Maricarmen Martín, la historia viva de mujeres de la posguerra, la transición y la democracia
Esta jubilada activista dedica ahora sus esfuerzos en mejorar la vida del barrio de Villaverde, desde las ondas con una radio vecinal, y una agrupación de mayores que promueve el empoderamiento.

Madrid--Actualizado a
Maricarmen Martín, a sus 82 años, es la historia viva de la posguerra, la transición y la democracia. Su vida ha sido un eslabón de distintas cadenas, una parte del todo en los proyectos que atraviesan su historia, llena de luchas: por aprender, por la igualdad, por la cooperación, por el activismo social y una de las más importantes, por el feminismo y la participación de la mujer en la sociedad a cualquier edad. Ahora también lo hace desde el barrio de Villaverde a través de una radio vecinal.
Nació en 1944, en plena posguerra, en El Espinar (Segovia). Creció en un pueblo donde la calle era una segunda escuela y la comunidad, familia. Su madre regentaba una frutería, su padre un bar. Por su casa pasaban mujeres que ayudaban a su madre y se quedaban a comer. Formaban parte de una red de cuidados espontánea y solidaria. Era la pequeña de seis hermanos y recuerda una infancia marcada por la libertad: entraba y salía sin que nadie preguntara demasiado. "En los pueblos eso era muy bonito", recuerda.
Estudiar, cosa de privilegiados
Estudió hasta los 14 años. En aquella época, estudiar era un privilegio reservado a quienes "tenían pasta"; aun así, siempre tuvo inquietud por aprender. A los 16 se sacó el certificado de estudios y más de seis décadas después aprovecha cuando acude a los colegios para hablar con los niños y niñas para soltarles su ya típica frase provocadora: "Nosotras no hacíamos deberes". De esta forma introduce en las aulas la concienciación por el derecho a aprender y deja claro su mensaje a los niños: deben aprovecharlo y agradecerlo.
Maricarmen se trasladó a Madrid cuando era muy joven. Al poco tiempo se casó y dejó el empleo que había tenido hasta entonces, en Galerías Preciados, para dedicarse al cuidado de sus tres hijos. Puede que su caso sea algo excepcional, ya que para ella la conciliación no fue una idea vacía. Compartió el cuidado de su casa y sus hijos con su marido, a quien define con orgullo como compañero de vida y en la lucha feminista. Gracias a esto pudo volver a trabajar. Se repartían las tareas; incluso cuando su madre enfermó de Alzheimer, gestionaron los cuidados entre todos. Estuvieron juntos 50 años.
Aprender como acto de rebeldía
La inquietud por aprender que la ha caracterizado toda su vida fue lo que la llevó a apuntarse en una asociación de amas de casa. Allí se dio cuenta de que, aún en la capital, el analfabetismo estaba muy extendido, más allá de la clase social. No era su caso, pues ella sabía leer y escribir, por lo que aquel espacio pronto se le quedaría pequeño. Tiempo después acudió a una iglesia en el barrio de Delicias para sacarse el graduado escolar.
En la década de los 80 llegó el punto de inflexión que marcaría su vida. Un empresario de fuertes ideales comunistas le ofreció trabajo en su empresa, poco tiempo antes de convertirla en una cooperativa de trabajo. Sin referentes en Madrid, tenía que viajar todos los fines de semana a Andalucía para formarse. En la primera asamblea general de la cooperativa la eligieron para formar parte de la junta directiva. En aquel momento el activismo se volvió una estructura en su vida. Y pronto, llegarían profesionales emigrantes políticos de América Latina, a quienes ofrecerían asilo y trabajo.
Ya en la década de los 90 se convirtió en la presidenta de la cooperativa y fundó una asociación de mujeres cooperativistas. Dejó sembrada en Andalucía AMECOP, una asociación que nacía con una idea clara: que las mujeres que formaban parte de empresas cuyos compañeros eran mayoritariamente hombres no se sintieran solas. Buscaban un modelo cooperativo donde las mujeres tuvieran voz y poder real. Cumplió lo que pretendía, que fuera una red de apoyo femenina, sin la intervención de ningún hombre. "Cuando las mujeres emprendíamos algo, enseguida aparecían para mangonear", explica.
"Cuando las mujeres emprendíamos algo, los hombres enseguida aparecían para mangonear"
Paralelamente, su feminismo se concretó en luchas materiales. En una de las clínicas donde trabajaba impulsaron una asociación de mujeres que lograría llevar consultas de ginecología a la Clínica de Moratalaz para que las mujeres pudieran gestionar su planificación familiar. Facilitaban el acceso al aborto de las mujeres y las enviaban a Londres cuando aquí aún era imposible interrumpir el embarazo.
En deuda con su compañero
A los 65 años decide jubilarse con un motivo claro: sentía que le debía tiempo a su marido. Durante cuatro años, ya jubilados ambos, pudieron dedicarse tiempo el uno al otro, viajar y compensar todos esos momentos que habían tenido que dedicar a otros ámbitos. En el 2013 su marido falleció y Maricarmen entró en un profundo duelo. Fue su hija, quien, preocupada por ella, encontró una posible salida al dolor que sentía su madre.
En su barrio, Villaverde, se estaba planteando un proyecto cultural europeo que buscaba introducir la perspectiva de género en los centros de mayores y empoderar a las mujeres para que asumiesen cargos de responsabilidad. Los datos decían que había más mujeres que hombres en los ocho centros del barrio, pero ellos eran quien ocupaban las juntas directivas. “No soltaban la silla”, nos cuenta.
En aquella reunión, ella fue quien más preguntó. Muchas mujeres dudaban, tenían miedo, estaban condicionadas por sus maridos o por la idea de no valer. Maricarmen chocó con ellas, pero no se rindió. Empezaron por el lenguaje, por poner nombre a las cosas, "feminismo" era una palabra que les generaba rechazo. "Yo feminista no", le decían. Ella insistía: "La sociedad se cambia empezando por el lenguaje". El camino fue difícil, ya que cambiar mentalidades en edades avanzadas no es sencillo. Encontraron una vía: hacer ciudadanía entrando desde fuera en los centros. Ese fue el comienzo de lo que hoy conocemos como Lideresas de Villaverde. Han conseguido llevar talleres de género, feminismo, sexualidad, a los centros de mayores.
A la radio llegaron por empeño. Ella ya sabía que había una emisora comunitaria y trasladaron al Ayuntamiento su voluntad de hacer un programa. Cuando unos chicos jóvenes fueron a entrevistarla descubrió el ámbito intergeneracional: Lo recuerda como el "tren" en el que había que subirse. Al tiempo consiguieron la financiación y estuvieron un año formándose para emprenderse en su nueva aventura: Con Mayor Voz, que ya va por su novena temporada. En él realizan debates, reciben a invitados, pero lo que más resalta Maricarmen es la presencia: "Para cambiar hay que estar, para hacer ciudadanía hay que estar".

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