Opinión
¿Es capaz el Poder Judicial de asumir los avances de las mujeres?
Periodista y escritora
Deberíamos plantearnos si un Poder Judicial formado por hombres desde siempre hasta hace solo un puñado de añitos, concebido por y para varones; un Poder Judicial que hace siete años no observó violencia en la violación de la manada de Sanfermines, ni siquiera intimidación; un Poder Judicial que encarcela a las madres que protegen a sus criaturas de los maltratadores condenados; deberíamos plantearnos si ese Poder Judicial está preparado para asumir los avances de las mujeres en cuestión de violencia machista.
Existe un nuevo relato —nuestro, de nosotras— sobre qué es la violencia machista, y muy concretamente la violencia sexual, y tiene difícil vuelta atrás. Cuando una mujer ha comprendido que su jefe no puede tocarle el culo, que lo que le hacía su primo se llama violación, como también lo es obligarla a cualquier práctica sexual a la fuerza, incluso en el matrimonio, ya es imposible que lo olvide. Lo que hemos avanzado nosotras en el análisis y relato de las violencias que hemos sufrido y seguimos viviendo es de una minuciosidad, está tan lleno de matices y aúna las experiencias de tantas de nosotras, que sinceramente considero imposible que el Poder Judicial lo asuma. Por supuesto, todo poder tiene sus excepciones. Sin embargo, la reacción ante la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya consigue descorazonar a la más optimista.
El "yo sí te creo" no es una consigna contra la presunción de inocencia, sino la solución muy meditada a un problema complejísimo: la violencia sexual en el ámbito de la intimidad más estricta. ¿Y por qué es tan complejo? Porque ahí manda la palabra. Ah, compañeras, y la palabra del hombre cuenta con la credibilidad y la fiabilidad que la nuestra no tiene. Para empezar, por algo sencillísimo: a él se le escucha. A nosotras, por supuesto que no. Me atrevería decir que en absoluto y a ninguna, por mucho que haya quien haga filigranas para arrancarles una palmada en el hombro a las instituciones (culturales, políticas, mediáticas, qué más da).
Ni es nuevo ni debería sorprendernos. Es lo de toda la vida. No estamos hablando de "mucho tiempo", sino de la historia entera de la humanidad. Jamás se ha escuchado la voz de las mujeres. Las mujeres únicamente podían expresarse —poquito y sólo algunas— en el ámbito privado. Las que fueron asomando la cabeza en el foro público lo pagaron y lo pagan caro. Nosotras nos hemos echado a relatar, pero tengo muchas dudas de cuántos hombres hay ahí, al otro lado, escuchando.
Si escucharan a las mujeres ahora que hablan, hablamos, ahora que se relatan —a través de movimientos como #MeToo, #Cuéntalo— y detallan las violencias vividas, quizás podrían dar la vuelta a esa descabellada idea de que mentimos. Porque se trata de eso, precisamente. La base de toda la construcción "legal" que salva a los agresores sexuales cuyo acto carece de testigos es una y sólo una: la denunciante miente. De ahí que fuera necesario impulsar la idea contraria: "Yo sí te creo". No es una idea contra la inocencia de los varones, sino en defensa de la palabra de las mujeres.
Las mujeres no mienten cuando denuncian una agresión sexual. Solo la construcción misógina y patriarcal de esta sociedad y sus normas pueden explicar que haya cundido tal idea, hasta el punto de desamparar a las víctimas radicalmente.
Así que ahí tenemos a dos personas, en este caso un hombre y una mujer, y a nadie más. Ella dice que el hombre la ha agredido sexualmente. El hombre lo niega, asegura que hubo consentimiento. Parece, según hemos aprendido con el caso Alves, que las magulladuras o los informes psicológicos no sirven a la mujer, no le otorgan "fiabilidad". De hecho, absolutamente nada otorga fiabilidad a la mujer. Sencillamente, su palabra, nuestra palabra, no vale, no será escuchada, y en caso de serlo, no se le otorgará "fiabilidad".
Así que me permito señalar que nos encontramos ante dos realidades que, a día de hoy, me parecen irreconciliables. Pero no porque nosotras no hayamos hecho nuestra parte, que sí, sino porque de ninguna manera veo capaz al Poder Judicial de asumirla.
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