La explotación en la prostitución contada desde dentro: "Te quitan el 50% y no te dan ni seguridad, ni contrato, ni nada"
El último informe Del Comité de Apoyo a las Trabajadoras del Sexo (CATS) pone el foco en las condiciones bajo las cuales se ejerce la prostitución en clubes, pisos, agencias o salones de masajes.
Muchas prostitutas ejercen en estos espacios porque no pueden o no quieren asumir la gestión económica o la negociación con los clientes. También por la inseguridad que supone.
Trabajar para terceros suele implicar jornadas extensas, pagos abusivos por el uso de las instalaciones, falta de derechos, así como miedo a las redadas policiales o a la violencia por parte de los clientes.

Madrid--Actualizado a
Los debates sobre la prostitución suelen caer en la trampa de no considerar la complejidad de las experiencias de las personas que la ejercen, especialmente aquellas que trabajan en espacios que no gestionan ellas mismas, como clubes, pisos o agencias. Es decir, mediados por terceras personas. En un mundo donde estos contextos y, por tanto, la precariedad es tan habitual que casi deriva en la norma, el Comité de Apoyo a las Trabajadoras del Sexo (CATS) ha apostado por escuchar de primera mano a las trabajadoras sexuales.
CATS lleva más de dos décadas recorriendo estos lugares en la zona sureste del país -Murcia, Alicante, Albacete y Almería-, conociendo la realidad cotidiana de miles de mujeres que dependen de esta actividad para vivir. Una experiencia gracias a la cual ha podido cristalizar el informe La explotación en la industria del sexo contada por sus protagonistas este 2025. El estudio es fruto de una Investigación-Acción Participativa (IAP) en la que trabajadoras sexuales han colaborado activamente en todas sus fases: desde la definición de los problemas a investigar hasta el análisis de resultados y la redacción final. Un proyecto, explican las investigadoras, con el que se ha buscado "revertir" su "exclusión sistémica", "asegurando su participación en la producción de conocimiento".
"Me parece importantísimo esclarecer las diferentes realidades que existen en el trabajo sexual mediado por terceras personas, que son muy heterogéneas. Muchas veces tienden a ser reducidas a una visión muy unilateral y se ignoran las evidencias científicas cuando se trata de legislar. Este tipo de informes ayudan a entender todas sus complejidades", afirma en conversación con Público la antropóloga Irene Adán, investigadora principal del estudio.
Intentos de criminalización sin más derechos
El informe detalla cómo, en los últimos años, diferentes reformas legales han intentado criminalizar no solo la trata y la prostitución forzada, sino también la mera organización de espacios donde se ejerce la prostitución. Este enfoque coloca en el mismo plano a tratantes y a cualquier persona que facilite el trabajo sexual, incluso si existe consentimiento entre las partes. En 2022, durante la tramitación de la llamada ley del solo sí es sí, se intentó reintroducir la figura de la tercería locativa, que sancionaría a quienes proporcionan un lugar donde ejercer el trabajo sexual. La presión de colectivos de trabajadoras sexuales y de organizaciones como Amnistía Internacional consiguió frenar esta medida, pero poco después el PSOE presentó una nueva proposición de ley para prohibir el proxenetismo "en todas sus formas", que fue finalmente rechazada en mayo de 2024. La propuesta incluía penas de uno a tres años de cárcel y multas para cualquiera que "promoviera, facilitara o favoreciera" la prostitución ajena.
"Esta iniciativa era eminentemente punitivista, ya que planteó el castigo, incluso aunque existiera un pacto, es decir, consentimiento", detalla Adán. Lo preocupante, a su juicio, es que esta vía no venía acompañada de medidas sociales para combatir la pobreza, el racismo estructural o la situación administrativa que afecta a muchas de estas mujeres. El único mecanismo contemplado era otorgarles el estatus legal de víctimas, sin garantizar derechos laborales ni condiciones seguras.
La representación de la prostitución, advierte el informe, suele estar llena de estereotipos. En muchos relatos, las prostitutas son dibujadas como mujeres "fácilmente engañables" y los terceros como "proxenetas". En algunas ocasiones, sin embargo, las fronteras y el binarismo que, se supone, separan estos roles no son tan claras: "Muchas trabajadoras sexuales ejercen la prostitución al mismo tiempo que forman parte de la organización de un club, un piso, una agencia o un salón de masajes (...) Otras, especialmente quienes son mayores, se dedican al alquiler de habitaciones". Lo que no quita que "aquellos terceros que nunca han ejercido la prostitución" no actúen siempre respetando a estas mujeres. Si bien los hay que favorecen condiciones "aceptables", "otros son francamente abusivos".
¿Un limbo jurídico?
En España, el marco legal respecto a la prostitución es "ambiguo", situándola en "un limbo jurídico que dificulta la protección y la garantía de los derechos laborales de las personas que la ejercen", contextualiza el estudio. El sistema legal delega en los ayuntamientos la potestad de regular muchos aspectos específicos del ejercicio, lo que da lugar una aplicación inevitablemente desigual de las normas. Así, por ejemplo, "la captación de clientes en la vía pública puede ser sancionada a través de dos vías: las ordenanzas municipales o la Ley de Protección de Seguridad Ciudadana, conocida como la ley mordaza". En cambio, el trabajo sexual a terceros, en su dimensión de prostitución por cuenta ajena, se encuentra difusamente penalizado.
Esta ambigüedad provoca que muchas personas que ejercen "queden privadas del acceso a los derechos laborales fundamentales", mientras que los empresarios argumentan que las trabajadoras son simplemente "huéspedes" o "autónomas" para evitar ser considerados proxenetas. Algo que deriva en una situación tan paradójica como que, aunque el Estado español contabiliza los ingresos producidos de la prostitución en el PIB; nada de esto cambia la falta de reconocimiento y protección para quienes ejercen esta actividad. Como subrayó en 2018 la magistrada del Juzgado de lo Social n.º 1 de Madrid, Amaya Olivas: "Al Gobierno no le importa que los empresarios con licencia extraigan beneficios del trabajo sexual, pero sí le supone un conflicto que las trabajadoras intenten organizarse para proteger sus derechos".
En este contexto, el Tribunal Supremo ha desempeñado un papel importante para las trabajadoras sexuales al diferenciar entre prostitución y "alterne". En una sentencia de 1981, estableció que el "alterne" constituye una relación laboral cuando se verifican las condiciones propias de un trabajo asalariado: voluntariedad, prestación por cuenta ajena, dependencia y percepción de una retribución. Esto significa que las trabajadoras sexuales que, por ejemplo, captan clientes para que consuman bebidas dentro de un club o local, están ejerciendo un trabajo que debe ser protegido legalmente. En cambio, la prestación de servicios sexuales sigue sin ser reconocida como actividad laboral.
Clubes, pisos, agencias y salones de masajes
Todo ello a pesar de que se sabe que en estos "clubes de alterne", las prostitutas no solo interactúan con los clientes, sino que muchas veces también llegan a acuerdos privados donde se pactan servicios sexuales adicionales, generalmente dentro de las instalaciones. En otros espacios, como los "pisos", el propietario se llega a quedar con la mitad del dinero ganado gracias al trabajo de las mujeres que ejercen el trabajo sexual; mientras que las "agencias" funcionan como intermediarias que gestionan citas y se quedan con un porcentaje similar de los beneficios.
Durante la elaboración del informe, CATS ha observado "un proceso de transformación", marcado por "una crisis de los clubes y un crecimiento en la utilización de pisos".
Esto tiene una consecuencia directa en los costes y condiciones para las prostitutas. En los clubes urbanos el precio que tienen que pagar ellas oscila, atendiendo a los datos del informe, "entre 30 y 50 euros diarios, representando el rango más bajo", aunque el precio promedio "ascendía a 60 euros diarios". Esto ocurre, entre otras cosas, porque existen cargos añadidos: "Se cobra una tarifa por la electricidad, entre tres y cuatro euros al día", y en algunos lugares un "kit de higiene" que puede implicar un pago de hasta diez euros "por cada cambio de sábana". Sobre estos cobros por habitación y consumos, los propios encargados de los locales, como Xabier, explican: "Las chicas llegan, se registran como huéspedes y tienen una pensión en la que está incluida la comida, el desayuno, la cena… Solo que nosotros… en caso de que la chica no tenga dinero no le cobramos". Otro empresario, en cambio, detalla que "si no trabajan… se les cobra 20 euros por la comida, la cena, el desayuno, los servicios. Si trabajan en el primer pase, solamente se les cobra 25 euros. Y si trabajan una hora entera o más, 50 euros". Hay encargados que afirman que actúan como si tuvieran "alquilada la habitación a ellas, y ellas ahí desarrollan su actividad", con infraestructura común. En otros, la separación es más nítida: "ellas tienen su habitación y hay cuatro habitaciones afuera para trabajar", explica una trabajadora de la limpieza.
En "las organizaciones de mayor tamaño se observa un nivel más elevado de estructuración, con la presencia de gerentes intermediarios y otros roles necesarios", pero "únicamente el 16,7% ofrecía contratos de trabajo" y "el 83,3% carecía de este tipo de relación contractual", con "contratos en su mayoría fraudulentos o irregulares". En los clubes pequeños, el informe retrata "mobiliario y decoración antiguos" y "bajo nivel de actividad", con "largas horas en el local" y "tiempo de espera no remunerado".
Es difícil, en cualquier caso, encontrar una única causa que haya provocado el giro hacia los pisos. Una camarera lo resume así: "A partir de lo del covid han hecho pisos… ¿Cuál es la diferencia? Es más discreto… Nada de estar en una barra. Es más barato para los hombres". Mientras que un distribuidor de sustancias apunta a una cuestión de "competencia": "Hay una competencia bestial. Están los pisos de sube y baja de 20 euros, están los pisos 24 horas, están las chicas independientes… los precios de los clubes no son baratos. La hora ronda los 120 euros… vas a encontrar mujeres que por 80 euros te hacen una hora". En pisos "sube y baja" de Murcia, por ejemplo, "el precio medio… es de 15 euros, de los cuales cinco euros son retenidos por el empleador"; en "pisos 24 horas" las tarifas son "entre 30 y 50 euros por media hora", con retribución de "entre el 50 y el 60%". Un exempresario llegó a hablar de "un alquiler semanal de 200 euros" por el uso de las habitaciones compartidas y dormir en literas.
Sin habitaciones propias, horarios fijos, tiempos de descanso o seguridad
Entre las entrevistadas señalan que a veces "las habitaciones no son separadas, digamos que divide una cortina… Son como chabolas… he estado en sitios donde ha habido nueve y 12 mujeres… Hay un baño para nosotras, porque ellos orinan fuera. No se pueden duchar ni limpiar". Y siempre insisten en los pagos extra que se les exigen: "Te quitan el 50%, pero si quieres que limpien tu habitación después, tienes que pagar más, y a veces es obligatorio"; "cuando no venían clientes, quería que yo me ponga a limpiar la cocina…".
En salones eróticos y centros de masajes "ubicados generalmente en comunidades de vecinos", con "licencias comerciales", se fijan "horarios definidos" y "turnos rotativos", y la casa "retiene entre el 40 y el 50% del importe del servicio". En "muchos de estos lugares, el sexo penetrativo está prohibido… y su práctica puede ser motivo de expulsión". Las agencias "no suelen disponer de un espacio físico… las citas se gestionan con antelación". Es decir, "actúan como intermediarias… coordinando los encuentros". Este mosaico de espacios y reglas confirma mencionada "reconfiguración de la economía de la industria", con "una competencia bestial" en pisos y una "crisis de los clubes", que empuja a las trabajadoras a moverse, negociar y soportar costes y controles muy distintos según el lugar.
Si bien los testimonios también muestran que el hecho de que muchas prostitutas vayan cambiando de lugar donde ejercer puede responder a sus propias estrategias, dadas las precarias circunstancias que enfrentan: "Yo solía ir de uno a otro para ganar más dinero… Si me iba mal, solo un día ya me iba. Si me iba bien, yo me quedaba ahí cinco o seis meses", relata Ivanka. Y es que algunas llegan sabiendo a qué vienen: "Me vine para acá ya con el conocimiento… ya sabíamos que veníamos a prostituirnos", pero otras ciertamente lamentan haber sido engañadas: "Te engañan porque te dicen que vas a trabajar… como camarera, en cocina o en limpieza". En todo caso, al menos para parte de ellas, la prostitución es una estrategia de supervivencia: "No es lo que haces cuando tocas fondo. La prostitución es lo que haces para mantenerte a flote". En palabras de otra entrevistada: "Yo no puedo estar en una relación con un hombre que me golpea, me trata mal. Cuando me separé del papá de los niños, para mí era más fácil trabajar así [como trabajadora sexual], que estar dedicada varias horas y quedarme con poco dinero para pagar renta, comida y todo".
Son muchas las mujeres que llegan a la industria tras haber sufrido abusos en empleos anteriores: "Mi jefa empezó a pagar mal, a retrasarse; tenía que cobrar entre el 1 y el 5 y, a veces, cobraba a mitad de mes, hasta que un día me gritó y fue la gota que colmó el vaso", recuerda Amanda. En el caso de Camila, fueron una serie de cadenas de impagos y obligaciones familiares lo que precipitó su cambio: "Trabajé casi un año, pero los últimos meses no me pagaron. Me salí y no sabía qué hacer. Tenía hijos en Ecuador, debía enviar dinero y pagar la deuda. Una chica me dijo: Trabajo en un piso, ven, hablo con la dueña. Y así comencé a trabajar". Manuela cuenta que su salto tuvo lugar desde el sector de la limpieza: "¿No has pensado un poquito que, para pagarte aquí cinco euros por la limpieza…?".
Control y problemas de salud
Las trabajadoras identifican la explotación en "las condiciones desproporcionadas, la explotación económica o la falta de transparencia". Sobre todo cuando su relación está mediada por deudas con los locales y sus gestores. Así lo narra Mónica: "Nos dijo que teníamos que pagar 4.000 euros. Yo le dije: ¿Por qué tanto?, siendo que el pasaje cuesta mucho menos. Entonces empecé a pagar. Lo más incómodo era que ella estaba ahí, sentada en una mesa en la esquina, controlándonos. Llegaban viejos, borrachos, asquerosos, y ella te miraba así, con la mirada, y te hacía señas con la cabeza para que te fueras con ellos. Tenías que entrar con quien ella quisiera. Hasta que, después de un tiempo, ya no aguanté y le dije a la otra: Mira, yo me voy a [nombre de otro club]".
"Por eso el trabajo de la calle me gusta más, en cierta forma, porque yo puedo decidir las horas que trabajo. Aunque, claro, en la calle el problema es la inseguridad que hay", opina Gala. Otras tratan de evitar ser vistas, que alguien cercano les reconozca: "Me retiré porque mi hijo ya estaba creciendo, y me metí a otro piso". Para Victoria, el club le ofrece justamente esa red de apoyo: "Tenemos la seguridad, tenemos un portero, hay gente que está pendiente de una, tenemos gente en la recepción. Para mí hay menos riesgo". Aunque todo con matices, pues como advierte Hilda: "Disuade de que pase algo. Pero tampoco es que luego sea una seguridad muy efectiva".
De modo que, cuando se indaga, es fácil detectar que esa supuesta flexibilidad que presentan algunos terceros convive con dinámicas control muy explícitas. La ventaja que algunas ven contrasta con lo que describen otrass compañeras: "Cuando vas, ellos te dicen: Vosotras no tenéis horario. Es mentira. En la mayoría de sitios hay un horario para entrar, un horario para salir. Sí, te piden que estés en el salón", señala Lucía. Algo que Roxana, una trabajadora de un local, confirma: "No la obligamos a trabajar, pero tienen un horario de salida". Respecto a su salud, los testimonios muestran cómo en muchos lugares, ellas son quienes tienen que ocuparse de comprar "el preservativo y los lubricantes".
Pero cabe recordar que los riesgos no se reducen a ITS o ETS. En los salones de masaje, la carga física se va acumulando, con pocas garantías de poder descansar como es debido: "Hacer eso repetidamente te destroza las manos. Terminas con los dedos agarrotados, con dolor en las muñecas, en la espalda… Es un trabajo muy físico", dice Carla. En clubes, llevar zapatos de tacón a diario es "uno de los recuerdos más persistentes" para muchas. Llegan a referirse a un "dolor crónico en los pies". Una precarización que incluye pagar por servicios básicos en lugares donde ya de por sí pagan por ejercer: "Si no tienes tres euros te quedas sin luz… A pasar frío porque se corta el calefactor… estoy pagando mi luz, estoy pagando tres o cinco euros diarios", critica Paula.
Esta asimetría de poder que se expresa también en la forma en que se aplican las sanciones y los despidos. "Una chica se fue a topar con el amigo del jefe… las formas para echar… no eran las adecuadas. Era a base de gritos. Le decía ¿Te piensas que soy tonta? ¿Te piensas que no sé que te lo has follado?", rememora Carla.
Algo en lo que coinciden es en la dificultad para separar su vida personal del trabajo: "A la hora que usted está comiendo y llegó el cliente, tiene que dejar de comer y atender", expresa Julia. "¿Sabes lo que me pasó la última vez que estuve en un piso?… ya me estaba llamando la mami: Venga, niña, que te está esperando un cliente", narra Marta. Por eso, piden espacios y tiempos reales de descanso: "Había muy poco espacio para que pudieran descansar… Realmente, el descanso era nulo", cuenta Lara.
"Me gustaría que todas pudiéramos tener nuestra Seguridad Social"
De ahí que, cuando se pregunta qué condiciones consideran justas, aparezcan ante todo un amplio elenco de prioridades económicas y laborales. "Te cobran el 50% y no te dan nada, ni seguridad, ni contrato, ni nada… ¿Y por qué? ¿Por poner una cama y una habitación? Es injusto", cuestiona Hilda. Lucía pone cifras al dinero que generan: "Conmigo pueden ganar 1.000 euros en una noche". Y son varias las que reclaman que se tipifique de alguna manera su actividad: "Si esto no se va a acabar nunca, deberían legalizarlo… la mujer también tiene sus derechos", expone Camila. "Me gustaría que todas pudiéramos tener nuestra Seguridad Social, entonces, estoy a favor de eso", argumenta Manuela. Se preocupan mucho por su futuro: "Cuando ya no pueda trabajar más, tener una pensión… ¿qué te queda?", se pregunta Anastasia. "Debería haber un horario como cualquier otro trabajo, ocho horas y descanso… 24 horas… no es vida", exige Mika.
Varias conclusiones del informe enmarcan todos estos testimonios: "La criminalización de la actividad impide el reconocimiento de una relación laboral entre la trabajadora y el empleador", "favorece prácticas policiales basadas en perfiles" y "afecta a la seguridad y el acceso a la justicia de las trabajadoras sexuales", de modo que "la mayoría de acuerdos… se establecen de forma exclusivamente verbal", lo que "obstaculiza la transparencia de los acuerdos entre las trabajadoras y los terceros". Lejos de las respuestas esquemáticas y unívocas, el estudio a pie de calle evidencia que "la oposición rígida entre trabajadoras-víctimas y empresarios-proxenetas resulta insuficiente… los terceros representan un grupo heterogéneo… algunos atentos y responsables, otros indiferentes y negligentes, y otros abusivos". De ahí que la principal demanda que emana del informe tenga que ver con "la necesidad de establecer condiciones laborales justas que les garanticen mayor seguridad, estabilidad y autonomía en el ejercicio de su actividad".

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