Criptobro no paga traidores
La historia ficticia de una infiltración en un campamento de la manosfera contada a través de 'reels'.

Madrid--Actualizado a
[REEL 1 · el Palacio de las Valquirias, tarde, Marta haciéndome 'cornrows' con el móvil apoyado contra un termo]
Hoy por fin me tocaba hacerme las trenzas pegadas que me prometió Marta el otro día. "Chicas, hoy estoy con Vera, una amiga que me he hecho este año en el Ragnar Camp y voy a aprovechar para haceros un tutorial exprés de cornrows con productos que cualquiera tiene en casa", ha empezado Marta con la misma voz de niña pequeña (una especie de fundie baby voice de Ballerina Farm del Manzanares) que usaba en el reel de las tartas de queso. Pero se ha quedado sin batería a los cuatro minutos. Ha sido apagarse la pantalla y soltar el aire de golpe, como si llevara conteniéndolo todo el día. Entonces ha dicho con su voz de siempre: "Bueno, Vera, ya que estamos solas, te voy a explicar cuatro cosas de este Matrix en el que llevamos metidas ya unos días. Tú si entra alguien, disimula".
Le cuento el yuyu que me dio traspasar a la zona de los incels. Mala vibra pero de la chunga. "Los primeros que llegaron aquí fueron ellos", arranca ella. "Su acrónimo —in-voluntariamente cél-ibes: incel— se lo inventó una chavala canadiense, en 1997, para abrir una página de apoyo a gente que había tenido mala suerte en el amor, y mira tú la jodida evolución que ha tenido el conceptito. Los caminos de la internet son inescrutables. Porque la cosa es que la mandanga final de todo esto va de encontrarse, apoyarse, de sentirse pertenecer, en fin, la más básica de las necesidades que se despacha en el ser humano, ¿no?
¿Tú te has fijado en nuestra relación? ¿Cuánto hemos tardado tú y yo en crear vínculo, compartir, vaya, lo que es puto hablar, compartir información, contarnos cosas importantes de nuestras respectivas vidas? Pues ellos viven bastante blindados a ese flujo de llámalo afectos, cuidados, intimidad, bonding, si me tengo que poner estupenda…". De golpe entra alguien en la tienda a por algo y Marta le saluda con el fundie baby voice activado otra vez. A mí ese pito me recuerda más bien a las pelis de Gracita Morales que veía con mi abuela. Marta solo vuelve a ser Marta cuando nos quedamos solas.
[REEL 2 · misma tarde, Marta todavía con el peine en la mano pero ahora dibujando un mapa del campamento en la tierra]
Verás, sigue, Ragnar Camp surge como un intento de replicar en físico el conglomerado de subculturas digitales de la Manosfera, esa palabra paraguas, ojo, en la que caben todos: caben los que reivindican el día del Hombre (MRA por sus siglas en inglés: Men's Rights Activists), caben los papis rebotados que no les ha salido lo de la custodia por la cara, los que directamente se bajan del carro y pasan de nosotras para seguir "su propio camino" (EJEM, imagino que la casa se la sigue limpiando alguien, cuando hablan de perfeccionamiento personal nunca se refieren a limpiar los baños cada vez mejor), los que dan cursos de seducción, tipo Tom Cruise en Magnolia pero con redes sociales.
Ah, y después de la covid-19 llegaron los gym y los criptobros. Pero tú no te agobies con las siglas, dice Marta mientras me separa otro mechón de pelo. Eso va mutando cada dos años. Lo importante es que todos tienen gurús y todos acaban haciendo caja. Ya pueden decir que luchan por los padres divorciados, que pasan de las mujeres, o que les enseñarán a dominar, a controlar de nutrición, de trading... Cambia el envoltorio pero el negocio es el mismo.
Marta parece muy suelta con toda esta cartografía. Lo que más me ha revuelto el estómago es el rollo jerárquico. Lo ha dibujado con la punta del peine: arriba, macho alfa. Debajo, macho beta, todavía "aprovechable". Y debajo de todo, el resto: los que nunca llegarán a ningún sitio según esa misma escala. De esta estratificación surge su regla del 80/20: el 80% de las mujeres solo nos fijamos en el 20%, es decir, los de aquí arriba.
En vez de preguntarse de dónde carajo sale esa idea, asumen que las mujeres somos "interesadas" por naturaleza, programadas para orientarnos al de más puntuación (según su propia escala, no lo olvidemos). En fin: el rencor como levadura fastuosa de la misoginia. Perdóname, es que me pierde una metáfora repostera. Marta ha terminado soltándome algo que de verdad ya me ha quitado el sueño del todo: por debajo de todas esas siglas y acrónimos (MRA, MGTOW, PUA, incels) hay un suelo común. Todos creen a pie juntillas en la existencia de un mercado sexual que funciona con reglas fijas, como si fuera la bolsa, donde cada persona tiene una nota, un valor de mercado: diez, siete, tres. "¿Te has planteado alguna vez tu nota, Stacey?", me ha dicho mirándome a los ojos. Después ha sentenciado que ya estaría lo de las trenzas y que me queda "de locos".
[REEL 3 · seguimos despiertas, ya de madrugada, Marta con la manta puesta como una capa]
"Una cosa más y ya me callo", ha dicho Marta, incorporándose un poco. "¿Conoces a Sara Ahmed?". He negado con la cabeza. "Da igual. Leí una cosa suya hace años y desde entonces no me la quito de la cabeza. Viene a decir que estas historias no funcionan porque convenzan a nadie. Funcionan porque consiguen que las emociones circulen. Y la emoción más compartida es la del agravio, la de estafa. ¿Te imaginas crecer creyendo que el mundo es para ti? Y que en 2017 llega una jodida panda de locas y se ponen otra vez a levantar las alfombras: que si el #MeToo, que si el consentimiento, que si la huelga de cuidados… ¿Cómo te hubieras sentido tú?".
He pensado en Iván. Yo siempre he creído que él está aquí porque esto le resulta muy entretenido (y es que lo es), porque se lo pasa bien con sus colegones de internet. "Sí, pero, además", sostiene Marta, "es que en el Coliseo ellos se están cuidando". Me ha salido una risa. "¿Cuidando?" "Sí. Nunca lo llamarían así. Lo llamarán disciplina, sacrificio, hermandad o lo que toque esta semana. Pero cuando uno le hace de spotter en los press de banca, cuando le espera para entrenar, cuando le grita ¡vamos, una dominada más!, o cuando se quedan una hora hablando después de ducharse... Piénsalo, ¿eso qué es?".
Me he acordado de mis hermanos y me he puesto a hablarle de ellos a Marta. Del fútbol. Del tenis. De todas esas conversaciones y acercamientos que solo se permiten mientras ven un partido o vuelven conduciendo después de jugar un partido. ¿A quién no le va a gustar sentirse cerca, que le importas al otro? "Pues por esa grieta, algunos listos se cuelan y meten todo lo demás". Me he imaginado que allá donde duerme Iván están todos haciendo la cucharita. Bromance de manual. Bro- de brother. -mance de romance. Estoy hasta el gorro de acrónimos, si queréis que os diga la verdad. Mi madre diría que estamos todos gilipollas.
[REEL 4 · fuera de la tienda, primera luz de la mañana, Vera sale de su tienda a gatas con el libro de Sara Ahmed de Marta en la boca]
Otra vez, ¡buenos días desde Ragnar Camp! He estado toda la noche dándole vueltas a cómo les renta el negocio este de la "lealtad" a algunos. Porque aquí hay una norma no escrita pero que todo afiliado conoce: criptobro no paga traidores. El que empiece a cuestionar la jerarquía será apartado; en cuanto se atreva a dudar en público dejará de aparecer en los vídeos, dejará de llevarse comisión, dejará de ser nombrado (cuidado).
El problema nunca fue el cuidado. Ojalá se cuidaran más hombres entre sí, y sin darles vergüenza ninguna. El problema es cuando el cuidado llega con una suscripción, una jerarquía y, de propina, un enemigo común: las mujeres feministas. Vamos a tener que hablar largo y tendido, Iván y yo, después de todo esto. Porque no acabo de ver qué pintamos las novias de trenzas apretadas dentro de toda esta arquitectura. Voy a desayunar con Kevin y Marta a ver si me dan más pistas. Por cierto, mientras estoy grabando esto, llevo las trenzas tan apretadas que me duele el cuero cabelludo. No sé si valgo para esto.
Asedio a la manosfera
Lee aquí la serie completa:
Es una serie veraniega de diez capítulos que narra la infiltración de Vera, una chavala disfrazada de novia despistada, en Ragnar Camp, campamento ficticio masculinizante donde se dan cita prácticas de fitness extremo, biohacking absurdo, incels de cercanías, emprendimiento chuchurrío, criptocultura y otras técnicas de captación típicas de las sectas comerciales. Una investigación narrada como comedia de infiltración.




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