"Un abuelo puede querer mucho a su nieta, pero despreciar a su esposa": cuando la violencia machista deja solas a las mujeres mayores
Esta invisibilización responde a una combinación de factores estructurales que sitúan a las mujeres mayores en una posición de especial vulnerabilidad.
Según explica la socióloga Irene Lebrusán, "la violencia que sufren las mujeres mayores está mucho más arraigada dentro de las propias familias".

Madrid--Actualizado a
La violencia machista no es un fenómeno que se pueda acotar a una etapa concreta de la vida. Sin embargo, cuando se ejerce contra mujeres mayores, tiende a diluirse. No porque sea menos grave, sino porque se entrecruza con otros ejes de desigualdad como la edad, la dependencia, la enfermedad o la pobreza que contribuyen a silenciarla. La violencia, de este modo, se normaliza, se minimiza o se confunde bajo el mantra de los efectos "naturales" del envejecimiento, y las mujeres que la padecen quedan relegadas a una categoría difusa donde el maltrato no siempre se nombra como tal. En palabras de la socióloga Irene Lebrusán, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid y colaboradora del Centro Internacional sobre el Envejecimiento y la Longevidad (CENIE), las mujeres mayores son "las grandes olvidadas", incluso a veces dentro de los feminismos.
Esta invisibilización no nace de la nada. Conviene tener presente que responde a una combinación de factores estructurales que sitúan a las mujeres mayores en una posición de especial vulnerabilidad, consecuencia de una educación frecuentemente en la obediencia cuando no directamente la sumisión, dependencias económicas y emocionales acumuladas, y una violencia que, en muchos casos, se ha prolongado durante más de cuarenta años. El Estudio sobre las mujeres mayores de 65 años víctimas de violencia de género, promovido y coordinado por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, constata que el 40% de las mujeres encuestadas llevaba cuatro décadas o más sufriendo violencia por parte de su pareja o expareja.
Según explica Lebrusán, "la violencia que sufren las mujeres mayores está mucho más arraigada dentro de las propias familias", lo que dificulta enormemente su reconocimiento y denuncia. "Tenemos interiorizada esta idea de que los maltratadores son personas malísimas, terribles y, bueno, nos parece que necesitamos que se identifiquen con todas las facetas del monstruo para que podamos reconocer que existe ese factor de maltrato", añade la socióloga.
Aceptar que un padre o un abuelo ha sido un maltratador es, muchas veces, difícil para el entorno de las víctimas. "Nos cuesta mucho asumir que un maltratador no se comporta mal con todas las mujeres de la familia. Un abuelo puede querer mucho a su nieta, pero despreciar con ahínco a su esposa; el mismo señor que te llevaba al parque de niña fue un auténtico tirano con tu abuela. Enfrentar esa disonancia es muy complejo", insiste Lebrusán. Esto lleva a relativizar y hasta justificar determinadas conductas violentas, especialmente cuando no se expresan de manera física o "extrema".
El estudio de la Delegación del Gobierno confirma esta normalización: muchas mujeres mayores no identifican determinadas conductas como violencia de género porque han formado parte de su vida cotidiana durante décadas. La convivencia, desde fuera, tiende a leerse como estabilidad.
Para comprender por qué a las mujeres mayores les resulta especialmente difícil salir de una relación violenta, Irene Lebrusán propone distinguir entre dos dimensiones: el efecto edad y el efecto generación. El primero alude a un proceso acumulativo: "Cuanto más años pasamos en una situación de violencia, más difícil es salir de ella". Décadas de maltrato terminan por erosionar la autoestima, consolidar la indefensión aprendida y generar la percepción de que el "tiempo invertido" en la relación no podrá recuperarse. Esto es, como si no mereciera la pena salir de ahí.
El efecto generación, por su parte, remite a los contextos históricos y culturales en los que estas mujeres fueron socializadas. Muchas crecieron en un marco en el que la violencia estaba normalizada, las denuncias no eran socialmente aceptadas y el divorcio era, en la práctica, una opción inexistente. El ya mencionado análisis de la Delegación, realizado por Cruz Roja Española con apoyo de la Universidad Carlos III de Madrid, recoge que un 30% de las mujeres permanecieron en la relación porque "este tipo de violencia era aceptado por la sociedad en aquellos momentos", y un 13% porque "no se admitían denuncias por este motivo".
Estas condiciones no solo influyen en la capacidad de identificar la violencia, sino también en la disposición para hacerla pública. De no taparla. La idea de que "los trapos sucios se lavan en casa", el miedo al qué dirán y la culpabilidad son algunos de los frenos que inevitablemente operan a la hora de denunciar.
A las dificultades personales y familiares se suman obstáculos institucionales. El proceso de denuncia resulta, para muchas mujeres mayores, desconocido, complejo y poco amigable. "Es farragoso y produce en ocasiones sensación de sentirse juzgadas y vergüenza", apunta Lebrusán. Esta percepción no es menor si se tiene en cuenta que solo un 33,8% de las mujeres mayores víctimas de violencia recurren a servicios de ayuda, frente al 46,8% de las mujeres menores de 65 años, según datos de 2019 publicados por el Ministerio de Igualdad.
Además, los recursos especializados en violencia de género suelen carecer de una perspectiva de curso vital. Están diseñados, en gran medida, pensando en mujeres más jóvenes, con hijos pequeños o en edad laboral activa, lo que deja fuera las necesidades específicas de quienes enfrentan problemas de salud, dependencia física o incluso situaciones de aislamiento social.
La vejez introduce, además, elementos que pueden intensificar o transformar la violencia machista. La enfermedad, la jubilación o la pérdida de autonomía pueden actuar como detonantes de nuevos episodios de violencia o reforzar dinámicas de control ya existentes. Si bien es cierto que la violencia puede darse tanto en contextos de fragilidad y dependencia como en situaciones en las que la mujer mantiene un alto grado de autonomía, en ambos casos existe "una especial vulnerabilidad asociada a la edad". Especialmente complejas son las situaciones en las que la mujer se convierte en cuidadora principal de su maltratador o, a la inversa, depende de él para recibir cuidados.
El edadismo, a su vez, opera como un factor agravante que atraviesa todas estas dimensiones. "Cuesta entender que una mujer mayor quiera dejar una relación en la que lleva toda su vida adulta", señala Lebrusán. Desde fuera, no es infrecuente escuchar comentarios que banalizan el deseo de separación en edades avanzadas: "¿A los 80 se divorcian? ¡Si para lo que les queda!". Este tipo de discursos niega, en la práctica, el derecho de las mujeres mayores a una vida libre de violencia y a tomar decisiones sobre su propio bienestar.
Sin embargo, los datos muestran que cada vez más personas de edades avanzadas se separan o divorcian, lo que apunta a un cambio de mentalidad progresivo. "Cuanto más presente es una realidad, más fácil es aceptarla", subraya la socióloga.
Entre tanto, diferentes análisis advierten de que la violencia machista en la vejez tiene un impacto directo y acumulativo sobre la salud física y mental. El estudio Violencia de género en mujeres mayores de sesenta y cinco años y uso de servicios sanitarios en España, publicado en la Revista Española de Salud Pública en octubre de 2025, confirma que las mujeres mayores que han sufrido violencia presentan una mayor probabilidad de utilizar servicios sanitarios, incluyendo atención primaria, hospitalización y urgencias, en comparación con aquellas que no la han sufrido.
Siete de cada diez mujeres mayores víctimas de violencia experimentan tristeza, ansiedad o angustia, y muchas arrastran problemas de salud mental no tratados adecuadamente. Esta sobreutilización de los servicios sanitarios contrasta con la baja tasa de detección específica de la violencia, que a menudo queda enmascarada bajo diagnósticos asociados al envejecimiento.
Ello solo da cuenta de que la violencia machista en mujeres mayores sigue siendo, como concluye Lebrusán, "un tema en gran medida desconocido y que recibe muy poco interés". Visibilizarlo implicaría no solo ampliar el foco del debate público, sino también revisar críticamente los marcos desde los cuales se diseñan las políticas, los recursos y las campañas de sensibilización que se supone que están ahí para acompañarlas también a ellas.
La investigación Análisis de la atención en los servicios sociales a las mujeres mayores de 65 años víctimas de violencia de género, publicada en la revista Prisma Social hace poco más de un año, introduce una perspectiva interesante a este respecto. A partir de una encuesta a 90 profesionales con una media de casi veinte años de experiencia, el estudio concluye que existe "una situación de invisibilidad de la violencia de género en mujeres mayores de 65 años en los servicios sociales", una invisibilidad que no se debe a la inexistencia de casos, sino a su carácter oculto, normalizado y difícil de identificar.
Las propias profesionales describen a estas mujeres como personas que, en su mayoría, sufren violencia psicológica y económica, que "rompen con sus parejas en menor medida que las mujeres jóvenes" y que tienden a "soportar la situación" sin pedir ayuda, en gran parte porque les "cuesta reconocer la violencia que sufren". Algo que concuerda con lo advertido por Lebrusán.
Pero el estudio señala otra cuestión especialmente significativa. Aunque se supone que los servicios sociales son un espacio privilegiado para detectar situaciones de vulnerabilidad, la realidad es que el sistema tal y como está pensado carece, al menos de facto, de herramientas específicas para abordar la violencia machista en la vejez. El 100% de las profesionales encuestadas afirmó no conocer "ningún programa social dirigido a este colectivo", y el 98,8% reconoció no haber recibido formación específica sobre violencia de género en mujeres mayores de 65 años.
Esta falta de formación y de recursos especializados se traduce, según el análisis cualitativo, en mayores dificultades para identificar casos de por sí muy complejos, en procesos de revictimización indirecta y en una atención que, aun bienintencionada, no siempre logra adaptarse a la necesidad y urgencia que estas mujeres requieren.
El 016 atiende a todas las víctimas de violencia machista las 24 horas del día y en 53 idiomas diferentes, al igual que el correo 016-online@igualdad.gob.es; también se presta atención mediante WhatsApp a través del número 600000016, y los menores pueden dirigirse al teléfono de la Fundación ANAR 900 20 20 10.
En una situación de emergencia, se puede llamar al 112 o a los teléfonos de la Policía Nacional (091) y de la Guardia Civil (062) y en caso de no poder llamar se puede recurrir a la aplicación ALERTCOPS, desde la que se envía una señal de alerta a la Policía con geolocalización.


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