Entrevista a Mara Mariño, sexóloga"No puedo concebir tener a mi lado una pareja que consuma pornografía"
La periodista y Premio Menina 2025 reflexiona en esta entrevista con 'Público' sobre algunas de las ideas de su último libro, '#S3XPIDEMIA' (Editorial Loto Azul).

Madrid--Actualizado a
Es relativamente frecuente encontrar artículos o reportajes sobre violencia sexual como si solo tuviera lugar bajo circunstancias excepcionales. Tanto las redes sociales como los medios, pasando cada espacio por cada una de nuestras manos, se hacen eco de lo noticiable: escándalos puntuales, agresiones aisladas, episodios que interrumpen brevemente la "normalidad" antes de volver a diluirse en el ruido informativo. #S3XPIDEMIA (Editorial Loto azul), el último libro de Mara Mariño, parte justamente de una premisa que trata de cuestionar esta idea para proponer que no estamos ante anomalías, sino ante un sistema violento con las mujeres que se adapta, se renueva y que ha encontrado en la tecnología un aliado catalizador. No tanto porque la tecnología sea la causa, sino por funcionar con frecuencia como acelerador y amplificador de violencias que ya existían.
En el libro, Mariño propone leer la coyuntura de nuestro presente situándonos desde ese momento de intensificación. La matriz de la violencia sexual tal y como se está manifestando en la actualidad -para ella- es la pornografía, entendida "como una caricaturización violenta del sexo". Además de todos sus derivados como Onlyfans o las muñecas sexuales. No se puede entender, a su juicio, la normalización de dinámicas de dominación, humillación y desposesión del cuerpo femenino en entornos digitales y afectivos, sin considerar la permeabilidad que está teniendo el porno desde edades tempranas.
Mariño afirma que solo así se puede impugnar la "estructura". "La pornografía vende una idea de ficción, pero no es algo ficticio", escribe, subrayando una idea que atraviesa todo el libro y en la que incide en conversación con Público. Los relatos importan porque educan, porque organizan expectativas y porque moldean comportamientos: "Lo que se consume, se aprende; y lo que se aprende es lo que reproduce".
Mariño insiste, de esta forma, en que estas violencias no operan en abstracto ni se quedan en el terreno de la representación. Al contrario, se filtran en las relaciones íntimas, en la manera de vincularse, de desear y de negociar los límites. "Cuando tenemos sexo con alguien, tenemos que cuidar su cuerpo como si fuera el nuestro", afirma. Una frase que en sí misma denota una ética que choca frontalmente con muchas de las expectativas actuales acerca del sexo, atravesadas por la idea de disponibilidad, consumo y rendimiento.
Otro de los aspectos más incisivos del libro es la forma en que interpela directamente a los hombres, como sujetos implicados. Mariño cuestiona el modo en que determinadas prácticas se sostienen gracias a una complicidad masculina que rara vez se examina. "Hay que sentarse y hablar con nuestros novios de lo que supone la pornografía", sostiene, trasladando de nuevo la discusión a un terreno donde prime la responsabilidad afectiva y también política.
Desplazamiento que, bajo su mirada, rompe con la idea de que el deseo es un espacio privado, ajeno a la ética. "No puedo concebir tener a mi lado una pareja que consuma pornografía", afirma Mariño, incidiendo en hasta qué punto lo íntimo también es un espacio de posicionamiento: "No se trata de preferencias individuales, sino de los valores que sostienen una relación y de los imaginarios que se legitiman con cada uno de estos gestos". Para la sexóloga, no se trata solo de excitación, inmediatez, de que el deseo surja al ver a una u otra actriz en un vídeo de minuto y medio; sino de las condiciones que han posibilitado la creación de ese contenido. Es decir, la precariedad que rodea a la industria: "Es el momento de la historia en el que más rotación hay entre las actrices, no duran más de seis meses. Una cifra mucho menor que el de los hombres actores. Habría que preguntarse por qué: a qué violencias e inseguridad se les expone. Todo eso le tendría que preocupar a cualquiera que consumiera pornografía".
Por eso Mariño se muestra crítica con intentos que están empezando a desarrollarse para reformular el contenido pornográfico: "Si empezamos a hablar de porno feminista estamos desviando el foco de lo que realmente deberíamos atajar", advierte. Y añade: "Decimos porno feminista, pero no se nos ocurriría pensar en una pornografía antirracista", apuntando a la dificultad de corregir una industria que se sostiene sobre "desigualdades estructurales".
El libro avanza, capítulo a capítulo, construyendo una suerte de cartografía de esta violencia sexual contemporánea, desde la exposición no consentida en redes hasta la educación sentimental que reciben niñas, niños y adolescentes en ausencia de una educación sexual afectiva sólida. El resultado se parece mucho a un catálogo de horrores.
El problema, señala, es que estas conversaciones no están teniendo lugar ni en los espacios educativos ni, muchas veces, en el ámbito familiar. Aunque la educación sexual afectiva es obligatoria por ley en España, su aplicación sigue siendo desigual y, en muchos casos, inexistente. La consecuencia es una generación que aprende sobre el deseo, el consentimiento y el placer a partir de narrativas violentas y deshumanizadoras, sin herramientas críticas para cuestionarlas.
En #S3XPIDEMIA, Mariño insiste en que la responsabilidad no puede recaer únicamente en las mujeres ni en las madres. Padres, instituciones y gobiernos deben implicarse de manera activa. Cita, por ejemplo, el caso del Reino Unido, donde se ha prohibido la pornografía que muestra estrangulamientos. Para ella, ese tipo de posicionamientos envían el mensaje cristalino de que "no todo vale en nombre de la libertad sexual" cuando hay cuerpos que pagan el precio y "se ponen en riesgo, en peligro".

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