Opinión
Año nuevo, ciudad nueva

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Me asombra el coraje y la inventiva de nuestros próceres cuando hay que embarcarse en obras innecesarias. Igual que los emperadores romanos levantaban un obelisco o una columna para conmemorar una batalla, los alcaldes y presidentes autonómicos españoles no se privan a la hora de fundir toneladas de dinero público en mamotretos superfluos que testimonien su triunfo en las urnas. Tranvías sin pasajeros, autopistas en quiebra, Ciudades de la Justicia, Cajas Mágicas, circuitos de Fórmula 1, monumentos horrendos con forma de boñiga, etc. Sin embargo, el gran invento inútil, el recurso infalible donde despilfarrar millones, es el del aeropuerto sin aviones, un juguete carísimo que recuerda a los Scalextric, pero a lo bestia, con salas de espera acondicionadas para el fin del mundo y pistas de despegue impolutas donde puedan cagar los pájaros. Aeropuertos ubicados en destinos tan absurdos como Castellón, Ciudad Real o Albacete quizá estén destinados a inaugurar el novedoso concepto de vuelos de cercanías.
En Madrid, esta costumbre de invertir dinero en hormigoneras, sólo para apadrinar magnates, ha alcanzado proporciones épicas con empresas tan interminables como las obras de la estación de Atocha -que ya compite seriamente con el canal del mar Báltico en cuanto a presupuesto y prestaciones- o las diversas remodelaciones de la Puerta del Sol -equiparable en gastos a la pirámide de Keops y en resultados a la rotonda de Boadilla del Monte con su oso gominola-. En San Fernando de Henares, centenares de viviendas fueron demolidas o sufrieron daños estructurales gracias a la construcción de la línea 7B del Metro. Da la impresión de que los sucesivos gerifaltes de la capital llevan décadas intentando un remake de La leyenda de la ciudad sin nombre, donde todos los ciudadanos nos dediquemos a excavar socavones y túneles como locos hasta que la capital se hunda en un naufragio de mierda.
López Vázquez dijo, con una frase legendaria, que Madrid será muy bonita cuando la acaben, y Danny DeVito, asombrado ante la inenarrable proliferación de zanjas y calles cortadas por todas partes, preguntó si ya habíamos encontrado el tesoro. No comprendía que, al igual que la Sherezade de John Barth, aquí la búsqueda del tesoro es el tesoro: el interminable caudal de billetes derrochados a mayor gloria de las constructoras. Al lado de mi casa, por ejemplo, estos filántropos del cemento llevan más de un año empantanados en las obras de ampliación de la línea 11, porque los vecinos de la zona únicamente disponemos de tres estaciones de metro a unos minutos de casa: Palos de la Frontera, Atocha y Estación del Arte. Se calcula que terminarán para el 2027, pero todavía tiene que pasar la tuneladora camino del infierno y lo mismo nos quedamos como los huérfanos de San Fernando de Henares: sin casa y con hipoteca.
Mucho me temo que este incontenible afán renovador, encarnado en camiones y perforadoras, no obedece sólo a la imbecilidad, la desvergüenza y la codicia, sino a un oscuro instinto de albañil presente en el ADN nacional desde el tiempo de los romanos. Lo primero que hace un español al adquirir un piso es tirarlo de arriba abajo, aunque esté nuevecito, y rehacerlo según su gusto, lo mismo que un perro orina en un rincón para marcar territorio. Da igual que los ahorros no alcancen y tenga que alimentarse de latas caducadas: la ceremonia del pico y el martillo es previa y consustancial a la hora de habitar una casa.
A lo largo de los dos decenios que llevo instalado en este edificio habré sufrido los ruidos y destrozos de cinco o seis reformas anuales, eso sin calcular las innumerables competiciones municipales de levantamiento de acera celebradas bajo mi ventana. Lo más gracioso es que, con toda seguridad, la vivienda que necesita un lifting radical es la mía, prácticamente desde el día en que entré a vivir en ella, pero entre la falta de capital y las pocas ganas de meterme en obras, prefiero seguir subsistiendo estilo bohemio: ventajas de vivir solo. Mi casa está tan hecha polvo que, si un día me la okupan, son los propios okupas quienes van a llamar a Desokupa. Con un poco de mala suerte, la tuneladora termina de arreglarlo todo y nos inaugura un puerto de mar sin mar al lado del Retiro. Feliz año.
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