Opinión
25 de diciembre de 2025: Europa despierta sola

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
-Actualizado a
La quiebra del vínculo transatlántico ya no es una hipótesis ni una advertencia para informes estratégicos que nadie lee. Es un hecho consumado. Y lo es, además, en el peor de los momentos, cuando Europa descubre que ha financiado guerras que no decide, regulado espacios que no controla y defendido alianzas que ya no existen en los términos en los que se le prometieron. Estados Unidos no ha roto con Europa. Ha hecho algo más eficaz, ha seguido adelante sin ella.
La publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense ha sido el punto de no retorno. No por su contenido —previsible para cualquiera que lleve años observando la política exterior de Washington—, sino por su claridad. El documento no deja resquicios para la nostalgia atlántica, los aliados ya no son socios políticos, sino infraestructuras estratégicas. Espacios útiles, disciplinados y prescindibles. Europa no es un actor. Es un escenario.
Durante décadas, la relación transatlántica se sostuvo sobre una ficción cuidadosamente administrada, valores comunes, amenazas compartidas, destino histórico entrelazado. Esa narrativa ha colapsado. No porque Estados Unidos haya cambiado, sino porque ya no necesita disimular.
La estrategia estadounidense de 2025 consagra una política exterior explícitamente unilateral, donde la cooperación es contingente y la soberanía ajena negociable. Europa aparece citada como apéndice operativo de la OTAN, no como sujeto político con intereses propios. No hay consulta, no hay corresponsabilidad, no hay simetría. Y, sin embargo, en Bruselas se sigue hablando de “reforzar el vínculo”, como si el problema fuera de comunicación y no de poder.
La injerencia estadounidense en Groenlandia es quizás uno de los episodios más reveladores. No por su crudeza, ya que Estados Unidos siempre ha considerado la isla un activo estratégico, sino por la naturalidad con la que se ha producido. Presión directa sobre las autoridades locales, inversiones selectivas, presencia militar reforzada y un mensaje implícito a Dinamarca y a la UE donde apunta que este asunto no admite intermediarios.
Lo significativo no es la ambición estadounidense, sino la reacción europea. Ninguna respuesta política, ninguna defensa explícita de la soberanía de un territorio europeo, ningún debate real sobre el Ártico como espacio estratégico común. Solo silencio. O, peor aún, comprensión. Cuando la soberanía europea molesta, se relativiza. Cuando la ajena conviene, se absolutiza. No es incoherencia, es subordinación y me atrevería a decir, resignación.
Las sanciones impuestas a Thierry Breton y a otros responsables europeos de la regulación de contenidos digitales han terminado por despejar cualquier duda. No se trata de una disputa técnica ni de un desacuerdo jurídico. Es una advertencia política.
La Unión Europea ha intentado, tímidamente, establecer límites al poder de las grandes plataformas digitales estadounidenses. Ha hablado de desinformación, de protección democrática, de derechos fundamentales. La respuesta de Washington ha sido inequívoca y ha sido la de que regular tiene un precio.
Que un aliado sancione a responsables políticos europeos por ejercer competencias regulatorias debería haber provocado una crisis diplomática de primer orden. No la ha habido. De nuevo, comunicados, gestos formales y una rápida vuelta a la normalidad. Porque Europa ha interiorizado que hay ámbitos, tecnología, seguridad, información, donde su soberanía es tolerada solo mientras no incomode.
Pero, sin duda, nada simboliza mejor la irrelevancia estratégica europea que el acuerdo de paz en Ucrania que se negocia a estas horas. Tras años de guerra, miles de millones de euros y un impacto económico y social devastador para las sociedades europeas, la negociación decisiva se ha producido entre Washington y Kiev, para posteriormente ponerla en común con Moscú. La propuesta de 20 puntos acordada sin contar con los intereses europeos no es un error de protocolo, es la confirmación de una jerarquía. Una jerarquía que Zelenski tiene clara, Europa paga, acoge, sanciona y se adapta. Estados Unidos decide.
El resultado es una paz diseñada en función de equilibrios globales que no priorizan la seguridad europea a largo plazo. Y, aun así, en Bruselas se insiste en presentar el proceso como un éxito colectivo. No lo es. Es una derrota política disfrazada de estabilidad.
La crisis venezolana completa el cuadro. Estados Unidos ha oscilado entre sanciones, flexibilizaciones y amenazas en función de sus necesidades energéticas y electorales. Europa, como de costumbre, ha acompañado sin marcar agenda propia. La defensa de la democracia vuelve a ser selectiva, instrumental y subordinada. No hay estrategia europea para América Latina, solo reflejos condicionados por Washington. El resultado es previsible: pérdida de influencia, pérdida de credibilidad y una política exterior que no responde ni a principios ni a intereses propios.
De este modo, este 25 de diciembre de 2025, Europa celebra la Navidad en un mundo que ya no reconoce. No porque el orden internacional se haya vuelto más hostil, sino porque ha quedado al descubierto su propia fragilidad política. El vínculo transatlántico no se ha roto por un conflicto puntual, sino por agotamiento. Estados Unidos ha seguido su camino y Europa se ha quedado esperando instrucciones.
La pregunta ya no es si la relación puede repararse. La pregunta tiene que ser si Europa está dispuesta a asumir que la lealtad no garantiza protección, que la dependencia no genera influencia y que la retórica de los valores no sustituye al poder político, especialmente cuando esto peca de incoherencia en su aplicación. Salir de esta situación exige algo más que discursos sobre autonomía estratégica. Exige conflicto, decisión y coste. Y, sobre todo, asumir que seguir como hasta ahora no es estabilidad, es irrelevancia. Europa no ha perdido a su aliado. Ha perdido la coartada para no decidir por sí misma.

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