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Las playas de Ciudad del Cabo, reflejo del legado del apartheid en Sudáfrica

El desalojo en diciembre de una de las playas más populares de la ciudad desata de nuevo la polémica racial en Sudáfrica. Pero detrás del incidente se esconde la discriminación económica, la causa que explica hoy la segregación en el país.

Un cartel de la empresa de seguridad que ordenó el desalojo de la playa de Clifton. - AFP

Por Navidad, con la llegada de los días libres, Ciudad del Cabo se vacía. Al menos los barrios más aseados, como Pinelands o Vredehoek. La clase media, mayoritariamente blancos que nunca se marcharon o expats que triunfan en los negocios, aprovecha estas fechas para disfrutar de unos días de descanso en resorts hoteleros o pequeñas ciudades costeras en un país con más de 2.500 kilómetros de fachada marítima. Por unos días, Cape Town es una ciudad sin atascos.

Es en estos días también cuando la mayoría de la población afrodescendiente, todavía confinada en las barriadas que rodean la ciudad, suele desplazarse a Clifton, quizás la más fotografiada de las playas de la Ciudad del Cabo. Una sucesión de calas de arena blanca convertida en uno de los desarrollos urbanísticos más lujosos del continente: chalés de terrazas infinitas y paredes de cristal copan la parte baja de la ladera hasta quedar literalmente colgadas sobre el arenal. Como el agua del Atlántico es aquí tan fría, son varias las viviendas que cuentan con piscinas propias con vistas al mar.

La zona cuenta desde hace unos meses con un servicio especial de vigilancia privada, contratada por propietarios y hosteleros de la zona después de que dos jóvenes fueran presuntamente agredidas sexualmente ante la inoperancia policial. Miembros de ese servicio privado de seguridad ordenaron desalojar la playa el pasado 26 de diciembre cuando todavía estaba llena de bañistas. Pronto el incidente se volvió viral y fue catalogado rápidamente como ‘agresión racial’.

"No se trató en ningún caso de un incidente racial", respondió inmediatamente el alcalde de la ciudad, Dan Plato, miembro del partido opositor Democratic Alliance ─y afrodescendiente─, quien esgrimió el hecho de que todas las personas que se encontraban en el arenal, independientemente de su colo de piel, fueron desalojadas. "Pero quién estaba allí ese día: nosotros, los ‘negros’", replica Chumani Maxwele, uno de los activistas más famosos del país tras liderar las protestas estudiantiles Rhodes must fall.

Activistas de diferentes grupos políticos se preparan para sacrificar a una oveja en la playa de Clifton. - AFP

Junto con otros miembros de la comunidad afrodescendiente de Ciudad del Cabo, Maxwele organizó una simbólica protesta para exorcizar "al demonio del racismo" sacrificando una oveja en plena playa ante la mirada horrorizada de bañistas y defensores de los derechos de los animales. El caso, traducido como un enfrentamiento más entre blancos y negros, entre creencias tradicionales y derechos de los animales, ya ha sido denunciado ante las autoridades, pero Maxwele se mantiene tranquilo. "De lo que tenemos que hablar", señala desde una cafetería donde no para de saludar a estudiantes, "es de que el racismo todavía está ahí. Lo que ocurrió en Clifton no es algo único: puedes pasear por todo el país y te encontrarás decenas de casos como este".

El vínculo entre raza y pobreza

Aunque la segregación legal, el régimen del apartheid, ya está olvidado en Sudáfrica, su legado sigue todavía vigente. "Las raíces están ahí. Todavía es una mayoría de población negra la que vive en las afueras de las ciudades y tardan horas en llegar a sus puestos de trabajo", señala la activista Koketso Moeti, impulsora de la plataforma cívica Amandla.mobi. Una discriminación que no se justifica en la raza, sino en la pobreza, como si ambas no estuvieran íntimamente relacionadas. "Hay un problema de discriminación geográfica: dependiendo de donde nazcas vas a tener más o menos oportunidades", resume Maxwele.

De ahí que aunque ya no existan playas para blancos y playas para negros y personas de color, esta distinción siga vigente en la práctica: basta pasear por los arenales que dan forma al cabo para darse cuenta. Transporte, accesos, servicios ─duchas─ o hasta el tipo de chiringuitos y restaurantes son diferentes.

Una realidad que irriga todos los estratos de la sociedad sudafricana. Hay barrios seguros y otros inseguros. Hay escuelas inclusivas y con varios profesores por aula y otras en las que no hay sustitutos cuando el profesor se pone enfermo. Hay hospitales con enfermeras especializadas y otros en los que ni siquiera hay enfermeras para cubrir todos los turnos. Una ‘privatización’ de la sociedad que resume el verdadero motivo de la segregación actual en Sudáfrica: el poder adquisitivo.

"No es que haya escuelas de negros y escuelas de blancos, pero no podemos negar que la población afrodescendiente tiene menos oportunidades" de progresar educativa y laboralmente, apunta Moeti después de que el país volviera a sobresaltarse semanas más tarde del incidente de Clifton tras la aparición de una fotografía de una escuela en la que los niños aparecían separados por el color de su piel. Aunque se trataba de una simple tarea en la que se dividía a los alumnos en función de si sabían o no hablar afrikaans, el idioma derivado del neerlandés que hablan los descendientes de los colonos, lo ocurrido ha sido interpretado una vez más como un incidente racial.

Imagen de archivo de Clifton. - AFP

Entre la minoría blanca, todavía marcada por el estigma de los excesos del apartheid, rehuyen de las acusaciones de racismo. Prefieren hablar de inseguridad y de años perdidos por un Gobierno corrupto. Entre las comunidades afrodescendientes hay voces como la del profesor de Wahbie Long de la Universidad de Ciudad del Cabo que discrepan de que "todos nuestros problemas deban ser explicados con el argumentario del racismo". Pero sin duda, aunque sea en forma de gentrificación, este sigue ahí.

La criminalidad como justificación

Para acceder a la playa cuarta de Clifton, la más familiar de la bahía, hay que callejear entre los muros que protegen los chalés. El aparcamiento está lleno y los Uber esperan su turno para recoger y dejar bañistas. Como en todo el país, donde son asesinadas una media de 56 personas al día, la inseguridad está en el foco de las conversaciones. Los vecinos aseguran que han aumentado los robos. Tienen miedo y quieren saber quién merodea por sus calles. Por eso contrataron a Professional Protection Alternatives (PPA). Como también hicieron en Fresnay, otro de los barrios lujosos de la ciudad, donde la misma compañía repitió táctica: cerró algunas calles durante la celebración de año nuevo alegando motivos de seguridad.

Una privatización de los espacios públicos que realizan con la connivencia de las autoridades. A nadie le conviene que un incidente, especialmente de población blanca o de turistas, vuelva a copar las portadas. Aunque sea mayoritariamente la juventud afrodescendiente la que fallece a causa de la violencia en Sudáfrica. "Están matándose entre ellos", resume un carpintero jubilado que pasea tranquilamente por las playas de Bloubergstand, lejos del bullicio de Clifton Bay. Aquí no hay más que una familia afrodescendiente en la arena. En la cuarta de Clifton, el día anterior, un sábado finales de enero, solo dos. Y un grupo de jóvenes que no presta atención a razas ni colores.

"Pero, ¿estar a salvo de qué?", se pregunta, algo irritado ya, Maxwele al escuchar la enésima queja por la inseguridad en Sudáfrica. "Lo que nadie se pregunta aquí es cuáles son las causas de esas violencia".

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