"Mi madre murió ahogándose y agonizó durante seis días": las víctimas de las residencias le explican a Ayuso por qué están "frustradas"
La presidenta arremete contra las familias de las víctimas en la misma semana en que un exalto cargo del Gobierno de Madrid admite que las residencias no se medicalizaron "lo suficiente" en la pandemia.
Siete familiares responden a Ayuso en una conversación con 'Público': "Estamos frustrados por tener una presidenta que se niega a investigar lo que fue un auténtico genocidio".

Madrid--Actualizado a
Carmen López, María Jesús Valero, Lola Parra, Maite Rodríguez, Mari Paz Villanueva, Bárbara Yanci y Concha Quirós llevan años luchando en los tribunales por sus seres queridos. Son algunas de las familiares de las víctimas de las residencias madrileñas durante la pandemia. Las mismas a las que Ayuso calificó este miércoles como parte de una "plataforma de frustrados", que acumulan "143 procesos judiciales perdidos". Las mismas que, según afirmó en febrero del año pasado, siguen "con las mismas mierdas". Para Ayuso, son unas "resentidas".
En conversación con Público, explican el origen de sus "frustraciones". No son pocas. En varios casos llevan seis años de periplo judicial y todas sufren una doble victimización, sostenida en el tiempo: la pérdida y el desprecio institucional. Razones para sentirse así, dicen, no les faltan. Las familias interpretan los "insultos" de Ayuso como otra cosa: "Miedo". Miedo a que se sepa toda la verdad y a que su nombre salga a la palestra.
Hoy, varios exaltos cargos del Ejecutivo madrileño están imputados en al menos ocho procedimientos judiciales por la discriminación sufrida. El último movimiento ha vuelto a sacudir el tablero: Carlos Mur, exdirector de Coordinación Sociosanitaria, señaló el lunes ante el juez a otros responsables del Gobierno de Ayuso, entre ellos la entonces viceconsejera de Sanidad, Ana Dávila, y el exconsejero Enrique Ruiz Escudero. A ello se suma que El País sacó a la luz este jueves una cadena de correos que acreditaría que el Gobierno regional era consciente de que las residencias no estaban medicalizadas, algo reconocido tanto por Mur como por Martínez Peromingo en sede judicial. Estas son siete historias marcadas por la angustia y la desolación:
Carmen Llorente (Leganés)
Carmen Llorente era una mujer con energía y ganas de vivir. Así la recuerda su hija, Carmen López. Le gustaban los parques, y por eso la familia decidió trasladarla a la residencia Parque de los Frailes, en Leganés. La experiencia, sin embargo, fue desde el principio una pesadilla. Durante el primer mes, Carmen llevaba una sonda vesical que, según denuncia su familia, le fue arrancada hasta en cuatro ocasiones. "Estuvo tres semanas sin que la bañaran. Cuando no les venía bien o no había personal, directamente no lo hacían", explica a este diario. La situación era tan grave que, poco después de su ingreso, la familia presentó una reclamación colectiva junto a otros 90 residentes.
Carmen López, familiar de una víctima: "Mi madre nos contaba que no había trabajadoras suficientes, que no tenían equipos de protección"
Con la llegada de la crisis sanitaria, madre e hija mantenían el contacto por teléfono. Carmen contaba en primera persona lo que estaba viendo dentro de la residencia. "Nos decía que no había trabajadoras suficientes, que no tenían equipos de protección, que había visto a empleadas con bolsas de basura y que muchas no llevaban mascarilla. Perdió la noción del tiempo. La acostaban después de comer y no la volvían a levantar hasta el día siguiente". Sin previo aviso, los residentes fueron confinados en sus habitaciones. Carmen llamó a su hija aterrorizada. "No la dejaban ni asomarse a la puerta. Lo vivió de forma muy traumática. Decía que aquello le recordaba a la Guerra Civil". Un día, el teléfono de su madre dejó de sonar. Desde la residencia le dijeron que estaba "muy mal" y que no podía coger el teléfono.
La familia pidió entonces, desesperadamente, que la trasladaran a un hospital. El traslado se produjo, pero por un error. "La doctora pensó que mi madre caminaba por sí sola, cuando en realidad estaba en silla de ruedas", explica Carmen. A quienes estaban en silla de ruedas no se les derivaba a los hospitales. Carmen Llorente ingresó con una neumonía bilateral y una saturación de oxígeno muy baja. Tras un mes hospitalizada, falleció el 1 de mayo.
Alfonso Valero (Usera)
El 26 de marzo de 2020, Alfonso Valero falleció en una residencia de mayores del barrio madrileño de Usera. Sus hijas nunca supieron con certeza dónde ni cuándo contrajo la enfermedad que acabó con su vida. María Jesús Valero revive al otro lado del teléfono la última videollamada que pudo mantener con su padre. "Tenía la mirada perdida. Le pregunté qué le pasaba, dónde estaba. Solo acertó a decirme que estaba malito. Esa mirada no se me va a borrar nunca".
María Jesús y su hermana suplicaron que Alfonso fuera trasladado a un hospital. Fue entonces cuando, según explican, descubrieron que existía una orden que impedía a las ambulancias acudir a las residencias. "Intentamos llevárnoslo nosotras mismas en el coche", cuenta, "pero nos dijeron que era imposible, que estaba demasiado mal y que solo podía trasladarse en ambulancia". La siguiente llamada ya no fue para informar de su evolución, sino para comunicarles su muerte.
Antonio Cintas (Alcorcón)
También en marzo de 2020, pero el día 27, murió Antonio Cintas. Llevaba casi una década viviendo en una residencia pública de Alcorcón, donde ingresó en 2011. Su nuera, Lola Parra, reconstruye para Público aquellos días marcados por la incertidumbre y la angustia. Una semana antes de su fallecimiento, la familia recibió la primera llamada de alerta. "Nos dijeron que tenía fiebre, que respiraba mal y que tenía mucha tos". El 22 de marzo, Lola telefoneó a la residencia para saber cómo estaba Antonio. Le respondieron que tenían demasiadas personas a su cargo y que no podían atender el teléfono.
Desde entonces, las llamadas fueron diarias, pero sus versiones contradictorias. "Un día nos decían que estaba mejor y al siguiente que estaba peor", prosigue. El 26 de marzo, Antonio fue el primer residente del centro al que se le realizó la prueba de la covid-19. El resultado fue positivo. "Nos dijeron que iban a ir al hospital a por la medicación y que no nos preocupáramos, que no estaba tan mal como otros residentes". A la mañana siguiente, el 27 de marzo, volvieron a llamarles para confirmar que estaban de camino a recoger el tratamiento.
Lola Parra, familiar de una víctima: "Nos dieron la información a cuentagotas, sin explicarnos la gravedad real. Nos pilló desprevenidos"
En casa, la familia vivía esas horas con muchísimo nerviosismo. "Una doctora nos tranquilizó, nos dijo que ya le habían puesto la medicación y que había comido", cuenta Lola. Sin embargo, poco después, una amiga suya que trabajaba en el centro le trasladó una versión muy distinta. "Me dijo que mi suegro no había comido, que estaba solo en una habitación, desatendido, y que no había tomado nada de lo que nos habían dicho". A las 17.30 horas de ese mismo día llegó la última llamada. Antonio había fallecido. "Mi marido empezó a gritar, estaba destrozado. Nos habían ido dando la información a cuentagotas, sin explicarnos la gravedad real. Nos pilló desprevenidos", lamenta.
Petra Gadea (Getafe)
El 12 de abril de 2020 murió Petra Gadea en la residencia Los Ángeles de Getafe. Para su hija, Maite Rodríguez, no hay dudas sobre las causas de su muerte. "Mi madre no murió de covid. Murió como consecuencia de la aplicación de los protocolos de la muerte de la Comunidad de Madrid", afirma tajante a Público. Petra enfermó en plena primera ola. Desde la residencia, manifiesta su hija, les trasladaron que presentaba síntomas compatibles tanto con la covid-19 como con cualquier otra patología respiratoria. "Nunca sabremos qué tuvo realmente, porque no había pruebas. No se les hacían test".
Maite Rodríguez: "Mi madre no murió de covid. Murió como consecuencia de la aplicación de los protocolos de la muerte"
Lo que sí tiene claro es lo que no ocurrió. "En ningún momento fue derivada a un hospital público, ni a uno privado, ni a un hotel medicalizado, ni al Ifema. Tampoco se medicalizó la residencia", denuncia. Petra permaneció en el centro sin atención hospitalaria mientras su estado empeoraba día tras día. "Mi madre murió ahogándose. Agonizó durante seis días". "Fue una pesadilla para ella, estoy segura. Y lo fue también para toda la familia", denuncia.
Eduardo Villanueva y Paz Sanz (Fuencarral-El Pardo)
Paz y Eduardo vivían en el centro de mayores Doctor González Bueno. Su hija, Mari Paz Villanueva, corrobora a Público que jamás llegó a saber cómo ni cuándo enfermaron. "La llamada que recibí no fue de ningún médico, ni de una enfermera, ni de una auxiliar. Era la persona encargada de la rehabilitación", revela. Desconcertada, pidió hablar con un facultativo. Su madre murió el 6 de abril. "Me dijeron que la habían encontrado sin vida en su habitación", dice con voz entrecortada. Al día siguiente, volvió a sonar el teléfono. Esta vez era un médico. Le comunicó que no podían trasladar a su padre a un hospital y que iban a sedarlo porque no conseguía saturar.
Mari Paz Villanueva: "Las últimas palabras que escuché de mi padre fueron: 'Ay no puedo, no puedo'"
Mari Paz suplicó que lo llevaran. La respuesta fue la misma: sedación. Ante la falta de explicaciones, preguntó directamente qué iba a ocurrir, si al día siguiente la llamarían para comunicarle su fallecimiento. No obtuvo respuesta. A las ocho de la mañana del 8 de abril le comunicaron que su padre había muerto. Las últimas palabras que Mari Paz escuchó de él fueron un susurro de angustia al otro lado del teléfono: "Ay, no puedo, no puedo".
Luis Yanci (Torrelodones)
Luis Yanci vivía en una residencia debido a una demencia avanzada. Aunque era joven, era dependiente y se desplazaba en silla de ruedas. Su hija, Bárbara, cuenta a Público que en 2018 tuvo que ingresarlo en la residencia Sanitas Torrelodones. El 19 de marzo recibieron un aviso de que Luis había sido cambiado de habitación. Preguntaron si era por aislamiento relacionado con la covid-19, pero les aseguraron que no. Al día siguiente, vieron en la aplicación digital de la residencia que le habían administrado antibiótico. Intentaron comunicarse con el centro, pero fue imposible. El 21 de marzo les informaron de que tenía una infección de orina.
Desde entonces hasta el 31 de marzo, la doctora solo lo visitó en cuatro ocasiones, pese a que Luis empezaba a mostrar problemas de saturación y presentaba dos heridas que no fueron tratadas a tiempo. "El 30 de marzo, con fiebre y saturación del 78%, el geriatra de enlace de Puerta de Hierro cambió su antibiótico y decidió mantenerlo en la residencia, tomando muestras y controlando su evolución allí, algo que contrastaba con los traslados inmediatos que recibía en 2018 ante síntomas menores", expone Bárbara. El 1 de abril, la familia fue informada de que Luis desaturaba gravemente, tenía fiebre y frecuencia cardíaca muy baja. Se le administraría morfina y les ofrecieron despedirse. Cuando llegaron, lo encontraron casi inconsciente. El 2 de abril, a las 10.00 horas, recibieron la llamada que confirmaba su muerte. "Fueron días llenos de nervios e incertidumbre. No había forma de contactar con la residencia cuando queríamos. Pensábamos que nuestro padre estaba mejor de lo que realmente estaba. Fue una experiencia llena de impotencia", lamenta.
Josefa Vázquez
El 8 de marzo de 2020 fue la última vez que Concha Quirós pudo ver a su madre, Josefa Vázquez. Era el Día de la Mujer. Concha y su padre llevaron una tarta y flores para merendar con ella. Desde entonces, nunca volvieron a ver ni a hablar con Josefa. "Mi padre iba a verla todos los días. Pasaban la tarde juntos, reían, recordaban, lloraban…", relata Concha a Público. "Lloraba como un niño. Yo llamaba constantemente a la residencia para pedir información y solo recibía mentiras: 'No hay ningún residente con covid-19'. O me decían: 'Sí, su familiar está muy bien, pero no puedo ponerla al teléfono, tenemos muchas llamadas'".
Concha Quirós, familiar de una víctima: "No fue un accidente. Fue la creación de unos protocolos que llevaron a la muerte a 7.291 personas"
Concha se hacía preguntas que nunca obtuvieron respuesta: ¿quién le explicó a su madre que no podrían verla? ¿Quién la consoló? ¿Cuándo enfermó? ¿Le hicieron la prueba? ¿Qué medicación recibió? ¿Estaba sola en su habitación? Un día, a las 7.30 horas, una médica le contestó al teléfono: "A su familiar la bajamos al sótano a su extinción". "¿Cómo se describe la impotencia, la desolación, el querer parar el tiempo?", se pregunta. "No fue un accidente. Fue la creación de unos protocolos que llevaron a la muerte sin asistencia adecuada a 7.291 mayores, víctimas de esos protocolos de la vergüenza, de la deshumanización que la señora Isabel Díaz Ayuso, Enrique Ruiz Escudero, Francisco Javier Martínez Peromingo y Carlos Mur crearon, acataron y firmaron", sentencia.
"No somos frustrados: exigimos verdad"
"Ayuso se está quedando sin tiempo", condensan las familias. "No hemos recibido atención psicológica, pero sí se nos ha permitido que nos insulten", denuncia María Jesús Valero. "Seguimos esperando la verdad para poder cerrar un duelo que está siendo muy largo". "Quieren que nos cansemos, pero no lo van a conseguir", afirma Lola Parra. "No somos frustrados, estamos profundamente indignados. Nos insulta a nosotras y a nuestros familiares fallecidos. Es una falta de respeto intolerable". Para Carmen López, las descalificaciones esconden nerviosismo: "Ayuso sabe que su nombre puede salir en cualquier momento. Estamos frustrados, sí, pero por tener una presidenta que se niega a investigar lo que fue un auténtico genocidio en las residencias madrileñas y que se limita a insultar a las familias".
Maite Rodríguez pone el foco en las secuelas invisibles: "Muchas personas que hemos pasado por esta pesadilla hemos necesitado ayuda psicológica, algunas psiquiátrica, y todavía hoy seguimos protegiendo nuestra salud mental. Para cerrar el duelo necesitamos que se investigue hasta el final, que se llegue a las máximas responsabilidades y que haya consecuencias jurídicas, políticas, públicas y mediáticas".
María Jesús Valero: "No hemos recibido atención psicológica, pero sí se nos ha permitido que nos insulten"
"Pensaba que Ayuso no podía superarse y lo ha hecho. ¿Qué habría pasado si hubieran sido sus padres? Me gustaría saber qué me diría mirándome a la cara", afirma Mari Paz Villanueva. Bárbara Yanci resume un sentimiento compartido: "Nos hemos sentido ignorados y abandonados. Hemos soportado muchos desprecios, pero no estamos frustrados, al contrario. Seguimos teniendo fuerzas y vamos a estar aquí el tiempo que haga falta para conocer la verdad". "Quizá así, algún día, las familias podamos encontrar la paz que, sin duda, no tuvieron las 7.291 víctimas", termina Concha Quirós.



Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.