Opinión
25N: mujeres y la espiritualidad que se hace cargo

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
En la época que vivimos, marcada por un neoliberalismo que fomenta el individualismo, la gratificación inmediata y la evasión, resulta tentador recurrir a una espiritualidad que nos aleje y nos proteja de esas tendencias. Hay numerosos ejemplos de esa búsqueda en la cultura popular actual, de la que el brillante 'Lux' de Rosalía es el último gran exponente.
"Debemos cultivar una espiritualidad que no evada la realidad, sino que la confronte". Con estas palabras concluía la jornada La paz y ya. Paz, Refugio y Derechos Humanos, organizada por la Fundación Ellacuria en Bilbao, en la que participé el 13 de noviembre junto con otras periodistas, investigadoras y defensoras de derechos humanos. Días después del encuentro, sigo dándole vueltas a la importancia de esa intersección entre mujeres, espiritualidad e incidencia en la realidad, y a la urgencia de fortalecerla frente a expresiones de espiritualidad que se repliegan hacia dentro o que acaban legitimando agendas reaccionarias.
Espiritualidad y acompañamiento
Anclada en la tradición de la teología de la liberación, la Fundación Ellacuría lleva años concentrando sus esfuerzos en el acompañamiento a personas refugiadas procedentes de países como Siria, Sudán, Argelia, Somalia o Ucrania, con un fuerte protagonismo de las mujeres. Como se explicó en la jornada, los conflictos y los procesos migratorios que se derivan de ellos suelen alterar drásticamente los equilibrios familiares: los roles tradicionales se tambalean y son las mujeres quienes se convierten en el motor de sus familias y de la creación de nuevas comunidades.

"Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad", era el modo en que sintetizaba esta necesidad Ignacio Ellacuría, asesinado en 1989 junto a otros compañeros y compañeras jesuitas de la Universidad Centroamericana de El Salvador. Apoyándose en una visión de la espiritualidad que confronta la realidad y no la evade, la labor de la fundación trasciende el asistencialismo que a menudo se asocia con iniciativas de raíz religiosa y parte de que el proceso de acogida transforma tanto a quienes llegan como a quienes reciben.
"En contextos de desarraigo, la espiritualidad se revela como un vehículo de cohesión que permite conocerse y reconocerse", señalan desde la fundación. Entre los ejemplos más significativos están las celebraciones compartidas entre personas de distintas confesiones, como la organización conjunta de la Pascua y el Ramadán. Pero la espiritualidad no es lo mismo para todas las personas, y para entenderla han puesto en marcha un trabajo que desgrana sus expresiones desde la perspectiva de personas voluntarias de la fundación, técnicas y mujeres migradas o refugiadas, los tres vértices de su modelo de intervención social Vidas acompañando vidas.
"Lo que nosotras llamamos espiritualidad abarca la dimensión religiosa, pero también otras como la existencial, relacional y comunitaria, la creativa, la educativa y la de los derechos humanos, donde todas las personas nos encontramos. Cada una entiende la espiritualidad de un modo u otro y se agarra a una u otra dimensión", señala Karmele Villaroel, coordinadora del área de hospitalidad de la fundación.
Una realidad que requiere con urgencia ser confrontada
En este 25N en el que recodamos la persistencia de la violencia contra las mujeres, esta visión de la espiritualidad como compromiso con el mundo que nos rodea resuena con fuerza. Entre las autoras que han abordado esta cuestión destaca bell hooks, que vivió la segregación racial en Estados Unidos, y para quien el amor y la espiritualidad no son conceptos pasivos o evasivos, sino fuerzas que ayudan a luchar contra la dominación y el individualismo de nuestras sociedades. Deben partir de comprender el sufrimiento del otro y traducirse en prácticas concretas, como “acto de voluntad que nos exige responsabilizarnos de las injusticias de los sistemas de los que formamos parte”.
En la época que vivimos, marcada por un neoliberalismo que fomenta el individualismo, la gratificación inmediata y la evasión, resulta tentador recurrir a una espiritualidad que nos aleje y nos proteja de esas tendencias. Hay numerosos ejemplos de esa búsqueda en la cultura popular actual, de la que el brillante Lux de Rosalía es el último gran exponente. La artista explora las luces y sombras de la fe a través de su música y de un imaginario visual complejo que recupera figuras religiosas y místicas: monjas y santas católicas como Teresa de Ávila o referencias al ascetismo y el misticismo del islam como la sufí Rabia al Adawiyya.
Esta fascinación, aunque se ancla en el avance de un neocatolicismo cultural, apunta también, independientemente de la religión, a un hartazgo con el mundo capitalista. Al deseo de escapar de un sistema depredador que trata los cuerpos y los afectos como objetos de consumo, como señalan las teóricas Lucía Nistal y Celeste Murillo.
Sin embargo, si ese retorno a lo espiritual supone aislarse, buscar la paz interior sin atender a la exterior, corre el riesgo de replicar y reforzar precisamente los patrones de los que busca evadirse: una reclusión hacia el individualismo que elude la dimensión comunitaria, que no atiende a las injusticias que nos rodean, que no se hace cargo. Y hacerse cargo es hoy fundamental para confrontar una realidad que requiere con urgencia ser confrontada. Para no perder derechos conquistados por las mujeres y otros colectivos históricamente marginados, para frenar el avance de los discursos de odio y las agendas que se ceban en los más vulnerables.
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