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Una mirada actualizada a la historia de Tánger Tánger, la ciudad sin presente

La tierra se moldea. El mundo –sus formas, sus materiales– cambian lentamente por el trabajo de las personas. Cabe recordarlo, aunque parezca evidente, al ver por primera vez Tánger. No estuvo siempre allí, encaramada en una colina, roja, blanca y marrón, aunque todos los sentidos asuman eso estando frente a ella.

27/6/22 Una imagen de Tánger.
Entrada de la alcazaba en la zona alta de la medina de Tánger. Blanca Aragonés

No es eterna (ni Roma lo es), pero sí vieja. Vieja como lo son las cosas que no sabemos bien cuándo empezaron. Rajoy dixit: "Es como la lluvia, que no sabemos porqué es que cae". Pues eso. Vieja como las piedras. Vieja como los montes.

27/6/22 Dos hombres con la chilaba blanca de los domingos caminan por la medina de Tánger.
Dos hombres con la chilaba blanca de los domingos caminan por la medina de Tánger. Andrés Giusto (CCBY 4.0).

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Las leyendas sobre el origen de la ciudad son variadas. Según Plutarco, su fundador fue el gigante Anteo (probablemente una deformación de los amazigh, los mal llamados bereberes, de la leyenda romana del gigante Gerión), asesinado por Hércules en el transcurso de sus doce pruebas y enterrado bajo el faro de la Torre de Hércules, en A Coruña. Allí dejó sus famosos huesos, hoy presentes en el escudo de la ciudad herculina. El gigante, que antes de pelear con Hércules era un guerrero invencible, había fundado Tánger para después morir en honor a su mujer, Tingis. Los huesos de los brazos de Anteo fueron trasladados y sepultados en una colina de Tánger, y cuenta la leyenda que si se intentara desplazar la tierra o la osamenta de allí, caería una fuerte lluvia que no pararía hasta que volvieran a ser sepultados. A veces sí que se sabe el origen de las cosas, aunque no sean ciertas.

"Antes, todo era más libre, más alegre", me dice un comerciante viejo de la la medina. "Hace años, venían los artesanos por las montañas, no sabes cuántos. Era pura calidad lo que traían, cada aldea un mundo. Ahora todo es lo mismo, todo de fabricación china, pero vivimos mejor". Suspira resignado. "Es la vida".

Tánger es una ciudad que, a veces, parece no tener presente. Parece existir solamente en su pasado, remoto, antiguo, mitológico, internacional, o en su tan deseado futuro, próspero, tecnológico, comercial e internacional de una manera diferente; una internacionalidad moderna y aséptica. Y en medio, yo, nosotros, ellos, todos soñando o recordando, dejando el tiempo pasar.

27/6/22 Un grupo de jóvenes practican skate en un parque en Tánger.
Un grupo de jóvenes practican skate en un parque en Tánger. Aziz Acharki (CCBY 4.0)

La población de Tánger se duplicó en los últimos diez años, y todo apunta a que ese crecimiento no se va a frenar por un tiempo. China acaba de realizar una de las mayores inversiones en todo el continente africano en el proyecto de la Tangier Tech City (Ciudad Tecnológica de Tánger), una smart city preparada para más de 300.000 habitantes, en la que las principales compañías chinas (Huawei, Aeolon y 200 empresas más) tendrán sus sedes regionales. La ciudad, su puerto, da acceso al mercado africano y europeo gracias a los tratados comerciales marroquíes con la Unión Europea, y a su posición geográfica, al norte del Sáhara, entre el Atlántico y el Mediterráneo.

Me pongo en movimiento y puedo oír el mar (Atlántico y Mediterráneo se confunden y se mezclan en un solo cuerpo de agua) chocar contra el muelle mientras bajo por la avenida de Mohamed VI. Bate con un ritmo hipnótico, y su sonido se mezcla con el tráfico y los pitos de los coches. También con el paso lento de las familias, hombres solos y grupos de adolescentes que pasean a su lado. Es el mediodía del sábado, y las mezquitas estaban llenas hasta hace poco. Muchos paseantes visten el traje "de punta en blanco". Llevan las chilabas blancas terminadas en capucha, las babuchas amarillas, y los finos chales y caftanes de colores oscuros. Los niños llevan maillots con ilustraciones de dibujos animados, películas de moda, o equipos de fútbol (la indumentaria habitual de la juventud trabajadora global). Corren y ríen, vigilados por los ecos de la ciudad vieja, y por el batir inacabable de las olas de ese Atlántico-ya-casi-Mediterráneo (o viceversa), la más grande e importante carretera de la ciudad y su leitmotiv, el principal motivo de su existencia, de este modo tan particular de ser, o de llegar a ser, o de haber sido y recordar el pasado con una saudade completamente atlántica.

En la arquitectura de la la medina, una mezcla entre un mercado donde todo puede ser intercambiado y el centro de la ciudad, es sencillo encontrar influencias de tantos países y culturas, tanto que, a veces, uno puede olvidar que está en Marruecos. El interés por la ciudad y por su situación estratégica no es nuevo, y la hizo muy deseable a ojos de muchas culturas e imperios, desde los fenicios a los chinos, que, ajenos a la población local, intercambian el gobierno entre ellos como unos niños con un cromo particularmente difícil de conseguir.

En realidad, o eso dicen los arqueólogos, Tánger fue fundada por gente de tamaño normal como una de tantas colonias del imperio terrestre y marítimo de los fenicios. En pocos años se convirtió en un foco comercial, como demuestran los restos de la presencia de las culturas púnica, griega y, por supuesto, de la romana. En la época en que la ciudad estuvo bajo control romano fue capital de la provincia de Mauretania Tingitana, que era dependiente de la región bética, y se dedicaba principalmente a exportar pescados y tintes. Después de eso, su dominio pasó a manos de los vándalos, formó parte durante ochenta años del imperio bizantino y, más adelante, fue conquistada por el reino visigodo con capital en Toledo (el mar sirviendo como la gran carretera repleta de gentes diferentes yendo y viniendo que era y que ya, demasiadas veces, no puede ser) y, finalmente y durante una época más extensa, pasó a manos árabes, que la utilizaron como punto de partida para la conquista de la Península Ibérica dirigida por Tariq ibn Ziyad.

27/5/22 Patio de un viejo palacio, hoy museo de la alcazaba
Patio de un viejo palacio, hoy museo de la alcazaba.

En resumen, pasó por las manos de todo el mundo menos las de sus habitantes, los amazigh. Su lengua, el tamazight, sufrió una larga historia de aislamiento y exclusión, y por un lento declive que solo ahora parece detenerse. En la antigüedad, el proto-bereber era probablemente la lengua franca del norte de África, pero tras el proceso de arabización que acompañó a la conquista y continuó hasta la independencia de las naciones norteafricanas para reducir la influencia colonial, sobrevivió solo como una lengua de montañas y desiertos, hablada, y no escrita ni leída, por una variedad de pueblos que vienen de lejos, desde los rifeños hasta los tuareg. Se convirtió en oficial en Marruecos en el año 2011 y en Argelia en 2016, y, desde entonces, pueden verse las letras de su alfabeto en los edificios oficiales y en las señales de la carretera, aunque muchas veces de manera menos predominante que el español o el francés.

Unos siete siglos después de la invasión árabe del Magreb, en 1464, Tánger fue conquistada por el rey portugués Afonso V, apodado el Africano por las conquistas durante su reinado de plazas como Ceuta, Arzila o de la misma Tánger. La ciudad no duró más que un siglo bajo el poder de los portugueses, que la regalaron como dote al Reino Unido en una importante boda dinástica, en la que consolidaban su alianza. Los británicos, por su parte, no fueron capaces de mantener la ciudad bajo su control más allá de un siglo, y esta volvió a ser conquistada, esta vez por el sultán marroquí Mulay Ismaíl en una alianza con las tribus amazigh de las montañas rifeñas. Eso sí, los británicos se encargarían antes de destruir la alcazaba, o fortaleza, y todo lo que pudieran dejar tras ellos. Los restos de esa época en la ciudad son escasos, especialmente en comparación con todas las demás, que hoy en día aún permanecen a la vista.

Sigo mi camino por la ciudad. Subo la cuesta por las escaleras de Bab Bhar, y atravieso la alcazaba camino al barrio de Marshan. En su parque, repleto de niños jugando y corriendo sobre un césped artificial desgastado, los hay montados en pequeños coches eléctricos, o riendo felices sobre los bambanes. Se pueden ver unos arcos blancos que, indudablemente, recuerdan a Roma. A pocos pasos de allí, internándose en el más profundo de la alcazaba, aparece un promontorio repleto de tumbas fenicias. A su lado, el café Hafa, uno de los más clásicos establecimientos de la ciudad, donde es costumbre tomar un té y vigilar el Atlántico observando las olas chocar contra Tarifa. Nuestro Atlántico, el Atlántico ibérico, el Atlántico-casi-Mediterráneo y el Mediterráneo también, se condensan, de igual manera que en Cádiz, su ciudad-espejo, en Tánger.

Fuera del Hafa, siguiendo el camino, aparece abandonada la gloriosa cáscara del viejo consulado italiano, vacío y vigilado por un elegante perro negro. "Solo el perro es italiano", me dice el vigilante riendo. Todo lo demás, un recuerdo sin personas.

Pero no siempre fue así. Muchos europeos hicieron de Tánger su hogar durante los siglos XIX y XX. A ambos lados del estrecho se hablaba una lengua franca, mezcla de español, árabe y rifeño o tarifit, el dialecto tamazight de la región montañosa del Rif. Marruecos, que durante los siglos XVII y XVIII había alcanzado la extensión del país actual y un gran poder internacional, perdió fuerza durante el siglo XIX debido a peleas por la sucesión dinástica y por las revueltas de las cabilas en la región del Rif. Cayó en la órbita de las naciones europeas, que la forzaron a establecer el sistema de protectorados. Con este sistema, los europeos de las principales naciones imperiales de la época podrían comerciar con seguridad, con privilegios sobre los súbditos del sultán. En 1880, Cánovas del Castillo convocó la Conferencia de Madrid, en la que se extendían estos privilegios. En esta misma conferencia, los poderes europeos presionaron al sultán para poder realizar mas construcciones en Tánger y en otros puertos, principalmente hoteles y villas. Esto llevó a un aumento progresivo de la población europea, y a una popularización de la ciudad como destino turístico de invierno.

Esa tendencia se aceleró a inicios del siglo XX. La rivalidad de los imperios europeos fue la que evitó que Tánger había estado dominada por uno solo de ellos cuando el reino marroquí fue repartido entre los estados francés y español, lo que llevó a una suerte de colonización plural. A causa de eso, se establece la Zona Internacional de Tánger, gobernada por un consejo de españoles, portugueses, franceses, belgas y holandeses, además de tangerinos, tanto judíos como musulmanes. En este período, la ciudad comienza a crecer de manera desmedida. En 1925 alcanza los 50.000 habitantes, un tercio de ellos de origen europeo, y 10.000 de origen español. Esto propició la observación del viajero francés Pierre Loti sobre el sultán: "Posee todo, pero abandonó la ciudad a los visitantes extranjeros, mirándola con más desapego que si hubiera sido una ciudad de infieles".

Poco a poco, gracias a esa internacionalidad, y a la sensación de libertad moral y legal que la acompañó, la ciudad empezó a llenarse de escritores, espías, disidentes políticos, pintores y rechazados de todo tipo, llegados de todas las esquinas del mundo. Como tantas veces en la historia, reciente y remota, todos querían ir a Tánger. Por allí pasaron William Burroughs (escribió El almuerzo desnudo en el café Centrale), Jack Kerouac, Gore Vidal, Truman Capote, y el matrimonio Bowles, entre muchos otros escritores y artistas. Los Bowles serían los encargados de atraer muchos otros, empezando un proceso orientalizador de Tánger (que luego sería replicado en Marrakech), representándola como la sublimación de un mundo sensual, exótico pero cosmopolita, libre, lo que a veces era verdad (ciertamente más libre que la España o la América reaccionarias de posguerra), una cuna de glamour, lujo, y libertinaje que aún es recordado con fetichismo, como una especie de pasado primitivo, un mundo perdido, incluso por los habitantes de la ciudad.

Paul Bowles, con sus traducciones de las leyendas marroquíes, atrajo la atención del mundo occidental hacia el más importante escritor tangerino, Mohamed Chukri. Chukri escribía "desde el interior de la pobreza", como definió Bernardo Atxaga, de manera descarnada y cruda. Atacó la concepción frívola de la ciudad desde su conocimiento real. No le preocupaba ni el pasado glorioso, ni el futuro prometedor y brillante. Podría decirse que escribía, como ninguno de sus visitantes ilustres, "desde el interior del presente".

Él lo explicó mejor que nadie: "Tánger, ¿un mito? Cierto, es innegable, pero, ¿para quién? Tánger, ¿un paraíso perdido? Sí, porque existen aún testigos de su antigua prosperidad, pero, ¿para quién? ¿El encanto irresistible e indomable de Tánger? No deja de ser cierto, pero, repito, ¿para quién? Son muchos los que hablaron o escribieron sobre la ciudad basándose únicamente en quimeras, en pasiones y placeres, en fantasías. Para todos ellos, así como para los que llegaron movidos por las ganas de descansar, o de olvidar sus desgracias, Tánger no resultó ser más que un burdel, una hermosa playa o un confortable sanatorio".

El futuro y el pasado parecen dos sueños distantes, y el presente, una angustiosa espera a que uno de los dos reaparezca. Hay algo que aprender del pasado? ¿Y del futuro? ¿Queda algo de esa internacionalidad aún o fue un sueño corto, un cuento bien contado? En un mundo de fronteras cada vez mas cerradas, podría ser posible la aparición de otra ciudad internacional? ¿Sería bueno que ésta hubiera existido? ¿Fue Tánger una oportunidad que el mundo dejó pasar o solo la romantización de un mundo diferente para los artistas occidentales llegados de un mundo agotado y conservador?

"Parece que va a llover", me dice el guardia del perro italiano. Ambos miramos hacia el horizonte cubierto de grúas, las vemos mover la tierra, incansables, cambiar el mundo, y callamos, sin nada que decir.