Opinión
La UE es cada vez más una periferia con su centro en Washington

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
En estos días estivales han tenido lugar varios hechos en el marco del contexto europeo que van pavimentando el camino sobre el papel que jugará el continente durante los próximos años. En realidad, este panorama comenzó a dibujarse ya hace años, si bien, acontecimientos como la pandemia de la covid-19 o la invasión a gran escala de Rusia sobre Ucrania han marcado una serie de hitos sobre ese camino que cada vez señalan más claramente la ruta por la que transita el viejo continente. Una ruta que va acorde a los ritmos que está marcando el cambio época que se vive a estas horas en tiempo real. Un cambio de paradigma que abarca no solo al sistema internacional vigente desde la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, sino que también impacta en los sistemas democráticos que se daban por descontado. Desde las viejas metrópolis de los imperios, aunque parezca sorprendente, todavía cuesta entender lo que sucede y se pretende continuar reivindicando una grandeur que hace ya tiempo que no existe.
Estas semanas hemos vivido una cumbre de la OTAN en La Haya y una negociación comercial, a cara de perro, con Washington. En ambas se han dirimido las nuevas reglas del juego de las relaciones transatlánticas. Unas relaciones que se sostienen, no conviene engañarse, en varios aspectos que dejan de facto sin autonomía estratégica a la UE que es cada vez más dependiente en materia energética y de defensa de los EEUU. Unas relaciones que apuntalan, de una manera evidente, la capacidad de marcar el ritmo al hegemón norteamericano y donde cada vez está más claro que la UE es una periferia de un centro sito en Washington.
En ambos casos, el relato que nos llega por parte de las elites es una explicación que tiene dos componentes. De un lado, el de mantener estabilidad y predicibilidad, de otro, ganar tiempo frente a un líder, Trump, que parece dispuesto a romper con todas las normas establecidas hasta el momento. Durante la Cumbre de la OTAN una buena parte del debate público estimó que, en realidad, lo que se había hecho era ganar tiempo realizando promesas que nunca se cumplirán. La explicación de la reunión entre la sin par Von der Leyen y Trump ha ido por el mismo camino. Una reacción conservadora ante una propuesta altamente perniciosa en lo comercial y extremadamente dócil en lo político. Una reacción conservadora que apuesta por el “podría ser peor”, que casa muy mal con los discursos que apuntan a las fortalezas europeas. Me pregunto cómo es posible que alguien aún crea que si con lo más potente que se ha logrado construir en el marco europeo, el Mercado Único, no se ha sido capaz de negociar en términos de igualdad, cómo se pretende aspirar a ser algo más que un mero comparsa de nuestro otrora amigo americano.
Porque tal y como cabía esperar, el actual inquilino de la Casa Blanca no es de fiar. El 1 de agosto se publicaba la orden ejecutiva que ajustaba los aranceles recíprocos y codificaba los acuerdos comerciales recientes negociados por Washington como el de la UE o el de Japón. Y se ha visto como la orden ejecutiva emitida por la Casa Blanca no incluye dos de los aspectos cruciales del acuerdo comercial que Bruselas, pero, sobre todo, alemanes e italianos, nos han querido vender como el mejor acuerdo posible: el documento publicado por los estadounidenses ni reduce los aranceles al sector automovilístico del 25% al 15%, ni tampoco introduce aranceles del 0% a los productos estratégicos. Veremos si hay reacción. No la hubo cuando tuvo lugar la voladura del Nord Stream, no parece que algo vaya a suceder en las actuales circunstancias.
Mientras eso sucede, no paramos de escuchar frases cómo “no nos podemos quedar en el rincón de la irrelevancia” y “debemos consolidarnos como actor político” emitidas por personalidades destacadas del establishment bruselense. Y, sin embargo, en los ámbitos de pensamiento, think tanks y similares estos temas se llevan años debatiendo, si bien, con poco espíritu crítico, salvo honradas excepciones, y, claro, con propuestas poco o nada rupturistas. En realidad, hasta que la situación ha sido extrema, no se ha comenzado a decir en voz alta lo que algunos llevaban diciendo desde la aprobación de un tratado de Maastricht que quiso avanzar en la integración política, pero sin tocar aquello que más falta hacía para conseguirlo, la unión fiscal. Nadie pone en cuestión las dificultades de convencer a las capitales de esa trascendente cesión de soberanía. Entonces quizás hubiera sido más sencillo, con doce Estados miembros; ahora, con 27 y una ola reaccionaria sobre la UE, no parece que ese vaya a ser el camino a seguir, que en lugar de a una mayor unidad está llevando a una mayor fragmentación. De hecho, lo que se ha observado estos días es que precisamente ahí donde la UE tenía su mayor capacidad de resistencia, en el Mercado Único, ha sido donde se ha cedido a la presión estadounidense. Si antes de la covid-19, la invasión de Ucrania y Trump, los europeos confiaban en su poder regulatorio, este nuevo acuerdo pone en cuestión ese poder. Si antes del genocidio de Gaza, la UE se erigía como defensora de los derechos humanos en el mundo, su inacción, su inoperancia, su hipocresía y su ausencia de coherencia demuestra que tampoco es referencia para nadie.
La realidad es que el nuevo orden global está compuesto por Estados con ambiciones imperiales. La realidad es que todavía hay quien se piensa que los gobiernos no obedecen a intereses económicos que se resisten a perder su preeminencia en el contexto de una globalización neoliberal que se encuentra en transformación. La realidad es que la UE no es un Estado y que si, en algún momento, quiere efectivamente tener voz propia debe tener una mayor potencia política, además de algún tipo de coherencia. La cuestión aquí es ¿es eso posible en las actuales circunstancias? incluso aunque se pudiera trascender ese contexto, ¿sería eso posible en un entorno de democracias liberales cuando los equilibrios de fuerzas se decantan cada vez más hacia posiciones autoritarias?
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