Opinión
Contra la autoridad que estos días se sienta a la mesa

Periodista y escritora
Cada una tiene su percepción. Para algunas personas, estos días navideños son felicidad. Para otras, consumo. Hay quien los identifica con la fiesta. Para mí, cada navidad me planta en el ánimo la evidencia de la autoridad omnipresente, la de siempre, esa garrapata que nunca muere, que ni siquiera cambia demasiado. Cuando en una casa desaparece la figura de autoridad, cuando consigues eliminarla, o se esfuma por el paso del tiempo, o porque tu construcción familiar cambia radicalmente, es cuando más evidente se hace su existencia, en otros ámbitos, en otros días.
El abuelo que observa sentado en su butaca, con el vino en la mano, cómo sobre la mesa aparece el mantel, y después aparecen cubiertos y platos, y más tarde, aparecen las viandas. Es la magia de la navidad. Violencia.
El padre que, un par de botellas más tarde, vocifera presidiendo la mesa, agita un puño que echa a temblar las copas y le espeta a la hija que ahora son todas muy putas. Pero ella no ha dicho nada. Violencia. Los silencios de los hijos y las hijas, de las abuelas y las madres, de las hermanas y las tías baten las alas quedamente como si su algodón pudiera atemperar, absorber, limpiar. Violencia, violencia. Violencia y miedo.
Es lo normal, lo de cada año. Lo llaman orden, pero es un tigre ante el que el resto de la familia se mueve con cautela, baila los movimientos conocidos del banquete para que nada enturbie esa aparente paz feroz. Pero la bestia allí, en el centro de la habitación, sabe cómo funcionan estas cosas, y tiene ganas. Siempre tienen ganas, llegará el momento, sírveme otra copa.
La autoridad no necesita golpear. Le basta con imponer el marco: decidir qué cuenta, qué vale, qué entra y qué queda fuera. Violencia. “Esta noche vamos a pasárnoslo bien, coño, que estáis todos amuermados, hostias, que es navidad”. La violencia de la autoridad es la norma que se presenta como natural, el sentido común que no admite réplica, la obediencia impuesta como si fuera consentimiento. Son los administradores de la normalidad. Y la normalidad, sentados a la mesa familiar, es la alegría, pobre de ti que no la sientas.
La autoridad es la base de la familia tal y como la conocemos, tal y como la manejamos. Como afirma Hannah Arendt, “la autoridad no convence” porque la autoridad se basa en el reconocimiento previo, en la tradición, no en la persuasión ni la argumentación. Pero la autoridad no se diferencia en realidad de la violencia, porque es violencia. Violencia, castigo y miedo.
Ahora, todo eso que resulta tan evidente en los hogares por estas fechas, trasládalo a las diversas construcciones de la sociedad y el Estado. Cualquier lucha contra la autoridad es una batalla por lo colectivo y en busca de la alegría. Cada año, por estas fechas, me repito que ahí, en lo pequeño, en el supuesto ámbito de amparo, comienza el gran infierno.
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