Opinión
A por nosotros

Periodista
Ahora que la ley de amnistía se pasea por los despachos del Tribunal Constitucional, vienen a mi memoria los tiempos remotos del referéndum. Han pasado casi diez años y el panorama político catalán ha dado un vuelco de infarto, no solo porque ahora gobierna el PSC, sino sobre todo por la recomposición del espacio independentista. Aliança Catalana ha irrumpido en el Parlament como una excrecencia del procés más parecida a Vox que a los promotores del 1-O. La comparación no es fortuita: una diputada orriolista ha apoyado esta semana —dice que por error— retirar la sanción contra Joan Garriga por haber llamado “asesino” a Lluís Companys.
Lo que más recuerdo del referéndum es el ambiente de patriotismo tabernario que cundió por toda España en las fechas precedentes. La gente se agolpaba en los cuarteles para jalear a los héroes de la Operación Copérnico, que viajaban a tierras indómitas con la misión crucial de que ninguna papeleta entrara en una urna. Los coches salían en alegre convoy y la muchachada ondeaba sus banderas con un entusiasmo bélico que ya hubiera querido Millán Astray. “A por ellos, oé”. Algunos de los bravos arcabuceros que llegaron a Catalunya debieron de tomarse el canturreo al pie de la letra a juzgar por los golpes de porra, los puñetazos y los disparos de pelotas de goma.
Detrás de toda épica hay siempre espacio para lo banal y hasta lo grotesco. Juan Ignacio Zoido, ministro por entonces de Interior, dilapidó 87,1 millones de euros en la operación. La ley de amnistía ha exonerado a un centenar de agentes. Roger Español sigue litigando contra el escopetero que le arrancó un ojo. De aquellas turbulencias queda poco más que un nebuloso recuerdo de cárceles, piolines y lazos amarillos. Pedro Sánchez, que firmó la amnistía más por necesidad que por convicción, llamó a “dejar atrás todo lo sucedido”. Los partidos independentistas depusieron parcialmente sus aspiraciones, es verdad, pero quedó flotando en el aire el eco del “A por ellos”.
Hoy hace tres años, el PP convocó en Madrid la primera gran protesta contra la amnistía. Después, cuando el olvido empezó a hacerse ley, la calle Ferraz se convirtió en un imán de energúmenos. Una nazi saludaba a la romana. Esperanza Aguirre animaba a sus huestes a cortar el tráfico. Un cayetano llamaba a putodefender España. Había un carlista tocado con una boina roja que ondeaba la cruz de Borgoña. Un integrista católico ataviado con un morrión repelía a los antidisturbios con la fuerza mágica de su crucifijo y un falangista intoxicado de gas pimienta ponía lema a las protestas: “España acaba de despertar, hijos de puta”.
Desde que se consagró la amnistía, las hordas derechistas están entretenidas en otros menesteres más mundanos, ya sea linchar a un muchacho en Torre Pacheco u organizar un pogromo en una playa de Ceuta. Por mucho que Sánchez celebre la paz social en Catalunya, nada ha cambiado desde que los patriotas rojigualdos gritaban “A por ellos” en las puertas de los cuarteles. “Ellos” ya no son solamente los catalanes, sino también los migrantes o cualquiera que luzca una pigmentación cutánea no homologada. De hecho, maldecir a Catalunya ya no ofrece tanto retorno de la inversión como poner bajo sospecha a tu vecina Fátima y a su chaval Ahmed.
Cuando damos por bueno el lenguaje de la “invasión”, nos resistimos a imaginar otra solución que no sea la policial. Es un marco mental que impide empatizar con los 141 migrantes fallecidos. Al fin y al cabo, no eran más que fuerzas ocupantes y cualquier tentativa humanitaria deberá ser tachada de traición. El otro día, la sede de Cruz Roja en Ferrol despertó cosida a pintadas. “Proinvasión”. “Traidores”. “ONG antiespañolas”. El domingo pasado, una turba exaltada atacó el coche de una diputada de Ceuta Ya! porque su copiloto tenía pinta de cooperante de Negu Gorriak. La culpa la tienen los padres, que los visten como vascos.
José María Figaredo, que no es la bombilla con más filamentos, llamó hace casi dos meses a cazar uno por uno a todos los invasores. Después quiso matizar sus palabras, pero ya estaba abierta la veda. A finales de agosto, la canalla quemó un asentamiento en Ceuta. En Donostia, alguien disparó tres balines desde un balcón contra un migrante. Ahora los medios de comunicación promueven la caza al vasco llamando proetarras a los voluntarios de Negu Gorriak. ABC, Okdiario, El Español, La Razón, El Debate, Libertad Digital, Antena 3, Telemadrid. Para todos ellos, por lo visto, ayudar a personas sin techo es equiparable a un delito de terrorismo y merece un correctivo público.
Algunos periódicos del Tercer Reich llamaban “Judeninvasion” a la mera presencia de hebreos en cualquier lugar. No hacía falta que hicieran nada, porque el imaginario antisemita los definía con el vocabulario de las plagas y la enfermedad, algo parecido a lo que han hecho PP y Vox en Ceuta contra el criterio de la Sociedad Española de Epidemiología. “A por ellos”, gritaban los desalmados que arrasaron las chabolas de la playa de Benítez. A por nosotros, catalanes, migrantes, refugiados, vascos, rojos, comunistas, feministas, anarquistas, obreros, inquilinas, gays, Fatima, Mohamed, Oriol, Amaia, Maricarmen, el “nosotros” más plural e inabarcable que van a tener jamás enfrente.


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