Opinión
¿El fin del 'ageism'?

Por Pablo Crespo
Periodista cultural
De Madonna arrasando en los VMA a Jean Smart haciendo historia en los Emmy, las mujeres mayores ocupan espacios de los que durante décadas fueron expulsadas. Pero fuera de los focos, el edadismo continúa teniendo consecuencias mucho menos luminosas.
Hay discriminaciones tan interiorizadas que durante mucho tiempo ni siquiera necesitamos ponerles nombre. El término ageism, traducido al castellano como edadismo, fue acuñado en 1969 por el psiquiatra y gerontólogo estadounidense Robert N. Butler para hablar de los prejuicios relacionados con la edad. Más de medio siglo después, la Organización Mundial de la Salud lo define a través de tres mecanismos bastante sencillos: los estereotipos con los que pensamos, los prejuicios con los que sentimos y la discriminación con la que actuamos hacia otras personas o hacia nosotros mismos por razón de edad.
Pero el edadismo tampoco funciona en el vacío. Se cruza con el género, la clase, la raza o la discapacidad y, cuando hablamos de mujeres, adquiere características especialmente reconocibles. En una sociedad que durante décadas ha vinculado buena parte del valor femenino con la juventud, envejecer siendo mujer ha significado demasiadas veces hacerse invisible.
Quizá por eso resulta tan interesante observar lo que está ocurriendo últimamente en la cultura popular.
Madonna (68 años) acaba de ser la gran triunfadora de los MTV Video Music Awards. Siete premios, más que ningún otro artista de la gala, incluidos Artista del Año y Mejor Álbum por Confessions II. No recibió un premio honorífico por toda una vida dedicada a la música ni subió al escenario para que una generación más joven le agradeciera los servicios prestados. Ganó compitiendo en las categorías principales de una gala que históricamente ha utilizado la juventud como uno de sus principales combustibles.
Hay algo especialmente irónico en ello porque pocas carreras han sido declaradas muertas tantas veces como la de Madonna. Ella misma recordó al recoger el premio a Artista del Año lo ocurrido después de aquella ya histórica interpretación de Like a Virgin en los primeros VMA de 1984. Tras revolcarse por el escenario después de perder uno de sus zapatos, volvió orgullosa al camerino y su representante le dijo que su carrera había terminado. Han pasado 42 años.
No sería la última vez que escucharíamos algo parecido.
Cada disco que vendía menos que el anterior, cada cambio de tendencia, cada fotografía, cada arruga y después cada retoque, cada aparición pública y cada cumpleaños han servido para volver a formular la misma pregunta: ¿se ha acabado Madonna? Mientras a los hombres del rock y del pop se les permitía convertirse tranquilamente en veteranos, ella parecía obligada a justificar constantemente por qué seguía allí.
Y ahí sigue. No sobreviviendo a los 68 años, sino ganando.
Antes estuvo Cher (80 años). Tenía 52 cuando Believe alcanzó el número uno del Billboard Hot 100 en 1999 y la convirtió entonces en la mujer de mayor edad que había encabezado la lista estadounidense. Habían pasado 25 años desde su anterior número uno. Lo que sobre el papel podía parecer una artista perteneciente a otra época terminó convirtiéndose en uno de los mayores fenómenos pop de finales de los noventa.
Y después —o entre medias, porque estas historias nunca son tan lineales— está Kylie Minogue (58 años). Cuando publicó Can't Get You Out of My Head en 2001 tenía solo 33. Conviene detenerse un momento en la cifra: 33. Venía de atravesar una etapa comercial complicada y estaba intentando recuperar su posición en el pop cuando aquella canción terminó convirtiéndose en uno de los grandes éxitos de su carrera.
Más de veinte años después, tuvo que volver a demostrarlo.
Kylie tenía 55 años cuando publicó Padam Padam en 2023. BBC Radio 1 y Capital FM, emisoras dirigidas fundamentalmente al público joven, inicialmente no programaron la canción, que había sido orientada hacia audiencias de mayor edad. Entonces ocurrió algo incómodo para esa lógica: las redes sociales la convirtieron en un fenómeno y una nueva generación abrazó una canción de una mujer que supuestamente no pertenecía a su público.
Quizá llevábamos demasiado tiempo confundiendo lo que quería el público con lo que la industria había decidido que debía querer.
Envejecer delante de una cámara
El cine ha sido otro territorio especialmente cruel. Demi Moore (63 años) lo sabe bien. Una de las mayores estrellas cinematográficas de los noventa llegó a preguntarse si su carrera había terminado. Entonces apareció La sustancia, una película cuya premisa parece construida específicamente para desnudar la violencia de esta industria: una mujer descubre que ha dejado de resultar útil porque ha envejecido e intenta recuperar su juventud hasta destruirse en el proceso.
Moore ganó por ella su primer Globo de Oro como actriz después de más de cuatro décadas de carrera y posteriormente el premio del Sindicato de Actores. La paradoja resulta difícil de ignorar: una industria que durante años había dejado de ofrecerle grandes papeles terminó celebrándola por interpretar a una mujer aterrorizada porque esa misma industria considera que ha envejecido demasiado.
Ella misma había experimentado antes ese escrutinio. Moore ha recordado el revuelo que provocó aparecer en bikini en Los ángeles de Charlie: Al límite cuando tenía 40 años. El problema, según explicó años después, no era su cuerpo: era que una mujer de cuarenta años continuara presentándose como sexualmente deseable.
Y después tenemos a Amy Madigan (76 años). En marzo ganó su primer Oscar gracias a su inquietante tía Gladys de Weapons. Tenía 75 años cuando recogió la estatuilla y habían transcurrido cuatro décadas desde su anterior nominación.
Su caso quizá resulte todavía más interesante porque obliga a cuestionar otra expresión que utilizamos continuamente: segunda oportunidad. ¿Por qué tiene que ser la segunda? ¿Por qué asumimos que el momento profesional verdaderamente importante de una mujer necesariamente tuvo que producirse décadas antes?
La televisión empezó a entenderlo antes.
La pequeña pantalla lleva tiempo ofreciendo algunas respuestas. Big Little Lies convirtió en centro absoluto de su universo a mujeres adultas como Nicole Kidman (59 años), Reese Witherspoon (50 años) y Laura Dern (59 años). Mujeres con deseo, sexo, poder, violencia, maternidad, contradicciones, ambición y secretos propios.
Parece una obviedad. Durante demasiado tiempo no lo fue.
Cuando la serie estaba en pleno fenómeno ya se señalaba precisamente como ejemplo de una televisión que comenzaba a ofrecer a las actrices mayores de cuarenta algo más que el papel de madre, abuela o secundaria alrededor de una historia protagonizada por alguien más joven.
Y después está Jean Smart (75 años).
Cinco temporadas de Hacks. Cinco Emmy consecutivos como mejor actriz protagonista de comedia. Uno por cada temporada. Este mismo septiembre se convirtió en la primera mujer que gana un Emmy interpretativo por todas las temporadas de una serie y alcanzó los ocho premios en total.
Pero quizá lo revolucionario de Deborah Vance no sean los premios. Es que Hacks jamás pide disculpas por colocar a una mujer de esa edad en el centro.
Deborah es brillante, insoportable, sexual, insegura, poderosa, mezquina, vulnerable, ambiciosa y divertida. Su edad importa porque forma parte de su historia, pero no agota su identidad. No es simplemente una mujer mayor. Es una mujer.
Y quizá ahí esté produciéndose el cambio.
Durante décadas permitimos que los hombres envejecieran mientras obligábamos a las mujeres a desaparecer.
Ellos envejecían y se convertían en leyendas. Maestros. Veteranos. Referentes. A ellas las hacíamos regresar.
El regreso de Madonna.
El regreso de Kylie.
El regreso de Demi Moore.
Pero ¿regresar de dónde?
Para regresar primero tienes que haberte ido. Y muchas de ellas nunca lo hicieron. Fuimos nosotros quienes dejamos de mirar.
También hay algo perverso en la manera en la que celebramos ahora sus éxitos. Madonna demuestra que "todavía puede". Kylie vuelve a estar "de moda". Demi Moore "resucita". Jean Smart triunfa "a pesar de su edad". Incluso cuando pretendemos elogiar a estas mujeres seguimos utilizando su edad como obstáculo narrativo.
Nadie debería necesitar demostrar que todavía merece existir culturalmente.
Y tampoco conviene dejarse deslumbrar por una sucesión de excepciones extraordinarias. Los datos siguen contando una historia bastante menos optimista. En las películas más taquilleras de 2025, las mujeres de 60 años o más representaron apenas el 2% de los personajes femeninos principales, frente al 8% entre los hombres. En televisión, otro análisis encontró que el 54% de los personajes masculinos importantes superaba los cuarenta años; entre los femeninos, solo lo hacía el 29%.
Quizá algo esté cambiando. Pero todavía estamos muy lejos de poder declarar muerto al edadismo.
¿Y qué pasa cuando se apagan los focos?
Hay además una pregunta mucho más incómoda que debemos hacernos antes de celebrar esta supuesta revolución: ¿qué tiene que ver la experiencia de Madonna, Kylie Minogue, Demi Moore o Jean Smart con la de millones de mujeres que envejecen fuera de un escenario, una alfombra roja o un plató?
Porque ahí el relato resulta bastante menos luminoso.
No todas las mujeres mayores pueden convertir sus arrugas en una declaración política, protagonizar una serie de éxito o responder a quienes las consideraban acabadas recogiendo siete premios. Para muchas, envejecer continúa significando enfrentarse a prejuicios en el trabajo, sentirse ignoradas socialmente, comprobar cómo se cuestiona su capacidad o interiorizar la sensación de que poco a poco han dejado de importar.
Y esto no es simplemente una cuestión de representación o autoestima. La Organización Mundial de la Salud advierte de que el edadismo está relacionado con peor salud física, peor salud mental, síntomas depresivos, menor calidad de vida, aislamiento social y soledad. Aproximadamente una de cada dos personas en el mundo mantiene actitudes edadistas hacia las personas mayores.
En las mujeres, además, edad y género pueden superponerse. Investigaciones recientes han descrito precisamente sentimientos de invisibilidad e irrelevancia entre mujeres a partir de la mediana edad y han señalado cómo los prejuicios edadistas y sexistas pueden reforzarse mutuamente.
Por eso sería tentador mirar a Madonna levantando siete VMA a los 68 años y pensar que hemos ganado algo. Y probablemente lo hayamos hecho. Que una mujer de esa edad pueda volver a colocarse en el centro de la mayor celebración televisiva del pop sin pedir permiso es culturalmente significativo. Que Jean Smart pueda vivir uno de los momentos profesionales más extraordinarios de su carrera a los 75 también lo es. Que Amy Madigan pueda recoger su primer Oscar cuando muchos habrían dado por amortizada su carrera décadas atrás importa.
Pero una revolución cultural no puede medirse únicamente por quién recoge una estatuilla.
Habremos avanzado de verdad cuando una mujer mayor no tenga que ser Madonna para seguir siendo escuchada. Cuando no tenga que ser Jean Smart para continuar sintiéndose útil. Cuando conservar un trabajo, empezar una relación, tener deseo, aprender algo nuevo, cambiar de vida, equivocarse o sencillamente ocupar espacio deje de considerarse excepcional después de determinada edad.
Tal vez los focos estén empezando a iluminar a mujeres a las que antes habríamos obligado a abandonar el escenario.
Ahora queda conseguir que esa luz llegue también a quienes nunca tuvieron uno.


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