Opinión
Apocalipsis ya

Por David Torres
Escritor
Dicen que se ha escrito más sobre Apocalypse Now que sobre la propia guerra de Vietnam y es posible que sea cierto. Aun así, al menos en castellano, faltaba un libro que relatase a fondo ese descenso a los infiernos, un libro que fuese al mismo tiempo una reivindicación, una celebración y una exégesis sobre el origen y el desarrollo de una de las grandes catedrales del séptimo arte, una de las últimas, una película desmesurada y quizá imperfecta, pero irrepetible. Tras un exhaustivo trabajo de investigación, Iván Reguera acaba de publicar Apocalypse Now, un apasionado y apasionante estudio sobre esta obra excepcional, henchida de ambición, locura y megalomanía, que reunió a un elenco incomparable de genios de diversas épocas: Conrad, Welles, Wagner, Milius, Brando, Storaro, Tavoularis, Herr, todos bajo la batuta enloquecida de Francis Ford Coppola.
Como siempre, el viaje empieza con un libro, nada menos que El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en palabras de Borges, “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado”. Reguera dedica los primeros asaltos a explorar el genocidio que tuvo lugar en el Estado Libre del Congo a finales del XIX, y la travesía de un joven marino polaco, Teodor Josef Konrad Korzeniowski, a lo largo de ese río infernal, flanqueado de escenas dantescas que una década después plasmaría en una breve y casi intolerable obra maestra. Mucho antes de Ciudadano Kane, Orson Welles soñaba con llevarla al cine, pero tuvo que conformarse con una adaptación radiofónica. Décadas después, John Milius, un joven alumno de la escuela de cine de la Universidad del Sur de California, aceptó el desafío al escuchar a uno de sus profesores decir que ni siquiera Welles había podido con la novela de Conrad.
Milius era un fanático de las armas y del surf que a finales de los sesenta intentó apuntarse a los marines, lo rechazaron por asmático y, como no pudo ir a la guerra de Vietnam, se inventó su propia guerra de Vietnam. Una de sus ideas geniales fue la de trasladar la ambientación de la novela, con su denuncia explícita de la explotación colonial, a aquella contienda del sudeste asiático que estaba mostrando al mundo la verdadera cara de una guerra. No menos geniales fueron otras aportaciones suyas: el delirante espectáculo de las chicas Playboy en plena selva; el ácido que toma uno de los soldados que envuelve de irrealidad toda la travesía de la patrullera; y, sobre todo, el personaje del coronel Kilgore, que arrasa un poblado vietnamita sólo por hacer surf. Los diálogos más memorables de la película (desde “Me encanta el olor a napalm por la mañana” hasta “¡Charlie no hace surf!”) son obra de Milius, no de Conrad, y están todos en boca del coronel Kilgore, otra de sus creaciones características, encarnado con inolvidable brío por el recientemente fallecido Robert Duvall.
Como explica Reguera, el guion de Milius, pese a su impresionante factura, tenía numerosos problemas técnicos y estructurales que fueron surgiendo durante el rodaje, en especial, la conclusión, que, tras cinco borradores e innumerables reescrituras, nunca acabó de convencer a Coppola. Porque uno de los misterios sobre los que indaga este libro es no sólo la dificultad extrema de llevar a la pantalla una narración formidable sino de explorar en todas sus consecuencias una carnicería sobrehumana, incluso en su dimensión espiritual. Para ello, aparte de Milius, Coppola contó con colaboradores de la talla de Michael Herr, que escribió la prodigiosa narración de la voz en off; de Dean Tavoularis, que levantó el alucinante complejo de Kurtz en mitad de la selva como si fuese el fin del mundo; o de Vittorio Storaro, que logró fotografiar el infierno.
Como dijo Coppola en Cannes, “mi película no va sobre Vietnam, es Vietnam”. El rodaje, desde luego, fue una experiencia demencial que lo llevó más allá de la quiebra psíquica, física y financiera, y que arrastró a todos sus artífices en una catarsis colectiva de la que prácticamente nadie salió indemne. Merece la pena leer el libro de Reguera sólo para detenerse en los detalles de esa serie de catástrofes que estuvieron a punto de enviarlo todo al diablo: la búsqueda desesperada de un protagonista; la repentina decisión de despedir a Harvey Keitel tras tres semanas de filmación, y contratar de urgencia a Martin Sheen; la falta de colaboración del ejército estadounidense; el tifón que arrasó los decorados; la llegada de un Marlon Brando con sobrepeso que ni siquiera sabía de qué iba la historia; los helicópteros filipinos que abandonaban una secuencia en pleno rodaje ante el ataque de la guerrilla; el ataque al corazón de Martin Sheen, que estuvo a punto de irse al otro barrio.
Con todo, el verdadero desastre en Filipinas era el propio Coppola, un cineasta bebido, fumado y con el ego desatado, borracho de poder, despidiendo a colaboradores porque sí, ordenando traer por avión vinos y manjares inverosímiles, reescribiendo el final a marchas forzadas, destruyendo su matrimonio a base de infidelidades, sin comprender que no era Brando sino él mismo quien se estaba convirtiendo en Kurtz. Casi tan caótico como el rodaje fue el proceso de montaje, con un equipo coordinado por Walter Murch que se tiró más de dos años trabajando sobre 400 kilómetros de celuloide (230 horas filmadas), y una labor de posproducción en la que, por mencionar sólo uno de sus innumerables escollos, finalmente Coppola consiguió los derechos de la Cabalgata de las valquirias de Wagner en la incomparable versión de Georg Solti al frente de la Filarmónica de Viena, y tan sólo porque Solti se enteró de la negativa de Decca.
El resultado es una película grandiosa, apabullante, incomprensiblemente vapuleada por la crítica y ninguneada por los Oscars (el libro de Reguera incluye, entre otros extras, la fabulosa reseña que le dedicó en su día Miguel Marías en la revista Dirigido por). Hoy día que el mundo entero está inmerso en otro apocalipsis, adormecido ante otro genocidio inenarrable, es imposible no rendirse al hechizo de Apocalypse Now, del mismo modo que es imposible no echarse las manos a la cabeza ante la barbarie de una filmación que se llevó por delante, entre explosiones, varios bosques con cientos de árboles y miles de animales salvajes.
A una escala mucho menor, sin colaboradores excelsos ni un presupuesto inmenso a sus espaldas, Reguera se ha jugado todo a cara o cruz con este libro que es el primer volumen de un proyecto editorial (Ediciones del Cuco) completamente personal en el que se ha embarcado por puro amor al cine. Como dijo John Milius, el sentido último de la guerra de Vietnam es que desenmascaró de una vez por todas la gran mentira que había detrás de los ideales americanos. Ahora que hemos vuelto a caer una vez más en medio de la mentira absoluta -un cuento lleno de ruido y de furia contado por un idiota y que nada significa-, escribir libros, comprarlos, leerlos, es una de las pocas resistencias que nos quedan antes de embarcarnos rumbo al corazón de las tinieblas.

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