Opinión
Ático con derecho a nube

Por Juan Losa
Periodista
La esperanza de vida de una nube es de 12 horas. Así lo estableció el profesor Bernhard Niebelmann en abril de 1931, fecha en que dio a conocer, en la Universidad de Lovaina, su célebre estudio Nubología aplicada. Para una aproximación morfológica al estudio de los cúmulos (Northbridge Scientific Press, 1931). Un libro que situó la extrema volubilidad de los cúmulos, hasta entonces considerada poco menos que una contingencia atmosférica, en el centro del debate científico.
Los cálculos de Niebelmann permitieron determinar con precisión los ciclos de formación, transformación y disipación de las nubes. Es precisamente esta naturaleza efímera y cambiante la que dota de sentido a la ciencia meteorológica y, de paso, permite al personal de a pie entretenerse mirando al cielo en detrimento de un horizonte que, en ocasiones, resulta altamente insatisfactorio.
Bien es cierto que esa hipotética redención que pudiera procurar la contemplación del firmamento era algo que al profesor Niebelmann se la traía al pairo. Oriundo de la Baja Sajonia e hijo de un pastor luterano, Niebelmann dio muestras desde muy joven de un desapego afectivo y una frialdad intelectual que le condujeron primero al cientificismo, doctrina en la que se desempeñó con cierta notoriedad, para poco tiempo después terminar abrazando postulados afines al nazifascismo.
Pero volviendo a los cúmulos y a su morfología en constante mutación, lo cierto es que su contemplación, cuando se realiza desde una posición elevada y de forma prolongada en el tiempo, permite al observante entablar una relación estrecha con la nube, asistir a sus azarosas transformaciones y quedar fuertemente embelesado. Una actividad, la del visionado nubicular en altura, cuyos beneficios han sido ampliamente reportados desde ámbitos tan dispares como la poesía de tradición simbolista, la fenomenología o los estudios bursátiles.
Escuelas de negocio y fondos de inversión coinciden en señalar las bondades que la observancia continuada de este tipo de fenómenos tiene en la toma de decisiones. La inestabilidad de lo real, la contingencia como ventana de oportunidad o la importancia de no tomar decisiones permanentes durante estados transitorios son solo algunas de las enseñanzas que el avistamiento regular de cúmulos reserva a nuestros futuros líderes.
Tal es así que la Administración Local decidió incorporar en su Memoria de arrendamientos institucionales, a cargo de la Secretaría General Técnica, una cláusula que establecía la conveniencia de disponer de "un inmueble institucional de carácter residencial" que proveyera a las autoridades de un espacio diáfano, libre de interferencias estructurales y situado a una altura propicia para el visionado, lo que en términos inmobiliarios se conoce como "ático con derecho a nube", siendo el valor catastral de la nube lo que determinaría, a efectos prácticos, el valor del inmueble, cuyo coste recaería sobre el contribuyente.
Sin embargo, ante la creciente sensación de estafa, por otro lado comprensible, que comienza a arraigar entre la ciudadanía, excluida del visionado nubicular en altura, las autoridades locales se han visto obligadas a realizar un ejercicio de transparencia en respuesta al malestar que la población, con su habitual desparpajo y agudeza, ha tenido a bien expresar bajo la fórmula "nos mean y dicen que llueve".
Tras una breve investigación interna, y sirviéndose de su privilegiada disposición espacial, las autoridades han podido comprobar, contra todo pronóstico, que lo que cae es agua y no orín, algo que ha causado no poca perplejidad entre los concernidos, habida cuenta de que no es época de lluvias. En cualquier caso, las buenas gentes empapadas —no de orín, recuerden, sino de agua— han dado por suficientes las explicaciones, lo que permitirá a las autoridades locales afrontar con razonable optimismo la próxima cita electoral. Y si te he visto, no me acuerdo, Maricarmen.
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