Opinión
Los hombres no estarán con nosotras en la lucha que viene

Periodista y escritora
Cuando llegue la ultraderecha al poder en España, de la misma manera que está llegando a otros países de nuestra órbita, de la misma manera que ha llegado ya a la mayoría de nuestras comunidades autónomas, echarán abajo la mayoría de los derechos conseguidos por el feminismo, el ministerio de Igualdad, las ayudas destinadas a este ámbito y cualquier idea de promoción de la presencia de las mujeres en la vida pública. No tendremos junto a nosotras a los hombres en la lucha. La mayoría de ellos callará, igual que ha callado desde que empezamos a hablar nosotras.
Después del movimiento #Cuéntalo (2018), que es después del #MeToo (2017), y también del #NiUnaMenos (2015), vivimos un pequeñísimo pico de optimismo. Y digo pequeñísimo porque fue suspiro en el tiempo, efímero como una nubecilla de vaho entre el hielo de la violencia. Sólo cinco años después del #Cuéntalo, que nació en España, el presidente del Gobierno de este país, el socialista —y dice que feminista, madre mía— Pedro Sánchez declaró aquella tristemente famosa idea de que el feminismo había ido demasiado lejos y había “incomodado” a sus “amigos de 40 y 50”.
A partir de ahí, debemos convenir que comenzó el castigo simbólico, económico, institucional y político (aunque no solo) contra el movimiento feminista que había osado poner en el centro dos asuntos claramente molestos para el patriarcado de cualquier color político: el consentimiento y el relato de las propias mujeres sobre la violencia que recibimos.
Cinco años no son nada, nada de nada en términos históricos. La respuesta institucional —y la de un presidente del Gobierno lo es— contra el movimiento feminista llegó inmediatamente, como el rayo. Con el agravante de que Sánchez se había puesto las medallas de izquierda y de feminismo; y no sólo eso, su propio partido, el PSOE, reclamaba para sí el mismo galardón.
Recuerdo el tiempo posterior a los movimientos #MeToo y #Cuéntalo no como una época feliz, que pudo haberlo sido, sino profundamente desalentadora. En una muestra de candidez que se repite y se repite, creímos que el hecho de relatarnos una a una, por millones, modificaría no sólo la forma en la que nosotras, las mujeres, enfrentábamos la violencia, sino también a los hombres. Recuerdo que tuve claro que recibiríamos castigo por nuestra osadía, pero también albergaba una difusa esperanza en que una parte de los varones de esta sociedad saldrían a acompañarnos en la lucha.
Me pregunto de dónde procedía tal idiotez, e imagino que del deseo y la necesidad. Ahora ya nadie puede negar que la violencia machista es universal y constante, está en todos los ámbitos y convierte a las mujeres en ciudadanas de tercera, sometidas a agresiones constantes en lo físico (ahí también entra lo médico y científico), lo sexual, lo psicológico, lo laboral, lo económico y todos los órdenes de la vida. Aunque haya quien rechace públicamente esta idea, se trata únicamente de un enunciado para ganar cuotas de poder. Nadie —insisto: NADIE— cree que la violencia de género no existe.
¿Alguien imagina una Asamblea de hombres por los derechos de las mujeres? ¿Alguien imagina a los hombres convocando una huelga general para que nosotras tengamos los mismos derechos laborales? ¿Alguien imagina coordinadoras de hombres convocando manifestaciones, boicots, movimientos de desobediencia para enfrentar el recorte de derechos que se nos viene encima a nosotras? No lo creo. La razón de mi absoluta, sólida, esférica desconfianza es la experiencia. Si no lo han hecho hasta ahora, ¿por qué deberíamos pensar que eso cambiará? Después de narrar por millones, una a una, las violencias más salvajes sufridas a manos de hombres, éstos sólo han sido capaces (como grupo) de articular un básico #NotAllMen (“no todos los hombres somos iguales”). ¿Qué razones tenemos para pensar que ellos van a salir en defensa de nuestros derechos cuando éstos sean vulnerados? Ninguna.
Los hombres no estarán con nosotras en la lucha que viene. Esto es algo en lo que deberíamos pensar. Porque el nuevo fascismo abrirá muchos frentes, y tengo la sensación de que, como suele ocurrir, la lucha por los derechos de las mujeres acabará relegada a una molesta “trampa de diversidad”. Al tiempo.
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