Opinión
Ganadores y perdedores del rearme europeo

Por Pablo Castaño
Periodista y profesor de Ciencia Política en la UAB
-Actualizado a
2025 será recordado como el año del rearme europeo. Ursula von der Lyen disparó el tiro de salida en marzo, con la presentación del plan Rearm Europe: flexibilidad financiera para alcanzar el objetivo de dedicar el 3,5% del PIB de cada Estado miembro a Defensa. Todos los gobiernos – también el español – aprobaron el plan, que prevé que el gasto militar extra no compute en el límite de deuda impuesto por las normas europeas a los Estados. Un privilegio del que no disfrutan otros capítulos del gasto público, como la sanidad, las pensiones o las inversiones en transición ecológica. Como veían que no se caía, fueron a llamar a otro elefante: en junio, todos los países europeos miembros de la OTAN (excepto España) se plegaron a la exigencia de Donald Trump de llevar el incremento del gasto militar al 5% del PIB, una cifra aun más desorbitada, que permitiría por ejemplo descarbonizar el sector energético europeo en solo 5 años.
La justificación de esta escalada belicista es la supuesta amenaza de Vladimir Putin, ante el que Europa estaría indefensa. Putin ha negado en múltiples ocasiones que tenga la intención de invadir ningún país de la OTAN y se ha mostrado dispuesto a adquirir compromisos firmes en ese sentido. Aunque la invasión de Ucrania obliga a cuestionar las promesas del dictador ruso, lo cierto es que Rusia no tiene la capacidad de invadir Europa: el gasto militar ruso supone menos de la mitad del de la Unión Europea, y Putin ni siquiera ha sido capaz de ocupar totalmente Ucrania. Pero la realidad es secundaria cuando se trata de activar el pánico entre la opinión pública.
El rearme europeo ya tiene sus primeros ganadores: los traficantes de armas. En 2024, las principales empresas armamentísticas del mundo obtuvieron los mayores ingresos de la historia, gracias al genocidio israelí en Gaza, la invasión rusa de Ucrania y el aumento de encargos de los ejércitos europeos. Además, la subida del gasto militar en la UE y Reino Unido ya ha incrementado un 77% las importaciones de armas a países extracomunitarios. Una extraña manera de garantizar la tan cacareada ‘autonomía estratégica’, otra de las excusas ofrecidas por los líderes europeos para la escalada armamentística.
Keir Starmer, Emmanuel Macron y Friedrich Merz se han convertido en los principales portavoces del llamado a las armas, con discursos cada vez más alarmistas. "Gran Bretaña debe estar preparada para la guerra", afirmó el primer ministro británico en junio. En seguida le dio la razón la jefa del servicio secreto, que dijo que su país está atrapado en un "espacio entre la guerra y la paz". La mayoría de los medios reproducen estas afirmaciones de cargos militares y de seguridad como si fuesen análisis imparciales, pero en realidad las burocracias de Defensa tienen un interés obvio en crear un clima prebélico que refuerza sus recursos económicos y su influencia, por lo que habría que tomar sus afirmaciones con pinzas. (Recordemos previsiones tan exactas y desinteresadas de servicios de inteligencia como las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein). Más entusiasta aun fue el jefe del Estado Mayor francés, que afirmó que el país debe "aceptar perder a sus hijos" para "proteger lo que somos". Macron anunció poco después la vuelta del servicio militar, una medida adoptada también por sus homólogos alemán y francés en diferentes formatos. Un incremento desmesurado del gasto militar no les ha parecido suficiente para insuflar el fervor guerrero en la población – nada mejor para ello que recuperar la mili.
Además de su pasión por una guerra fantasma, estos tres líderes comparten su extrema debilidad política. Tanto en Reino Unido como en Francia y Alemania, la ultraderecha supera en las encuestas al partido en el gobierno. Las políticas de recortes sociales han hundido la popularidad de Macron y Starmer. El alemán Merz ganó las elecciones hace solo unos meses, pero la intención de voto de su partido ha caído rápidamente. El militarismo es el recurso desesperado de estos políticos fracasados, cuya sumisión a las élites económicas les impide responder al clamor popular que reclama políticas contra las desigualdades que desgarran las sociedades europeas. Macron, Starmer y Merz aspiran a estar entre los ganadores del rearme, pero el nacionalismo belicista que promueven alimenta la visión del mundo de la extrema derecha: una guerra de todos contra todos, donde solo la fuerza bruta puede proteger a la población.
Los perdedores del rearme somos la mayoría social, que vemos cómo los gobiernos sacan recursos de debajo de las piedras cuando se trata de alimentar a los traficantes de armas mientras recortan políticas sociales, en un momento de encarecimiento de los productos básicos y desigualdades récord en Europa. En Francia ya se ha aprobado parte del presupuesto de austeridad, mientras se prevén 3.500 millones extra para Defensa el próximo año. En Reino Unido, Starmer ha recortado ayudas por discapacidad y enfermedad mientras anuncia la construcción de 12 nuevos submarinos nucleares. Por su parte, el Parlamento Europeo y la Comisión están desmontando el Pacto Verde mientras se ofrecen facilidades financieras para las inversiones militares. Los efectos de los recortes europeos han llegado hasta la República Democrática del Congo, donde la caída de las aportaciones de Estados Unidos y Europa al Programa Mundial de Alimentos está agravando una hambruna que afecta a más de 10 millones de personas.
Durante décadas, Europa se presentó como defensora de la paz y el bienestar. Es muy discutible hasta qué punto fue un compromiso real, pero es evidente que, cada vez más, Europa se está convirtiendo en un proyecto de guerra. Hoy, combatir el militarismo es la única manera de defender una Europa con un mínimo de justicia social y que avance en la urgente transición ecológica.
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