Entrevista a Paula Boira, periodista y autora de ‘Un aborto, 8.000 pesetas’Paula Boira: "Los derechos de las mujeres siempre son los primeros que se recortan"
Paula Boira recorre la historia de la lucha por el derecho al aborto en España.

Valencia--Actualizado a
Paula Boira Nacher (Castelló de la Plana, 1996) es periodista y actualmente ejerce en la Agencia EFE. Ha publicado recientemente el libro Un aborto, 8.000 pesetas (Libros del K.O., 2025), una investigación histórica que recorre las historias de las pioneras de la lucha por el aborto en España, mujeres que tuvieron que remover cielo y tierra y poner en riesgo sus vidas simplemente para ejercer un derecho elemental. Paula Boira teje una madeja de historias para reivindicar una memoria feminista que no se ha dignificado como merecía y, asimismo, para situarla como escudo contra recortes e involuciones, ya que, como nos explica, en toda lucha “lo primero que hay que saber y tener claro es de dónde venimos y a dónde no queremos volver”.
Hay una anécdota que cuentas en el libro que me ha llamado la atención. Hablas con la periodista Rosa Solbes, que publica en 1979 un reportaje en 'València Semanal' sobre las que llamas las Janes valencianas, las primeras mujeres que se organizan para realizar abortos en la clandestinidad en València, en aquella época. Eran pioneras, y, sin embargo, Rosa Solbes no recordaba aquel reportaje. Con este libro, ¿has querido reivindicar una memoria a la que no le hemos dado la importancia que merecía?
Así es. La verdad es que, cuando empecé a investigar y a decidirme a escribir, mi primera idea, la idea principal del libro, era poner en papel, o recuperar para que quedara una memoria escrita, la historia de todas estas mujeres —también algunos hombres, pero sobre todo mujeres— que, de alguna manera, son heroínas de la Transición, porque habían luchado para conseguir un derecho tan importante como es el aborto. Una lucha que, realmente, no se había reconocido como merecía.
En este sentido, ellas mismas, de alguna manera, normalizaban lo que hicieron. Es decir, que lo veían como que hacían lo que tocaba, como que no podían hacer otra cosa que luchar en la dirección en que lo hicieron. No había otra manera de poder abortar que irse a Inglaterra o a Francia, u organizarse en pisos. Es una constante en la historia del feminismo o en la historia de las mujeres. Pensamos que son temas que, como solo nos afectan a nosotras o que son temas digamos íntimos, entre comillas, pues que no merecían ser explicados o que no merecían ser expuestos en la esfera pública. Sí que son historias que se habían contado entre ellas o entre las personas más cercanas, pero yo he hablado con mujeres que no habían explicado a nadie sus vivencias.
Ahora bien, hay que reivindicar que estas historias son importantes para la construcción de este país, porque, aunque las hubiéramos olvidado o hubiésemos pasado por ellas de puntillas, son historias que han ayudado a construir la democracia que tenemos hoy en día.
Leyendo tu libro, da la sensación de que actualmente damos cosas por sentadas que hace muy poco, en las generaciones de nuestras madres o nuestras abuelas, había un desconocimiento absoluto. Por ejemplo, las historias que explicas de remedios caseros contra el aborto, como hojas de perejil, provocadas por la ignorancia absoluta a la que se sometía a las mujeres.
En el imaginario colectivo estaban, por un lado, los viajes a Londres, y, por otro lado, los remedios caseros a los que haces referencia. Pero no sabíamos qué había detrás, cómo se hacía realmente, cómo se vivían estas historias. Y con la inquietud de responder a estas preguntas, a medida que iba escribiendo o hablando, por ejemplo, con mis amigas, compañeras, etc., del tema del aborto, me daba cuenta de que aún hoy en día hay mucha ignorancia al respecto.
Actualmente, no es habitual conocer los detalles de la ley vigente y qué derechos reconoce y cuáles no, ni tampoco desde cuándo el aborto es un derecho legal reconocido en España o cuántas veces ha cambiado la ley y qué cambios ha implicado. Así, el libro, además de recoger esta historia feminista, también ha sido una manera de volver a poner el tema en la palestra, para que nos demos cuenta de que sabemos muy poco del aborto en España, de su historia pasada, que se tiene que reivindicar. Y también como toque de atención para que seamos conscientes de que es un derecho que si no lo defendemos o dejamos de hablar de él, al final parecerá que no es importante y será más fácil que nos lo quiten.
Ofreces unos datos muy significativos. En el momento en que se empiezan a hacer abortos con métodos más avanzados, como el método Karman, aunque siguen siendo clandestinos, la mortalidad cae en picado.
Efectivamente, los métodos tradicionales que hasta entonces se estaban utilizando, en primer lugar, no es que no fueran seguros, es que incluso muchos de ellos no era simplemente abortivos, sino que provocaban en el cuerpo reacciones que podían derivar en un aborto, pero también en una intoxicación o una infección que derivara en una septicemia. Con la introducción del método Karman, por ejemplo, estos peligros se anulan en gran parte, puesto que es un método que se ha creado específicamente para abortar, que sirve directamente para ello, y que es un método seguro, rápido y limpio. Si, además, añadimos la preocupación por desinfectar el instrumental, se convierte en un mecanismo muy seguro para ellas, y, por consiguiente, comporta un descenso notable de la mortalidad.
Obviamente, ello no obsta para que en algún caso alguna mujer tuviera alguna complicación —de hecho, en el libro también se explican historias de complicaciones o una serie de problemas derivados de esta intervención—, o incluso que alguna llegara a morir. En el caso del grupo de València, nos explican que no murió nadie, pero realmente, como no tenemos datos, no podemos saberlo a ciencia cierta. De hecho, el grupo tampoco lo podía saber, puesto que, por mucho que la directriz fuera que había que volver después de dos semanas para una revisión, muchas mujeres no lo hacían: ya se habían deshecho del problema y lo último que querían era que las pillasen en aquella segunda ocasión, no querían volverse a poner en peligro.
Pero la segunda revisión muchas veces era la que determinaba si había habido alguna pequeña complicación, alguna pequeña infección que se pudiera detectar y solucionar, o que, por el contrario, derivara en algo más grave. Entonces, sí, obviamente, bajó mucho la mortalidad, pero continuaba siendo una situación complicada, ya que aunque se realizaba con métodos seguros, el hecho de cómo se llevaban a cabo los abortos, es decir, en pisos clandestinos, por ejemplo, provocaba que no fueran todo lo seguros que tendrían que ser o todo lo seguros que son hoy en día.
Se puede decir que la clandestinidad tiene unos condicionantes que no son los óptimos, por mucho que los abortos los empiezan a realizar en el grupo de València gente que ya tiene una formación o es profesional y que lo hace por militancia. Pero con materiales, por ejemplo, condicionados por la situación: que no destaparan sospechas, que fueran habituales. Me ha llamado mucho la atención los usos del bote de Nescafé o de las bombas de bicicleta, materiales cotidianos que se usaban para practicar abortos, substituyendo al instrumental más específico, para no levantar sospechas.
Aunque hubiera apoyo médico, porque, en el caso del grupo de València estaba Pere Enguix, que estaba disponible para cuando hubiera alguna complicación o si se necesitaba la ayuda profesional, al final las activistas que estaban dentro del grupo propiamente no eran médicos. Había alguna estudiante de Medicina, alguna estudiante de Enfermería, pero, realmente, la mayoría no eran médicos, sino activistas. La propia Françoise, que es quien lleva el método Karman a València, nunca había estudiado y seguramente nunca estudió Medicina, aunque se dedicó toda la vida a hacer abortos.
Y, como explicabas, tienen que buscar materiales que sean fáciles de conseguir y que no despierten sospechas. En ese sentido, el bote de Nescafé es el ejemplo perfecto, porque todo el mundo tenía en casa uno, no llamaba la atención. O las bombas de bicicleta. Ambos podían sustituir el instrumental más específico con relativa eficacia. Ahora bien, había también otros instrumentos que no tenían alternativas cotidianas. Es el caso de las cánulas. Y cuando tienen que comprarlas fuera de España, sí que se ponen en riesgo, como es el caso de Françoise, que explica que a punto están de detenerla en la frontera. Tiene la suerte de que es francesa, solo habla francés, se hace la tonta y la dejan pasar. Pero eso no quita que, simplemente por el hecho de comprar los materiales necesarios, se estuviese en peligro y pudiera caer toda la red.
En el grupo de València calculan que realizaron unos 15.000 abortos. En este sentido, estamos hablando de una muestra muy representativa.
Hay que tener en cuenta que en València llega a haber en un momento determinado tres grupos activos. Estaba Pere Enguix, en la clínica Acuario, que es una clínica legal que, si bien realiza también abortos clandestinamente, como clínica es legal, pero después también estaba el grupo de Françoise, que es el grupo original, y la escisión de este grupo, que, más tarde, se traslada a Sevilla para montar otro grupo y expandir la red. Obviamente, están todos conectados, se conocen todos, vienen todos del mismo lugar, y se ayudan, etc. Pero esto significa que la demanda debía de ser muy grande para que pudieran coexistir los tres grupos.
El grupo de València, en cierto modo, funciona como grupo pionero y empieza a poner en marcha en todo el Estado estas redes de apoyo feminista.
Ellas son las pioneras en el sentido que crean un sistema organizado. Son personas que se dedican exclusivamente a esto, que tienen un sistema en el que, cuando alguien llega para pedir ayuda, hay todo un protocolo a seguir para que aquella persona pueda ser atendida de manera segura.
Por ejemplo, el hecho de saber que no se estaba embarazada de más de doce semanas. Este era el primer paso y todas pasaban por ahí. Si estaban de más de doce semanas, no se hacía. El protocolo de cómo se iba a buscarlas, cómo tenían que ser los pisos, cómo se hacía o cómo se transportaba el material, cómo se hacían los abortos, y toda la revisión ginecológica previa y posterior, era todo un sistema, realmente.
En este sentido, es verdad que en Barcelona, antes que en València, también por la proximidad de Catalunya a Francia, ya empiezan a bajar personas del MLAC [siglas de Mouvement pour la liberté de l’avortement et de la contraception: Movimiento por la Libertad del Aborto y la Contracepción] a hacer abortos. Pero no era un grupo organizado. Eran personas voluntarias que bajaban a Barcelona de vez en cuando. No se sabe la periodicidad concreta, pero sí que iban bajando y se iban haciendo abortos. Incluso llegan a enseñar a las DAIA [siglas de Dona, Anticoncepció i Avortament: Mujer, Anticoncepción y Aborto], que eran los grupos feministas pro-aborto en Catalunya y ellas en algún momento empiezan a hacerlos, pero nunca de una manera tan organizada y con un protocolo tan claro como tiene València y como tiene después Sevilla, a través de la expansión del grupo de València.
Realmente, a este nivel, que se sepa, no se llega a exportar a otro lugar. Sí que hay una intentona de llevarlo a Galicia, pero, finalmente, no acaba saliendo adelante. En un documento de la Comisión por el Aborto, de principios de los años ochenta, se reconoce que, de los grupos que había, el más similar al MLAC francés eran los grupos de València y de Sevilla.
La clandestinidad, evidentemente, añadía peligro a una situación que, por definición, no es plato de buen gusto.
Siempre era complicado. No por el hecho de decidir si querían abortar o no, sino por la manera en que se tenía que hacer. Tenías que preguntar, confiar en que no te delatara a quien le preguntabas y que el teléfono que te daría te llevaría a una solución y no a otro problema. Realmente, la decisión difícil para la mayoría de mujeres con quienes yo he hablado era cómo llevar a cabo la decisión que ya habían tomado. Es decir, yo quiero hacer esto, ¿pero cómo lo hago? El problema lo tengo en la manera en que me están obligando a ejercer un derecho. Hay un testimonio en el libro que explica esto. Una mujer que lo pasó muy mal, pero no por el hecho de abortar en sí, sino porque en su caso tenía diecisiete años y tenía que pasar sola la frontera en autobús, sin DNI ni pasaporte, sin que nadie supiera dónde estaba yendo, ni sus padres ni su familia, ni sus amigos más cercanos ni prácticamente nadie. Pudo conseguir el dinero, pero del resto no sabía nada, así que se tuvo que poner en las manos de una mujer francesa que no conocía y a quien apenas entendía y en la cual no tenía más remedio que confiar. Es lo que ella decía: lo pasó mal, pero por cómo se vio obligada a llevar a cabo una decisión que ya había tomado.
Afirmabas antes que no solo hay desconocimiento respecto a la historia de donde venimos, sino incluso a los derechos que hay actualmente reconocidos y cómo se pueden ejercer.
Efectivamente. Me he encontrado con casos y además con gente que considero que está informada o incluso involucrada en el movimiento feminista, que no son personas ajenas a la actualidad, ni mucho menos, en que se desconocía en qué año se había legalizado el aborto en España o de qué manera se había legalizado, si había habido cambios, qué había comportado la última reforma de la ley, que, por otro lado, es muy reciente, de 2023, etc. Me he encontrado con mucho desconocimiento en todo este ámbito y me ha sorprendido mucho lo que comentaba antes: parece que es un derecho que damos por hecho y, como lo damos por hecho, al menos en mi generación o incluso en generaciones anteriores, no tenemos en cuenta la lucha que hay en este ámbito.
La reforma de 2023 de la que hablaba antes introduce muchos aspectos que son muy beneficiosos para las mujeres y que mejoran muchísimo una ley del aborto que es verdad que en España está muy avanzada, pero que, obviamente, lo que demuestra es que todavía hay muchas cosas por mejorar y que o las desconocemos o no somos conscientes de su importancia. Por ejemplo, los abortos de más de 21 semanas, que en España tiene que autorizar un comité clínico y que en bastantes casos se deniegan. En este sentido, tenemos mujeres españolas hoy en día que tienen que irse fuera para poder abortar, y este es un hecho muy poco conocido.
En este sentido, las feministas de Alacant denunciaban recientemente que en los hospitales públicos del área es de facto imposible abortar.
Sí, hay varias provincias en España en que hace años que no se realizan abortos en hospitales públicos. Esto es un problema grave. Primero de todo, porque, si es un derecho que está reconocido legalmente, se tiene que poder ejercer en el sistema público, porque cualquier mujer tiene que tener acceso a él. Hay que reconocer, obviamente, el trabajo que en su momento hicieron las clínicas privadas, que son las que dieron acceso a este derecho cuando se legalizó, porque, entonces, en los hospitales públicos era completamente imposible. Pero, más allá de este reconocimiento, hay que seguir luchando para que realmente sea un derecho que se pueda ejercer en la sanidad pública, ya no solo para defender nuestro sistema público, sino porque muchas mujeres se tienen que ir fuera de su provincia o incluso de su comunidad autónoma para poder abortar. Si a ti te dijeran que para que te operaran de apendicitis te tienes que ir a otra comunidad autónoma, estaríamos poniendo el grito en el cielo.
¿Crees que estamos en riesgo de involución? Pienso, por ejemplo, en la oficina antiabortista que ha puesto en marcha el Ayuntamiento de Alacant, a instancias del pacto del PP con Vox.
Ya lo creo que sí. Con todos los derechos que tenemos las mujeres hoy en día siempre hay riesgo de involución, porque siempre son los primeros derechos que se intentan recortar. Lo estamos viendo en otros países, sobre todo en Estados Unidos: no es alarmismo. ¿No dicen que cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar? No hay ningún derecho garantizado de por vida, y menos aún los de las mujeres: hay que lucharlos siempre. Y, para ello, lo primero que hay que saber y tener claro es de dónde venimos y a dónde no queremos volver.


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