Trump aún no tiene un relato claro que vender a sus votantes tras una semana de los ataques a Irán
Donald Trump se ha embarcado en una guerra en su momento de mayor impopularidad y una creciente brecha con las bases MAGA.

Washington-
Han pasado ya siete días desde que Estados Unidos atacó Irán conjuntamente con Israel. Siete días en los que el discurso de la Casa Blanca sobre las causas y objetivos de la guerra no ha parado de cambiar. Donald Trump se ha embarcado en una guerra que internamente el Pentágono calcula que podría alargarse hasta septiembre, sin haber preparado a los votantes para la campaña militar. Una ofensiva que Trump ha decidido iniciar en su momento de mayor impopularidad y en medio de un creciente malestar por el incumplimiento de su promesa de bajar los precios. Todo con la perspectiva de que estos sigan subiendo debido al encarecimiento de la gasolina. El viernes, el precio del barril se disparaba un 12% hasta los 90 dólares.
En este corto lapso de tiempo -una semana- los mensajes de la administración Trump no han parado de contradecirse. Empezando por el presidente. El republicano justificó el ataque con un argumento similar a la guerra contra Irak de 2003, pero en lugar de hablar de armas de destrucción masiva, decía que existía el riesgo de que Irán desarrollara un arma nuclear. Después, pasó a un término más genérico diciendo que "nuestro objetivo es defender a los estadounidenses eliminando cualquier amenaza proveniente del régimen iraní". En las declaraciones a puerta cerrada en el Congreso, miembros del Gobierno dijeron que la información que tenían no sugería que los ayatolás estuvieran preparando ningún tipo de ataque preventivo contra los intereses de EEUU en la región.
A la vez que la concreción de la amenaza que representaba Irán se ha ido desdibujando, también lo ha hecho el plan que se supone que Washington tiene para el país. Primero, Trump decía que quería derribar el régimen y llamaba a los iraníes a que salieran a la calle. A medida que han pasado los días, el republicano ha pasado de querer aniquilar el régimen iraní a controlarlo. El martes, Trump decía en el Despacho Oval que le gustaría impulsar una transición similar a la aplicada en Venezuela: decapitar al régimen y convertir la administración interina en una suerte de protectorado estadounidense.
El magnate ha dicho por activa y por pasiva que quiere designar al nuevo sucesor de Ali Jameneí, e incluso ha bromeado y ha dicho: "El ataque ha sido tan exitoso que hemos matado a casi todos los candidatos. No será ninguna de las personas en las que pensábamos, porque están todas muertas".
Pero Trump no ha sido el único que ha ofrecido relatos contradictorios. El secretario de Estado, Marco Rubio, también protagonizó mensajes cruzados a principios de semana. El lunes, a la salida de las reuniones con los congresistas para informar sobre la situación, Rubio dijo a los periodistas que Estados Unidos atacó después de saber que Israel planeaba hacerlo. El secretario daba a entender así que Tel Aviv forzó y arrastró a Washington a un conflicto regional sin ninguna otra causa.
“Hay dos razones por las que atacamos ahora: la primera es que estaba claro que, si Irán era atacado por cualquiera, ellos iban a responder y lo harían contra los Estados Unidos e Israel. [...] Sabíamos que iba a haber una acción israelí, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas americanas y sabíamos que si no actuábamos preventivamente ante esos ataques, íbamos a sufrir bajas”, dijo Rubio. Unas palabras que al día siguiente tuvo que rebajar y que el miércoles Trump tuvo que corregir también. Cuando los periodistas le preguntaron si Israel había forzado a Estados Unidos a atacar, el presidente dijo: “No. Puede que fuera yo quien les forzara la mano. Estábamos negociando con estos lunáticos y mi opinión era que iban a atacar primero. Iban a atacar. Si nosotros no lo hacíamos, iban a atacar primero ellos. Yo lo sentía con mucha convicción”.
Una ruptura que no se ve en el Congreso
La decisión de atacar Irán también ha abierto una brecha con las bases MAGA. Las bases trumpistas han hecho notar su enfado y decepción contra Trump por romper la promesa electoral de no volver a involucrar al país en conflictos exteriores. No habían pasado ni 24 horas desde que habían caído las primeras bombas sobre Teherán y los tótems desterrados como Tucker Carlson o Marjorie Taylor Greene ya cargaban contra el presidente. Ambos siguen siendo referentes de la órbita del alt right en la que nada el trumpismo, pero ya no gozan de un asiento en el Olimpo del presidente.
“Tucker Carlson ha perdido el norte”, decía el presidente el jueves por la noche en la cadena ABC News, ante las críticas del expresentador de la Fox que le ayudó en su regreso a la Casa Blanca. Por lo que respecta a Greene, la exdiputada republicana, ya recibió el título de “traidora” cuando se enfrentó a Trump por los papeles de Epstein.
La guerra contra Irán no solo ha distanciado aún más las bases del magnate, sino que ha abierto una guerra fratricida entre los principales referentes MAGA. Figuras que aún cuentan con la aprobación y la cercanía del presidente, como la influencer Laura Loomer o el podcaster Ben Shapiro, han sacado el cuchillo contra los que hace poco eran sus camaradas. “¿No te gusta el presidente Trump? ¿No te gusta lo que está diciendo? Simplemente di su nombre, cobarde —decía Shapiro en su programa—. Eres un cobarde increíble. Tucker y Megyn también: una cobardía increíble”. Megyn Kelly es otra periodista conservadora que, igual que Carlson, también ha rechazado la decisión de atacar Irán.
Ahora bien, toda esta división que hierve entre las bases no es lo que se ha visto en el Congreso. Tanto la mayoría republicana del Senado como la de la Cámara de los Representantes han bloqueado esta semana dos propuestas para limitar los poderes de guerra de Trump. A pesar de todo el ruido exterior, el férreo control del presidente sobre el partido se mantiene. La única excepción, otra vez, vuelve a ser el republicano de Kentucky, Thomas Massie. El legislador fue el único republicano que votó con los demócratas a favor de frenar los pies al magnate. “La Constitución es clara: nuestra Constitución otorga al Congreso los poderes iniciales para declarar la guerra”, dijo Massie en la sesión.
Mientras tanto, el aparato propagandístico de la Casa Blanca funciona a toda máquina. El perfil de X de la administración Trump no deja de compartir vídeos editados de los ataques subrayando la fuerza de su ejército. Uno de los últimos clips mezcla fragmentos de las películas de Hollywood con grabaciones reales de los ataques e intenta tapar la carencia de discurso con una épica vacía.



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