Rusia se toma con calma las amenazas nucleares de Trump y no desvía su atención de Ucrania
El despliegue por Trump de dos submarinos nucleares cerca de Rusia no inquieta a Moscú, ocupado en afianzar su avance en Ucrania y seguro de su propio potencial atómico.

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La guerra de Ucrania se revela cada día que pasa como la mayor evidencia del fracaso de la política exterior del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Si justo antes de asumir su mandato se creía capaz de solucionarla en 24 horas, medio año después no solo ha enmarañado más el conflicto, sino que ha dado pasos muy peligrosos y acordes con su caótica estrategia diplomática, que bebe en el tradicional desprecio de EEUU a sus rivales geopolíticos.
Su amenaza directa al Kremlin, con el despliegue de "cerca de Rusia" de dos submarinos con armas atómicas, dispara la tensión con Moscú al dar un paso más allá de la disuasión nuclear. Aunque queda por ver el alcance real de la medida, el Kremlin mantiene la calma, para mayor incertidumbre y nerviosismo de Trump y sus halcones, que se ven incapaces de influir en la trayectoria bélica rusa en Ucrania.
De cara a la galería, Moscú sigue apostando por mantener los contactos con Washington, recuperados de alguna forma tras la llegada de Trump a la Casa Blanca. El Kremlin también opta por no hacer demasiados aspavientos, al contrario que su interlocutor. Al tiempo que tiene sus drones, misiles y tanques en movimiento, Rusia prefiere negociar casi en secreto, como está ocurriendo con el enviado estadounidense Steve Witkoff, y, mientras tanto, sigue implacable su hoja de ruta bélica para consolidar la conquista de buena parte de Ucrania.
El tema nuclear sobre el tapete
El problema de los pulsos entre superpotencias es que el adversario siempre puede subir la apuesta y hacer que el siguiente movimiento, aunque empiece siendo dialéctico, se torne irreversible y supere los límites de la mera disuasión. Esta semana, el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitri Medvedev, advirtió de que los ultimátum lanzados por Trump días atrás, con amenazas de fuertes sanciones si Moscú no firma ya un alto el fuego en Ucrania, son “un paso hacia la guerra” contra EEUU.
A Trump no le gustó nada esta advertencia lanzada por quien fuera presidente de Rusia entre 2008 y 2012 y primer ministro de 2012 a 2020, un político de naturaleza lenguaraz que ha dicho cosas mucho más ominosas. El mandatario estadounidense se lo tomó a la tremenda y ordenó el viernes ese despliegue de submarinos nucleares “por si esas declaraciones insensatas resultan más que palabras”.
Trump utilizó el pretexto que le había dado Medvedev en su última provocación para cargar sus amenazas contra Moscú y de paso sacar a relucir el tema nuclear, una cuestión que Washington hasta ahora había eludido desde que comenzó la invasión rusa en febrero de 2022. “Un expresidente de Rusia, Medvedev, quien ahora está a cargo de uno de los consejos más importantes, dijo cosas muy malas al hablar de energía nuclear. Y cuando se menciona la palabra nuclear, me pongo a pensar: Seamos cautelosos, porque es la amenaza definitiva. No debería haberlo dicho. Es un bocazas”, reafirmó Trump de nuevo este sábado.
La reacción de Medvedev había tenido en esta ocasión cierta congruencia, pues se produjo tras los ultimátum emitidos contra Rusia por Trump, frustrado por el caso omiso que el Kremlin ha hecho hasta ahora a sus demandas de una tregua en Ucrania.
“Trump está jugando al juego de los ultimátum con Rusia: 50 o 10 días... Él debería recordar dos cosas. Primero: Rusia no es ni Israel ni siquiera Irán. Y segundo: cada nuevo ultimátum es un paso hacia la guerra. No entre Rusia y Ucrania, pero con su propio país”, había indicado Medvedev el lunes pasado en su cuenta de X.
La Mano Muerta del arsenal nuclear ruso
No se hizo entonces mención alguna a las armas nucleares. Sí la hubo el jueves, cuando en otra alocución Medvedev aludió al mítico sistema Mano Muerta de las fuerzas nucleares soviéticas y que quizá todavía Rusia podría tener activo. Se trataba de un sistema automático de respuesta de represalia atómica que se desarrolló en tiempos de la URSS para el caso de que la cúpula militar y política del país fuera destruida en un primer golpe nuclear enemigo.
Trump pasó entonces a activar la propia disuasión atómica estadounidense con esos dos submarinos armados hasta los dientes. Están ya “más cerca de Rusia”, apuntó. Los dos navíos serían sendos sumergibles nucleares de la clase Ohio, con capacidad para portar dos docenas de misiles balísticos Trident, cada uno con 14 ojivas nucleares y potencial para destruir objetivos múltiples a una distancia de hasta 12.000 kilómetros.
Es decir, Trump respondía a la verborrea de un halcón del Kremlin, conocido por sus muchos excesos verbales, con una amenaza nuclear en toda regla y la supuesta activación de una de las capacidades bélicas más poderosas del Pentágono.
No obstante, su insistencia en la proximidad a Rusia de esos submarinos mostraba su escaso conocimiento del funcionamiento de tales sistemas militares: el alcance de los misiles nucleares a bordo de esos sumergibles en realidad permite que sean utilizados desde cualquier lugar lejano del planeta con la misma efectividad que si se encuentran mimetizados en las costas de Rusia.
¿Insinuó Trump que está dispuesto a lanzar un ataque preventivo a Rusia?
Este paso y las intenciones reales de Trump han sido abordadas con alarma incluso en Washington por especialistas conocedores de Rusia y del propio presidente estadounidense, demasiado dado a oscilar entre las baladronadas y las amenazas reales, sin que el contrincante llegue a saber a ciencia cierta qué pasa por su mente.
“Es un asunto muy arriesgado”, afirmó en una entrevista a la CNN John Bolton, quien fuera asesor de Seguridad Nacional del propio Trump en su primer mandato presidencial (2017-2021). Según el diplomático (representante permanente de EEUU ante la ONU en 2005 y 2006), el peligro es que el Kremlin interprete que Trump “está insinuando la posibilidad de asestar un golpe preventivo” nuclear contra Rusia.
Bolton explicó que la naturaleza de ese tipo de submarinos, siendo indetectables y normalmente en movimiento por esas mismas áreas que sugirió Trump, haría el anuncio de su despliegue redundante, salvo que su intención fuera precisamente cargarlo de amenaza. Algo que no habrá gustado nada a los rusos, en opinión de Bolton.
Rusia desdeña los ultimátum de Trump
Para el experto, en cambio, la decisión de Trump de presionar a Moscú con dos ultimátum (primero de cincuenta días y después de diez, concluyendo el 8 de agosto) para imponer aranceles secundarios del cien por cien a los países que compren sus hidrocarburos, como China o India, no preocupa en absoluto a Putin.
Según Bolton, el jefe del Kremlin piensa que los rusos “están ganando en Ucrania a pesar del horrible coste humano. Obviamente, después de seis meses tratando de conseguir un alto el fuego, Trump ha fracasado. Y no hay indicios de que eso vaya a cambiar”, agregó.
La cuestión es que Medvedev, aunque pueda ser considerado un “bocazas” por sus declaraciones, no parece que haya expresado esa opinión sin contar antes con el visto bueno del Kremlin. Como pretoriano de Putin, ha sido utilizado en otras ocasiones para tantear el ambiente y provocar una reacción. En esta ocasión, tal reacción puede haber sido desmesurada.
Espacio para el diálogo, pero solo con EEUU
Mientras Trump lanza sus invectivas, la diplomacia estadounidense sigue actuando dirigida por Witkoff, con los pies más en el suelo que su jefe en la Casa Blanca. Y no es para menos, el tiempo vuela y solo juega a favor de Rusia, no para Ucrania.
Pese a las amenazas de Trump, con submarinos o con sanciones, el Kremlin se muestra firme y sin reacciones histriónicas. Esta semana, Putin apostó por una “paz sólida” e incluso calificó de “positiva” la tercera ronda de negociaciones entre rusos y ucranianos celebrada a fines de julio en Estambul. Reunión que en realidad no llevó a ninguna parte, pero que el Kremlin quiere resaltar, al menos eufemísticamente, como parte de su compromiso negociador.
También se manifestó el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, quien remarcó que las negociaciones con EEUU son “muy útiles”. Incluso llegó a señalar que el mérito de las reuniones de Estambul se debía atribuir a Trump y que Washington muestra mucha mayor comprensión del conflicto de Ucrania que sus aliados europeos.
Es decir, mientras Trump se exaspera con las maniobras diplomáticas rusas y amenaza con sus sistemas nucleares más potentes, el Kremlin se lo toma con calma e incluso alaba a quienes le amenazan. No se trata de temor o respeto, la realidad es que Moscú prefiere no perder el tiempo en diatribas con un líder, Trump, que dará otro bandazo en cualquier momento y prefiere centrarse en el campo de batalla.
El peligro de colapso en el este
Porque la realidad es que en el frente las cosas no van nada bien para Ucrania. Y los propios asesores de Trump lo saben, de ahí la celeridad que imprimen a la firma de un armisticio antes de que sea demasiado tarde para Kiev o de que corran un riesgo innecesario los nuevos intereses económicos estadounidenses en Ucrania. Algunas de las zonas ucranianas de explotación mineral conjunta con empresas estadounidenses, según el acuerdo firmado entre ambos países, se hayan demasiado cerca del frente y pronto podrían ser absorbidas por Rusia.
Esta semana, Rusia anunció la conquista de Chásiv Yar, un bastión clave de la región de Donetsk. Esta captura abre nuevas vías de penetración rusa en el este de Ucrania, en dirección hacia ciudades de Donetsk aún en manos ucranianas, como Sloviansk y Kramatorsk. La caída de esta última localidad, antaño pivote de la producción militar ucraniana en el este del país y hoy día la mayor fortaleza que tiene Kiev ante Rusia, supondría un golpe devastador para Ucrania.
Por si fuera poco, la inteligencia británica advirtió este domingo de que el ejército ruso está acelerando su ofensiva sobre otro bastión ucraniano, la localidad de Pokrovsk, convertida por las fuerzas armadas de Kiev en el centro neurálgico de su presencia militar en Donetsk.
La corrupción puede pasar una factura muy cara a Ucrania
En estas circunstancias, la llegada de nuevo armamento europeo o estadounidense comprado y donado por Europa es esencial. Y las relaciones entre Bruselas y Kiev no pasan por su mejor momento tras las cortapisas que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, puso al funcionamiento de las agencias anticorrupción en Ucrania.
Finalmente, tras una maniobra parlamentaria muy burda y evidente, Zelenski se congració con la Unión Europea, muy preocupada por la corrupción rampante en Ucrania, e incluso anunció a bombo y platillo que había desmantelado una red de sobornos relacionada con la compra de material militar.
Con esta operación, Zelenski intenta mostrar su voluntad de acabar con esa lacra de Ucrania, paso muy oportuno tras su ofensiva, después rectificada, contra las dos agencias anticorrupción. El problema es que también ha quedado en evidencia de nuevo la sospecha de que no todo el armamento que llega a Ucrania donado por Occidente sigue un curso legal y que alguien podría estar desviando armas y mucho dinero para sus intereses particulares al amparo de esta guerra.


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