Amenazas, acoso y campañas de odio: radiografía de la cacería machista contra comunicadoras de izquierda
Los ataques dirigidos contra periodistas por el hecho de ser mujeres son un espejo nítido de la violencia política y misógina que sigue atravesando nuestras sociedades.

Madrid-
"Me sentí muy sola, incluso abandonada por compañeras, pero sola, sola, sola", confiesa Ana Bernal-Triviño, una de las periodistas que lleva años viviendo bajo amenaza por ejercer su trabajo como comunicadora especialista en violencias machistas. Su frase resume lo que muchas otras describen bajo distintas fórmulas: el aislamiento, el miedo y la indiferencia institucional que envuelven la violencia que padecen. "Estamos desprotegidas -advierte Sarah Santaolalla- porque luego incluso pides una orden de alejamiento o medidas contra estos acosadores y no se te dan". En su caso, ni siquiera le concedieron protección frente a un hombre con antecedentes que había prometido matarla. "La realidad es que no se hace nada y nos sentimos terriblemente abandonadas", añade Marina Lobo, que acumula también una amplia lista de amenazas de violación y agresiones verbales. Una impunidad y una falta de respuesta institucional que, como explicaba hace unos días Cristina Fallarás, "genera una sensación de humillación que es muy difícil de explicar".
La colaboradora de Público lleva más de 15 días siendo víctima de una campaña de señalamiento, hasta ahora insólita, orquestada por Vox. La formación ultra ha utilizado su imagen en una web que ha creado explícitamente para promover que se denuncie a Fallarás por un delito de odio inventado y aireado por un bulo. Sería mentira decir que el acoso es nuevo. Ni mucho menos. La periodista ya ha sufrido en sus propias carnes la agresividad ultra, y el hostigamiento, como ha relatado, ha llegado hasta en dos ocasiones a la puerta de su casa. La misma en la que vivía con sus hijos. Lamentablemente, viene de lejos y afecta a muchas mujeres que, como ella, se dedican a informar o a opinar desde posiciones antifascistas y feministas. Lo que sí es nuevo es el nivel de intensidad, la sensación de que las campañas de odio están perfectamente orquestadas y cuentan con la complicidad del silencio, a veces institucional y otras del propio gremio. "Ojalá todos los medios se tomaran el tiempo de acuerpar y acuerparnos", expresa Laura Arroyo, presentadora en Canal Red.
Los ataques dirigidos contra periodistas por el hecho de ser mujeres son un espejo nítido de la violencia política y machista que sigue atravesando a nuestras sociedades. Son agresiones coordinadas, con un mismo patrón, un mismo tono y un mismo objetivo, que es generar un repliegue de la presencia de mujeres en el espacio público.
Ana Pardo de Vera, directora corporativa y de relaciones institucionales de Público, conoce de primera mano ese acoso. En enero de 2025, durante un acto conmemorativo por los cincuenta años del fin de la dictadura franquista en el Museo Reina Sofía, fue víctima de un intento de agresión por parte del agitador ultra Bertrand Ndongo. Según relató, el hombre irrumpió mientras ella conversaba con otros colegas y comenzó a grabar de forma invasiva y a insultarla. Cuando Pardo de Vera le pidió que se apartara, él le gritó: "¿A quién vas a chupársela hoy, como siempre?". Ella le arrebató el micrófono para detener la provocación, lo que desencadenó un amago de agresión que solo se frenó gracias a otros periodistas y al personal de seguridad.
A raíz de aquel episodio, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España tuvo que concederle amparo, recordando que "estos hostigamientos y acosos no hacen otra cosa que desprestigiar la profesión". "Estamos llegando a unos niveles de agresividad a los que hay que plantarles cara", ha dicho en varias ocasiones Pardo de Vera. El episodio dejó claro que la violencia política tiene rostro y tiene género. Los insultos de Ndongo, grabados y difundidos, sintetizan un lenguaje de dominación que genera pavor y que se dirige contra los cuerpos de las mujeres en forma de humillación sexual, como castigo por el mero hecho de estar presentes. Es la intención de reducir a una profesional a un objeto. Lo que diferencia el acoso a estas periodistas de otras formas de violencia política es justamente eso: la misoginia.
El caso de Silvia Intxaurrondo, presentadora y periodista de RTVE, es otro ejemplo de esa presión diaria. Ella no suele responder a toda esa maquinaria tóxica. El silencio, en ocasiones, es también una forma de autodefensa. Se da por hecho que una mujer que ocupa un espacio de relevancia en la televisión pública tiene que soportar campañas coordinadas de desprestigio. Los mensajes que soporta son los mismos que subyacen al resto de amenazas: que el espacio público no le pertenece, que debería agradecer estar ahí y callarse. Se pone en duda su profesionalidad, se cuestiona su independencia y se le atribuyen vínculos políticos inexistentes. El objetivo siempre es el mismo: erosionar su credibilidad, debilitar su voz y aislarla.
En el caso de Fallarás, la periodista, escritora y feminista lleva toda su vida denunciando la violencia machista y la desigualdad. Las amenazas se han multiplicado después de la campaña de Vox, pero ya antes los mensajes de odio se contaban por centenares. Estremecen aquellos que directamente la amenazan con matarla. Aun así, ahí sigue: desprotegida. Y es que el miedo, por mucho que se intente, es difícil aislarlo las 24 horas que tiene el día. Las periodistas acosadas llegan a hablar de un estado permanente de alerta que les obliga a revisar quién les sigue, evitar ciertas calles, mirar dos veces antes de salir de casa y, por supuesto, cancelar eventos y actos de los que -cabe recordar- viven. No es solo el acoso digital, es la sensación de que esa frontera que parecía separar la pantalla y la calle se está rompiendo. Ya no sirve eso de decir "apaga el móvil" o "no te metas a ver los comentarios".
Ana Bernal-Triviño, profesora y colaboradora de Público, cuenta que empezó a recibir amenazas en plena efervescencia del movimiento feminista: "Recibía ya guillotinas, casquillos de bala, pistolas como mensajes", recuerda. Durante esa etapa tuvo que esconder su identidad en redes: usaba cuentas cerradas o nombres falsos para evitar que la localizaran. Cuando empezó a participar en programas de televisión, sobre todo analizando el caso de La manada o de Rocío Carrasco, relata, "llegó un momento" en que tuvo que "dejar de subir vídeos" de sus "intervenciones porque los ataques eran insoportables". En una ocasión, un mensaje la hizo temer por su vida, pues un individuo amenazó con esperarla a la salida de su facultad "para violarla, matarla, descuartizarla y después quemarla".
Bernal-Triviño, que siguió trabajando, fue testigo en primera persona de cómo todo ese acoso un día se trasladó a la calle, tal y como se temía. Durante una Feria del Libro, mientras firmaba ejemplares, relata que un hombre se acercó, lanzó un libro contra ella y la gritó: "Por culpa de periodistas como tú, mañana un montón de tíos vamos a votar a Vox". La escena terminó con la periodista huyendo entre las casetas bajo la lluvia. Recuerda que nadie de su entorno profesional la llamó para ofrecerle apoyo. "Me sentí más sola que la una", lamenta.
Una soledad que atraviesa casi todos los testimonios. Sarah Santaolalla, analista política y comunicadora, critica que las mujeres que se dedican "a la comunicación, al periodismo, al análisis político" ya han "normalizado" que esto sea "parte" de su trabajo, "sobre todo si eres de izquierdas". Precisamente esa normalización, advierte, es "lo más peligroso": "Creo que no podemos mirar a otro lado y aquí hago un llamamiento también incluso a mujeres que no piensan como nosotras. No podemos aguantar esa complicidad: me preocupan los machistas y los agresores, pero me preocupa también el silencio de los nuestros que -muchas veces- por cobardía, rivalidad, negocios o ego no denuncian lo que nos pasa".
Santaolalla habla de disciplinamiento: "¿Cómo va a querer una chica de 18 años estudiar Periodismo si el precedente es que te llamen puta o zorra cada vez que hablas?", se pregunta. En su caso, han llegado a filtrar su teléfono y dirección, a hacerle llamadas anónimas para amedrentarla o enviarle fotografías suyas en la puerta de su casa. "Claro que te replanteas si merece la pena este trabajo. Yo ya solo denuncio las amenazas de muerte; al que me llama puta ya ni lo denuncio", reflexiona.
La periodista reconoce que ha tenido que cambiar algunas de sus rutinas y hábitos por miedo: "Nunca había llevado gafas de sol ni gorra; ahora las uso para pasar desapercibida". Aun así, insiste en no rendirse: "Se sufre como un perro, pero tenemos que hacer ruido y seguir denunciando todo lo que nos pasa. No podemos callarnos. Si el factor común entre dos mujeres que se dedican a la comunicación en el año 2025 no es compartir una novela de Agatha Christie o una película de Almodóvar, sino que a las dos nos han llamado puta, pues qué asco de sociedad estamos creando".
La humorista y periodista Marina Lobo comparte esa determinación, aunque también conoce el coste emocional que acarrea echarte a las espaldas todo este odio. "He recibido muchísima violencia. Me amenazan con violarme, con pegarme, me desean que acabe en una zanja", relata. Cuando empezó en Twitch, un entorno mayoritariamente masculino, cuenta que tenía ataques de pánico y pesadillas recurrentes. En una ocasión, recuerda, varios haters acudieron a uno de sus monólogos, se sentaron entre el público y después publicaron fotos y comentarios en los que se burlaban de ella. Un hostigamiento que, como ya se ha mencionado, cala gota a gota: "Fue la primera vez que sentí miedo de verdad, porque pensé que podían hacerme algo", expone.
Lobo lleva años en terapia y reconoce que ha encontrado mucha fortaleza en la comunidad de compañeras que la acompañan en su día a día: "Cuando lo hablas con otras te das cuenta de que a todas nos dicen lo mismo. Es un patrón: buscan que te avergüences, que dejes de opinar". Frente a ello, pide medidas institucionales que permitan denunciar de forma ágil los ataques en redes, y sobre todo impulsar el trabajo por un cambio cultural que rompa con la impunidad de los agresores: "Si ves a un amigo hacerlo, párale. Hoy soy yo, mañana puede ser tu madre o tu hija".
A la periodista peruana Laura Arroyo, además del machismo, le atraviesa el racismo. "He sufrido violencia por ser mujer, por ser periodista y por ser migrante, racializada y de izquierdas", cuenta. Las agresiones que recibe van desde el "vuélvete a tu país" hasta amenazas de deportación, como la que ocurrió este mismo verano: "En mi caso, tal vez, la más fuerte fue cuando un policía, y esto es especialmente relevante, un vicepresidente de una asociación policial -es decir, un sujeto que porta una placa y un arma- amenazó con deportarme directamente. Me dijo que pronto haría realidad mi sueño de quitarme el DNI directamente. Creo que ese es, a mi juicio, tal vez uno de los momentos de odio mucho más fuerte". Arroyo argumenta que, con todo, no se retira de las redes ni se calla, porque considera que hacerlo sería ceder: "No me puedo quitar la piel ni el acento. Ya recibo miradas y gritos en la calle, así que no pienso desaparecer también de los espacios digitales". "Ellos quieren hacerte creer que estás sola, pero somos muchas más. Nos acuerpamos, nos defendemos entre nosotras. Lo importante es no callar y seguir denunciando", reivindica: "En mi día a día lo llevo recordándome que por algo hago lo que hago, que por algo digo lo que digo y que por algo estoy donde estoy. Siento que ese es mi papel. No obligo a nadie a que lo haga, pero creo que ese es mi papel y es una forma de demostrar que no soy yo, no es Laura Arroyo, sino que es toda una comunidad migrante de personas racializadas que merecemos estar en esos espacios".
Por su parte, la directora de comunicación de Público, María José Pintor, con décadas de oficio, señala que lo que más le duele no son los ataques directos, sino las mentiras publicadas en ciertos medios de ultraderecha: "Eso hace dudar hasta a gente de bien". Pintor subraya que el acoso a las mujeres periodistas no es solo un problema de redes: es también institucional y político. Y recuerda cómo un dirigente autonómico, al pedirle que cesara el boicot contra ella, le respondió fríamente: "La libertad tiene un precio". Para ella, esa frase sintetiza el abandono que sienten muchas profesionales: "Además de leyes, es vital un compromiso en el día a día. Esto no va de apoyarte si eres muy conocida. Muchas veces, y lo he hablado muchas veces con mis compañeras, echas en falta la llamada personal, el apoyo de piel, sentir que realmente les importas. Es una barbaridad sentirte tan expuesta", concluye. Todas coinciden en advertir que el acoso no es espontáneo. Nace del machismo, se alimenta del clima de odio político y se perpetúa gracias a la indiferencia que se suele respirar.


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