreven a dar una cifra. "No puedo darle cifras", zanjó Bucharaya Hamudi Beyuni, primer ministro de la RASD, durante una rueda de prensa que concedió a medios extranjeros durante la celebración de la XIX edición del FiSáhara. "Lo que sí puedo decirle es que en las guerras siempre hay muertos y heridos".
La trampa de dependencia humanitaria
"Dependemos un 150% de la ayuda humanitaria", afirma rotundo Alien Abdullah, director de cooperación del Ministerio de Sanidad de la RASD. A su alrededor se acumulan carpetas y papeles. Su función es la de localizar financiación para los proyectos del departamento de salud del Estado saharaui en el exilio. Las necesidades de la población crecen de forma proporcional a los recortes en materia humanitaria y de cooperación para el desarrollo.
La crisis del tercer sector se hizo especialmente notable a partir de la pandemia de la covid-19, pero se sedimenta en la desconfianza en las organizaciones humanitarias canalizada por los movimientos ultranacionalistas, populistas y reaccionarios de derechas que, en la última década, han ido alcanzando cotas de poder en los estados del Norte Global. Según Itziar Ruiz-Giménez, esta dinámica viene precedida por una "vinculación de los fondos de ayuda humanitaria a los intereses geopolíticos y de seguridad de los países que eran antes los grandes donantes". De acuerdo con el análisis de la académica, hace tiempo que estas dinámicas venían horadando la legitimidad del régimen de ayuda humanitaria y generando recortes.
Según informó la ICRC a Público, la decisión de salir de Rabuni "se produjo en un contexto más amplio de restricciones financieras que afectaban a la organización" y que suponían "importantes déficits de financiación y el aumento de los costes operativos en todo el mundo". Aun así, explican, el de Rabuni se "concibió como un programa que debía transferirse progresivamente a las autoridades sanitarias locales". Sin embargo, en un contexto de desplazamiento continuado, estas están financiadas enteramente con las inversiones de ayuda humanitaria. Por ello, su autonomía es difícil de sostener a largo plazo. Especialmente, cuando esta requiere de la contratación de personal especializado y constantes compras de material.
La supervivencia material mínima que brinda la ayuda humanitaria no contribuye a la resolución del conflicto de fondo.
La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 ha empeorado esta situación. En febrero, la Administración republicana acabó con la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID), provocando un efecto dominó que ha sacudido todo el hemisferio sur. Desde la Comisión Internacional de la Cruz Roja hasta agencias de la ONU como la Agencia de los Refugiados (ACNUR), han visto sus fuerzas mermadas debido a estos recortes.
Este golpe es especialmente lesivo para las poblaciones que sobreviven a base de la ayuda humanitaria. Este es el caso del Centro de Ortopedia y Fisioterapia del Hospital de Rabuni, así como el de otros muchos proyectos de la RASD en los campamentos de refugiados saharauis. Tal y como explica Ruiz-Giménez, esto no se debe a un error de cálculo de las partidas humanitarias sino a que, "en realidad, la ayuda humanitaria no pretende resolver las causas que han provocado las crisis de los territorios vulnerables".
Lo que aporta la filantropía es una "supervivencia material mínima" que "no contribuye a la resolución del conflicto de fondo". En el caso del Sáhara Occidental, este no es otro que el "el incumplimiento sistemático" del derecho internacional "por parte de España, Marruecos y sus aliados, EEUU y Francia".
Abandonados por quienes debían revertir la colonización de Marruecos y por las organizaciones que les brindaban ayuda humanitaria, los refugiados saharauis, como otras tantas poblaciones vulnerables, quedan desamparados cuando el personal de estas ONG recogen sus materiales y se despiden de sus antiguos compañeros saharauis, dejando tras de sí apenas un cartel con el logo de la organización. Desgastado, todavía hoy corona uno de los módulos del centro médico, como prueba de que un día estuvieron allí.






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